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Domingo 11 de Marzo de 2018
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"El Paredón de la Muerte", el temible sector de la villa 31 donde quemaron 3 cuerpos

Clarín recorrió el lugar donde el viernes los Bomberos se encontraron con lo que, según se cree, fue una venganza narco. Es un pasillo donde ya mataron a dealers y consumidores y que quedó fuera de todo control estatal, a 200 metros de Libertador.
CIUDAD DE BUENOS AIRES (Compacto Político). Los que viven frente al “Paredón de la Muerte” ya se acostumbraron a que las mañanas huelan a putrefacción. Por eso el viernes, cuando allí aparecieron los tres cuerpos calcinados, lo que más les sorprendió fue el número de víctimas y la dimensión del incendio. Pero el hecho en sí, que alguien aparezca asesinado por ahí, no es ninguna novedad.

“Al piso la puta gorra” es una de las tantas inscripciones que hay en este paredón, que marca el límite de la villa 31 de Retiro con las vías del ferrocarril San Martín y divide lo más rico y los más pobre de la Capital Federal. Queda justo a la altura de la manzana 103 y quienes viven bajo su sombra ya están hartos de todo lo que pasa ahí. “A la madrugada se juntan a consumir, a la mañana les roban a los chicos que van a la escuela, a la noche te aprietan cuando volvés de trabajar”, dice a Clarín un vecino que conoce mejor que nadie la rutina del lugar. “Y hace un mes, acá mismo mataron a un pibito de tres tiros en la cabeza”, afirma.

“Ya pedimos que lo cierren y como no nos dan solución, vamos a juntar plata entre los vecinos y lo vamos a cerrar nosotros”, advierte el hombre. Otros tres vecinos de la manzana consultados por Clarín confirman la iniciativa. Planean instalar dos portones para cerrar el paso por allí. “Todo esto empeoró desde que nos sacaron la iluminación. Ahora a la noche no se ve nada y usan esta calle para cualquier cosa”, explica una mujer. “Yo todas las noches los tengo que sacar de la escalera, porque se sientan acá a drogarse”, afirma. Es mentira que en la villa 31 nadie paga impuestos; el Estado no los cobra, pero los narcos, a fuerza de violencia, lo hacen todo el tiempo.

“¿Qué consumen, paco?”, pregunta Clarín. La mujer se queda callada. Abre la boca un chico de unos ocho años. “¡No! ¡Cocaína y marihuana!”, exclama y se ríe. El nene entiende mucho más de narcotráfico que cualquier adulto ajeno a la villa. No relata chistes de Jaimito sino de cuántos tiros tenía el cadáver que le dejaron en la puerta.

Llegar al “Paredón de la Muerte” es más fácil que encontrar un lugar para estacionar en Palermo Soho. De hecho, cientos de miles de personas le pasan todos los días por arriba con sus autos, cuando circulan por el último tramo de la autopista Illia, antes de la 9 de Julio. Desde la avenida Ramos Mejía, por el acceso a la villa que linda con la terminal del ferrocarril San Martín en Retiro, son 900 metros a pie. Los que vigilan el barrio dicen que esas son las nueve cuadras “más picantes” de Buenos Aires. De hecho, hay que atravesar el “Playón Este”, la zona de influencia de la banda del narco peruano César “El Loco” Morán de La Cruz, a la que la Policía vincula con los cuerpos calcinados.

La calle es de tierra, bien estrecha. A los costados las edificaciones son tal altas que aún a primera hora de la tarde casi todo es sombra. No tiene el movimiento de avenida Del Inmigrante o Camino del Trabajo, donde siempre pasan muchas personas.

Las miradas en este pasaje son esquivas, y las que no, filosas. Aparecen, cada cien metros, grupos de pibes que comparten botellas de cerveza. Es todo risas hasta que llega un desconocido. Y de pronto se hace un silencio que se siente eterno. Dicen los que saben cómo moverse por el lugar que jamás hay que darse vuelta. La escena se repite una y otra vez. “¡Eh! ¿Qué onda?”, exclama alguno. “Este guacho está re zarpado”, avisa otro, para tantear la reacción.

Si alguna vez se anunció la urbanización del barrio, todo acá parece estar lejos de eso. A pesar de que este fue uno de los veranos más secos de los últimos años, hay tramos de las calles que son un lodazal, al punto que algunos pusieron tablas o plantaron adoquines para poder pasar. El ambiente es húmedo y la villa 31 parece tener su propio microclima, independiente al de Buenos Aires. Hay modelos de motos-flete de tres ruedas que solo se ven acá; hay calles por las que los autos no pasan.

Un chico se acerca. “Flaco, ¿querés porro?”, pregunta. Las cosas son de frente, sin vueltas. Pero eso no significa que se viva más relajado. Todo lo contrario. En la zona del “Playón Este” hay negocios que parecen jaulas y se ven casas con más rejas y alambres de púa que en el Conurbano. Se respira miedo.

¿Policía? Durante las dos recorridas que hizo Clarín por las diez cuadras del pasaje no apareció ni un solo agente. “Hay arrebatos todo el tiempo. Y si te resistís, te acuchillan”, dicen en un negocio. “No vuelvas por acá”, aconsejan e indican que el mejor camino para salir es el que desemboca en Carlos Perette y Rodolfo Walsh. Estamos a sólo cien metros del principal destacamento de la Policía de la Ciudad en la villa.

Después de cruzar la Illia, aparece una plazoleta larga. Ya del lado de la villa 31 bis se ve el “Paredón de la Muerte”, que ahora luce una mancha negra por la explosión del carro donde quemaron los cuerpos. Ahora sí ha varios vecinos reunidos y entre todos empiezan a enumerar crímenes. El de los tres tiros hace un mes; al que acribillaron cuando tomaba una cerveza en un boliche a la vuelta; y los dos hombres que aparecieron asesinados en una casa. Es difícil preguntar por nombres, porque casi nadie conoce a los muertos. “Algunos son dealers que no son del barrio y los traen para vender, o adictos que como no pagaban los mataron”, dice un investigador.

También son conocidas por todos las lluvias de plomo después de los partidos de fútbol. “Acá se juega por plata en serio. El que gana se lleva 50 o 70 lucas. Pero si ganás, andate volando”, dice un policía. Hace poco, recuerda, un equipo entero fue baleado porque después del partido cometió el error de quedarse festejando en un bar. Lo increíble de las películas sucede y se consigue a 200 metros de avenida Del Libertador.
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