2 marzo, 2021

Bi

Bicentenario. Bi. Bipolar. Un país que ha venido siendo bipolar comenzando porque imaginamos unos primeros cien años de crecimiento y consolidación nacional y otros segundos cien años de decadencia y ocaso. Bipolar como Cristina Kirchner, que llora emocionada el viernes por haber sido elegida por la fortuna la Presidenta del Bicentenario y el sábado falta al desfile militar más grande de los últimos veinte años organizado para conmemorar el Bicentenario. O porque en la reinauguración del Teatro Colón estará el presidente de Uruguay pero no el argentino.
Pero bipolar es todo un país que pasó de la hipermegasuperinflación de los ’80 a la deflación de los ’90 o donde los mismos ciudadanos que votaron a Mauricio Macri pasan a votar a Pino Solanas. La lista de bipolaridades sería interminable si desde 2010 se pretendiera llegar hasta 1810 porque la Argentina estuvo siempre marcada por una autopercepción de bipolaridad extremista: colonia o país independiente, unitarios o federales, civilización o barbarie, radicales o conservadores, elitismo o populismo, peronistas o gorilas, nacionalistas o vendepatria, golpistas o demócratas, montoneros o milicos, los que “se quedaron en el ’45” o los privatizadores, progresistas o noventistas y hasta K o anti K.
Podría decirse que todas esas bipolaridades han venido siendo una única bipolaridad que cambia de nombre según las épocas, pero siempre representa el mismo tipo de práctica política: la que Carl Schmitt resumió bajo el concepto “amigo-enemigo”. Para Schmitt la teologización de la política era una secularización de las categorías del cristianismo.
La polarización es inmanente al ser humano porque nuestro basamento antropológico es binario y tendemos a “logicizar” la realidad catalogándola al modo aristotélico de A y -A. La política (y la vida en general) argentina estuvo excesivamente atravesada por esta forma de exclusión y el ánimo patriota que despierta el Bicentenario no podría estar mejor aplicado que a intentar superar este estilo primitivo de polarización.
La dialéctica es una forma clásica de resolver la tensión entre los polos a través de un tercer elemento (o posición): la síntesis, como resultado del proceso de confrontación de tesis y antítesis. Otra manera de visualizar la solución a nuestro problema de la bipolaridad –quizá más apta para los cálidos humores autóctonos– no proviene de Hegel sino de la teoría de los campos magnéticos. Allí, el equilibrio lo produce precisamente la tensión entre dos polos de un campo de fuerza donde cada parte mantiene su identidad, sin fusionarse con la otra, pero actuando sincrónica y no diacrónicamente, y construyendo un “entre” que unifica a todos.
De la forma que sea, la Argentina precisa resolver los componentes autodestructivos de su carácter bipolar y poner esas fuerzas –hasta hoy explosivas– al servicio de la construcción de lo social.
* ESPECIAL PARA DIARIO PERFIL

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