28 enero, 2021

Scioli, ¿decidido a desafiar a Kirchner?

Daniel Scioli se sintió la última semana incómodo como pocas veces. ¿Qué ocurrió que pudiera turbarlo tanto? Creyó descubrir algún objetivo diabólico detrás de la intención de Néstor Kirchner –una entre varias– de arrimarlo de nuevo junto a él para la aventura electoral del 2011. “Daniel tiene hambre pero no se conforma con otro plato de lentejas”, ilustró un peronista que lo frecuenta.
Volver, en hipótesis, a la candidatura a vice significaría alejarlo para siempre de peleas más trascendentes. Y condenarlo tal vez a la jubilación: las propias encuestas que el gobernador maneja siguen indicando, más allá de los buenos humores del Bicentenario, que el ex presidente caería sin remedio en un balotage. La ingeniería de llegar al 40% y sacarle diez puntos de ventaja al segundo sólo forma parte de eso: de una ingeniería. Similar a la que se tramó en Buenos Aires para las legislativas del año pasado: bastó entonces con la buena voluntad de Francisco De Narváez para arruinar la fiesta política del kirchnerismo.
Scioli ha visto en las últimas horas dos pinceladas de aquel paisaje. El trabajo de una consultora que acertó con el triunfo de De Narváez, revela que el ex presidente sería derrotado por Julio Cobos y por Mauricio Macri. Esas no parecieran sorpresas. Sí lo sería, en cambio, la virtualidad de un empate si el contrincante en la segunda vuelta fuera Eduardo Duhalde. Otro informe de opinión pública corrobora la supremacía de Cobos y Macri pero añade un par de noticias desalentadoras: Kirchner también sería vencido por Carlos Reutemann o por Ricardo Alfonsín. Es cierto que son conjeturas: pero estarían indicando, en todos los casos, la misma tendencia.
El gobernador de Buenos Aires no se ocupó de indagar si Kirchner, en efecto, está pensando en proponerle ser su vice. No puede hacerlo porque nunca puede hablar de esas cosas con el ex presidente. Tomó el atajo de buscar responsables por la novedad ingrata y, entre varios, le apuntó a Sergio Massa, el intendente de Tigre. Massa aspira a la gobernación y, por esos extraños fenómenos de la política, logró que su paso por la jefatura de Gabinete al lado de Cristina no lo contaminara entre los ciudadanos bonaerenses. Es uno de los dos dirigentes con mejor imagen en el distrito, aunque la imagen no represente siempre una traducción en votos.
Scioli repite públicamente que su objetivo es pelear por otro período en Buenos Aires. Que por ese motivo, y no otro, dio un golpe de timón en el área de Seguridad cuando desplazó a Carlos Stornelli. Pero hace circular, a la vez, mensajes subterráneos a dirigentes y gobernadores peronistas que suponen que, al margen de las oscilaciones de la sociedad, el ciclo de los Kirchner languidece. ¿Qué dicen aquellos mensajes? Que sigue dispuesto a suceder al matrimonio. Incluso, si hiciera falta, a enfrentar al ex presidente. Reclama paciencia hasta fin de año, un runrun que también deslizan muchos intendentes bonaerenses.
La promesa del divorcio con los Kirchner pareciera, antes que nada, dedicada a sostener la expectativa de aquellos peronistas que creen en el poskirchnerismo pero que carecen de algún dirigente para inaugurar ese ciclo. Scioli confía más en que el ex presidente, al final, se rinda ante las evidencias de la realidad y le permita crecer como heredero. Una teoría sostenida, por ahora, en el aire.
Tanto es así como trasciende la convicción de Kirchner de que puede volver. Una convicción afianzada con la celebración del Bicentenario que lo animó a una propuesta: que Cristina sea otra vez en el 2011 candidata a senadora por Buenos Aires. Reflejada también en las coerciones políticas desatadas utilizando resortes del Estado. Basta una rápida enumeración de hechos recientes para darse cuenta: los aprietes contra empleados que no cesan en el INDEC y que se extendieron al Ministerio de Economía; el constante fogoneo de la causa sobre espionaje que lleva el juez Norberto Oyarbide y que golpea a Macri; la hostilidad de Guillermo Moreno contra numerosas empresas, sobre todo Papel Prensa; la presión sobre un fiscal para que caiga la causa sobre los dos millones de dólares que compró Kirchner para un negocio inmobiliario; la intimación a la Corte Suprema para que acelere decisiones sobre medidas cautelares que tienen paralizada la aplicación de la ley de medios; el descontrol de la SIDE en el seguimiento de actividades privadas de políticos, empresarios y periodistas; los dineros ilimitados que salen de ese organismo para engrosar bolsillos de jueces y fabricar testigos favorables a los intereses kirchneristas; el extraño robo y amenaza al dirigente agrario Eduardo Buzzi; el castigo a un jefe militar por una supuesta reunión con Duhalde. Se trata del secretario General del Ejército, el hombre que no se suele encargar de la tropa sino de las relaciones públicas y políticas. El listado no tendría fin.
Scioli cree que no habrá ningún proyecto presidencial si no sale airoso de su gestión en Buenos Aires. Esa gestión vacila. Por eso instruyó a su gabinete a dedicarse hasta diciembre sólo a la administración. Recién después vendría la época de diferenciarse de los Kirchner. En ese diagrama hay dos preguntas sin respuesta: ¿Permitirá el ex presidente esa diferenciación o terminará arrastrando a Scioli al naufragio? ¿No será fin de año, tal vez, un momento tardío para trazar los límites?.
La estrategia de Scioli en Buenos Aires es, en verdad, la estrategia de todos. Kirchner depende para su subsistencia de esa provincia. Hugo Moyano desembarcó la semana pasada con un acto fuerte en Almirante Brown y un triple propósito: transmitir que el poder sindical debe estar presente en cualquier futuro armado electoral; ofrecer su mano a los Kirchner o a quien sea candidato; desnudar la debilidad del gobernador en el reino de los gremios.
Duhalde también rastrea Buenos Aires tratando de sacar provecho de los disgustos de muchos intendentes con las organizaciones sociales y piqueteras kirchneristas que reciben planes y fondos del Gobierno nacional que a ellos les retacean. El diputado Alfredo Atanasof, un hombre de su confianza aunque también cercano a De Narváez, reasumió la conducción de los municipales bonaerenses para contrapesar algo la irrupción de Moyano. De Narváez se entrevista discretamente con esos mismos intendentes. Felipe Solá se proclamó candidato por afuera del PJ con un mitín en La Plata. Massa acaba de concluir su primera recorrida por todos los distritos provinciales. Hasta los radicales parecen contagiados por esa fiebre: le han dado a la interna partidaria bonaerense de hoy, que enfrenta a Alfonsín contra Cobos, un vuelo impensado.
Moyano continúa siendo una pieza clave en el engranaje kirchnerista aunque, como al matrimonio, el tiempo empieza a oxidarlo. La disputa que ha lanzado contra Macri, por los horarios para la descarga de los camiones en la ciudad, es tan funcional a los Kirchner como la causa que conduce Oyarbide. Pero el jefe de la CGT ya no es el ordenador infalible de la vida gremial. Los grandes aumentos salariales que obtuvieron muchos gremios desnudaron la debilidad política de sus invocaciones a la “responsabilidad”. También los reclamos de mesura de Aníbal Fernández, el jefe de Gabinete.
Quizás no sea lo peor. Lo que queda al descubierto es el fracaso de la política oficial sobre inflación. Veamos un caso: los gastronómicos de Luis Barrionuevo hicieron en el 2007 un acuerdo por el 12% de aumento salarial; en el 2008 por el 21%; en el 2009 por el 25% y ahora están pugnando por un 39%. Los Kirchner, Moreno y el INDEC siguen comunicando índices de un dígito. Dijeron que la inflación anual del 2009 fue sólo del 7,7%. Para el 2010 proyectan un 6%.
¿Cómo se entenderían entonces los aumentos que obtienen los gremios? No puede comprenderse nada que esté apañado por la ficción y la mentira.
Una sensación parecida podría estar inquietando ahora a José Mujica. El presidente de Uruguay realizó desde que asumió, hace seis meses, su cuarta cumbre con Cristina. Los mensajes de afecto compartido son los mismos, pero el Gobierno del Frente Amplio presiente que aquel afecto no tiene conversión política. A la estancia Anchorena llevaron 27 puntos y no obtuvieron ni una solución rápida y concreta. Ni siquiera el viejo pedido del transporte de gas desde Bolivia que debe pasar por tierra argentina. La declaración conjunta se asemejó sólo a un enunciado de buenas intenciones.
El problema en la relación continúa siendo Botnia y los asambleístas de Gualeguaychú. Uruguay no acepta que el monitoreo conjunto estipulado incluya el interior de la planta pastera. La empresa sigue intransigente como siempre. Mujica quiere alguna señal argentina por el bloqueo fronterizo: la oposición en su país empezó a martirizarlo.
Cristina derivó el pleito a la Justicia. Un coro de ministros se sumó a esa postura. La Justicia tuvo en estos años una actitud pasiva. Acorde con la “causa nacional” con que los Kirchner bautizaron el conflicto. Dicen que la Presidenta estaría dispuesta a darle alguna satisfacción a Mujica.
Cualquier decisión judicial obligaría a la intervención de la Gendarmería. Al instante se produciría la reacción del núcleo más duro de los asambleístas, que luego del fallo adverso en La Haya han subido apuestas. Cristina aclaró que ningún desalojo se hará por la fuerza. Eso está muy bien: pero no se comprende entonces –porque el Gobierno no lo sabe o no lo explica– de qué otro modo podría hacerse. ¿Regalando chocolates?.
Esa ambigüedad es la que llena de dudas a Mujica. Las mismas dudas que, aquí y afuera, sembró en estos años la ausencia de fiabilidad de los Kirchner
* ESPECIAL PARA CLARÍN

Deja un comentario