18 enero, 2021

El macrismo en su propio laberinto

Meditó mucho sobre sus pasos futuros, durante la última semana. Introspección sólo alterada por los partidos del Mundial y el culebrón mediático -con guerra de twitteo incluida- que protagonizó con su ex socio Francisco De Narváez y que, finalmente, parece haber encontrado una definición el viernes pasado: después de amagar con pelearle la candidatura presidencial, el empresario que lo dejó para coquetear con el peronismo no kirchnerista da señales ahora, de cara a 2011, de que se postulará en la provincia de Buenos Aires como posible sucesor de Daniel Scioli.
La impactante foto del Peronismo Federal, una movida opositora que sumó puntos en la ponderación de mucha gente que, entre otros gestos políticos, venía demandando la unificación de los liderazgos en la vereda anti K, lo interpeló directamente: ¿qué hará Mauricio Macri? ¿Y cómo se insertará en esa foto? Es claro que el peronismo disidente necesita de un candidato fuerte si pretende tener chances en el juego grande de 2011. Y también es claro que Macri necesita un acuerdo con el peronismo o, al menos, con una parte de él si quiere tener alguna chance de llegar a la Casa Rosada. Aunque con matices, nadie dentro del Pro discute este hecho obvio. Ni siquiera Gabriela Michetti -la referente del ala "purista del macrismo- discute una alianza política que incluya al propio Eduardo Duhalde, a quien conoció en Harvard a fines del año pasado. El punto es cómo, cuándo, bajo qué circunstancias y con qué reglas de juego.
En otras palabras, ¿cómo confluir con el Peronismo Federal sin quedar fagocitado por él, tal como le sucedió a todos los nuevos partidos que en el pasado intentaron la misma jugada política?
Las tensiones dentro del macrismo pasan hoy por visiones estratégicas diferentes, un dilema que, en realidad, es bastante viejo. Es el viejo karma que vienen enfrentando todos los terceros partidos, alternativos al PJ y la UCR, desde el 83 en adelante, cuando ante la disyuntiva de cómo crecer deben decidir qué camino tomar: si aliados a los grandes partidos nacionales o a partir de una construcción propia.
La recuperación del radicalismo y el surgimiento de Ricardo Alfonsín como un jugador competitivo del panradicalismo también lo tocó, aunque positivamente: supone que el sorpresivo nuevo líder de la centroizquierda radical puede complicar al kirchnerismo tanto como favorecer al panperonismo, tercio en el que se incluye.
-Mauricio, si vos te metés de lleno en el PJ ahora, los que van a gobernar son ellos, no vos. ¿Por qué no aprendemos de la historia?-, le dice su coequiper, Gabriela Michetti, en la intimidad de su despacho al jefe porteño.
Michetti es partidaria de convocar al peronismo -pero también al radicalismo- una vez que Pro haya afirmado su identidad en una construcción nacional propia. Por otro lado, y también entre cuatro paredes, Horacio Rodríguez Larreta, vocero del ala filoperonista, está convencido de que es necesario replicar, a nivel nacional, el acuerdo Unión-Pro, con De Narváez y Felipe Solá, que posibilitó ganarle -nada menos- que a Néstor Kirchner en 2009.
"Esa confluencia no se verá en los próximos 60 días", apuesta el jefe del gabinete macrista ante sus íntimos. Larreta y quienes siguen ese razonamiento en Pro están convencidos de que, si la estrategia fuera otra o -aún peor-, si fueran separados a las urnas presidenciales, el próximo presidente sería, con toda seguridad, radical.
Entre los filoperonistas se inscriben, además de Larreta, el jefe de campaña designado por Macri y su "peronizador", el misionero Humberto Schiavoni (ver entrevista aparte) -ligado a su amigo, Ramón Puerta-, Diego Santilli y el propio De Narváez, que justamente rompió con el ingeniero porque su pretensión era entrar a tallar, ahora mismo, en la interna del PJ. Por su parte, la lógica Pro tiene como referentes, además de Michetti, a Marcos Peña y Federico Pinedo.
¿Y el asesor estrella, Jaime Durán, en qué bando juega? "Durán es un pragmático", responden, a coro, en el macrismo.
Lo cierto es que ambas posiciones estratégicas, entre otras, son los senderos del laberinto en el que se mueve el propio Macri, laberinto que deberá resolver si es que quiere encontrar un lugar propio en la política argentina. Porque ésa parece ser la cuestión para él en estos días.
Para completar el rompecabezas, todos estos interrogantes surgen cuando acaba de ser procesado por un juez -polémico, por cierto- por la causa de las escuchas. Una causa abierta por su propia responsabilidad en parte -él nombró al comisario Fino Palacios en la Ciudad-, pero también porque el propio patriarca familiar, su padre Franco, se vio involucrado en el escándalo.
Producto político
Macri es un producto político nuevo -o relativamente nuevo- que trae sus peculiaridades. Es, al igual que su ahora ex socio, De Narváez, un empresario devenido en político. Una mutación que tiene implicancias, una de las cuales es la creencia, como eje de su construcción, en una política ligada a la gestión y en una resistencia a los acuerdos de cúpulas: la idea es ser visualizado como un candidato de la gente.
Precisamente, muchos ven en ese pragmatismo, que puede ser muy eficaz para ganar elecciones, una de las grandes falencias de los empresarios-políticos: se guían demasiado por el marketing, soslayando el anclaje ideológico, las definiciones políticas de fondo y la mirada estratégica de largo plazo.
Y esa falencia, opinan los politólogos, en algún momento se nota.
Como señalaba uno de estos analistas, al observar la reciente pelea -y posterior reconciliación vía mensajito de texto- entre los dos ex socios de la centroderecha: "Ambos son lo que yo llamo una derecha psicologista, o sentimental. Veámoslo en imágenes: es como si tuviéramos, de un lado, a una pareja peleando, que se dice cosas: derechoso, bipolar, como si fuera una telenovela. Y del otro lado están los jugadores de póquer, de piel dura. Estos son los que hacen política: Kirchner, Lilita, Ricardo Alfonsín".
Pero más allá de la opinión del microclima político (una franja social siempre pequeña en términos numéricos), los principales encuestadores coinciden en que no hay veinte políticos cuyo nombre la gente común pueda retener en su cabeza a la hora de enumerar posibles presidenciables: hay sólo cinco o seis, y Macri está entre ellos. No parece un dato menor.
Paradójicamente, sin embargo, su inserción nacional no es el resultado de su tarea política, sino de su exitosa administración en Boca. De hecho, su gestión política de la ciudad, excepto por la recuperación del Teatro Colón -que empujó unos cinco puntos su imagen positiva en el último mes-, no le acelera el corazón a nadie.
Al jefe de la ciudad lo monitorea el consultor Julio Aurelio, mientras que la medición de la gestión porteña está a cargo de la consultora Poliarquía.
El secretario de gobierno, Marcos Peña, despliega sobre su mesa de trabajo algunas encuestas y un dato sugestivo: la imagen de Macri, que venía en declive hasta hace bastante poco, junto con la del resto de la oposición, experimentó una recuperación de unos cinco puntos en el último mes, al igual que el oficialismo K.
Muchos ligan este repunte de los gobernantes oficialistas, tanto en la ciudad como en la Nación, al efecto Bicentenario. Pero no hay datos certeros que avalen esta hipótesis porque la mayoría de los encuestadores han decidido interrumpir las mediciones mientras dure el Mundial, cuyo resultado, creen, podrá modificar bastante el escenario.
Algunos en Pro aseguran incluso que, según cómo se lea la causa de las escuchas, el escándalo podría finalmente beneficiarlo. "Si la gente ve una zancadilla judicial de Kirchner detrás del procesamiento, es posible que la causa lo beneficie a Macri, porque lo victimiza".
Los opositores produjeron dos hechos importantes, que quienes los votaron venían reclamando: la foto del peronismo federal comunicó a la sociedad que la oposición no perderá el tiempo en reyertas inútiles por candidaturas sino que unificará la oferta en un solo candidato, mientras que, con el surgimiento de Ricardo Alfonsín, se satisfizo el reclamo de un liderazgo fuerte.
El fondo de la cuestión
¿Podrá ser Macri, entonces, finalmente, el candidato a presidente del Peronismo Federal, tal como sueñan muchos en Pro?
La doctora en Ciencias Políticas de la Universidad de San Martín María Matilde Ollier es contundente sobre este punto: "Definitivamente, no. Especular con esa posibilidad es no conocer al peronismo ni el lugar que ocupa en esa liturgia la cuestión del liderazgo. Jamás elegiría el justicialismo a alguien que no sea de su propio riñón. Ya bastante se arrepintió [Eduardo] Duhalde cuando, por no tener a otro candidato, debió levantarle el brazo a Kirchner, y eso que era de su riñón. El PJ se ordena y unifica bajo un liderazgo en el que puede confiar; siempre sucedió así. No me imagino, a menos que suceda algo muy extremo, que Macri sea un postulante capaz de generar ese tipo de confianza. Quizá podría ser el candidato a jefe de Gobierno porteño de ese espacio".
El problema es que Macri se niega a postularse para una reelección en la Ciudad. "Prefiero perder, pero no seré jefe de Gobierno otra vez", dice en la intimidad. Aunque, se sabe, nada es tan tajante en la política argentina.
¿Y no sería más ordenador, para la democracia argentina, que Macri se anime a armar una centroderecha democrática y moderna, como existe en otros países, en lugar de emitir un mensaje confuso, que huele a rejunte?
"Ocurre que, en la cultura política argentina, no hay espacio para una derecha al estilo del Partido Republicano, el PP español o el Partido Conservador británico -afirma el director de Poliarquía, Eduardo Fidanza-, porque la fuerza gravitatoria que tienen los dos grandes partidos nacionales, y sobre todo el peronismo como gran fuerza nacional, hace que la creencia en un Estado fuerte sea dominante e influya en el resto del escenario. Es posible que, para un mejor ordenamiento del sistema político, fuera buena la gestación de una centroderecha democrática y moderna, pero hay que tener en cuenta las tradiciones políticas. Tanto la derecha como la izquierda son expresiones marginales. Y, en todo caso, las tendencias de derecha y de izquierda están dentro del peronismo y, también, del radicalismo. El 65 por ciento de la opinión pública apoya un Estado fuerte. Y estamos, además, en una década estatista".
Desde la Universidad de Buenos Aires, Marcos Novaro señala una variable, que tampoco es menor. "Todo dependerá no tanto de las alianzas o de los candidatos, sino de las reglas del juego. En los próximos meses veremos una puja por las condiciones de la competencia en la interna peronista que definirá lo que va a suceder con Macri. Por otra parte, las dudas que plantea Michetti, de hacer primero un camino propio antes de gestar una alianza, son similares a las de muchos frepasistas en los años 90, e incluso a las de Pino Solanas hoy. Pino tampoco quiere fusionarse con el radicalismo ahora, pero si la convocatoria es para enfrentar a Macri en la ciudad, ¿no estaría dispuesto a aliarse? Entonces, las circunstancias son también determinantes".
La resolución de la interna peronista -es decir, determinar si el Peronismo Federal le dará batalla a Néstor Kirchner por fuera o por dentro del partido- es un punto crucial en el laberinto que deberá resolver el macrismo.
Macri, mientras, medita sus opciones. Dice que tiene tiempo.

© LA NACION

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