6 marzo, 2021

Hasta Klose conspiró

En el Gobierno se han encendido luces amarillas. Es la consecuencia de un hecho que, hasta aquí, estaba ausente de la escena política: la unión de la oposición en el Congreso. Esa unidad –trabajosamente obtenida y atada con alambres– llegó tras haber pasado un año desde las elecciones legislativas del 28 de junio de 2009, de cuyos resultados varios líderes opositores demostraron haber hecho una interpretación errónea. Dieron por liquidado a Néstor Kirchner y creyeron, además, que ya eran poco menos que presidentes electos. Ante esto, el matrimonio presidencial demostró tener temple y astucia. Los Kirchner advirtieron con rapidez las fisuras en las filas de sus oponentes, se apropiaron, a caballo de las mieses de la caja, de algunas de sus propuestas –la de la Asignación por Hijo es el caso más sobresaliente– y trabajaron fuertemente para ahondar sus diferencias.
Los primeros pasos para revertir esta tendencia se han venido dando en las últimas semanas: uno de ellos fue la foto de unidad del peronismo disidente –hasta ahora algo más declamatorio que real–; el otro, el resultado de la interna de la Unión Cívica Radical y su después. De todos modos, la realidad es que, al día de hoy, aquella parte de la sociedad que no quiere al kirchnerismo se encuentra frente a dos problemas: uno es su desamor hacia el matrimonio presidencial; el otro, la lucha de egos que hay entre muchos opositores y la presencia, entre ellos, de algunas figuras que producen espanto.
El avance significativo que en estos días logró la oposición se plasmó en el Congreso. La media sanción en diputados de la reforma al Consejo de la Magistratura, el análisis en el Senado del proyecto de reestructuración del Indec y la próxima supresión de las facultades extraordinarias del Poder Ejecutivo para la reasignación de partidas presupuestarias son medidas que restringen el poder del Gobierno. El otro gran tema que preocupa al oficialismo es el del proyecto de asignación del 82% móvil a los jubilados que ganan la mínima. Y es que este asunto, que constituye una gran deuda con la clase pasiva de todos los gobiernos democráticos desde 1983, amenaza con transformarse en una verdadera pesadilla para el matrimonio presidencial. Es bien cierto que durante la administración de los Kirchner se han producido mejoras en los haberes mínimos de jubilados y pensionados. El problema es que este haber mínimo está lejos de asegurarle al beneficiario un nivel de vida digno. Una de las banderas que el Gobierno agitó durante el proceso de nacionalización de las AFJP fue el de cumplir con el tema de la movilidad de las jubilaciones y pensiones. Lo hecho hasta aquí, sin embargo, es insuficiente. Además, la utilización de los dineros de la Anses para financiar gastos corrientes genera incertidumbre con respecto al resguardo de esos fondos. Es cierto también que en la oposición hay quienes se suben a este proyecto por mero oportunismo político. Lo lastimoso de todo esto es la falta de un debate profundo acerca del desafío que representa para la sociedad moderna cómo garantizar una vida digna a quienes se jubilan. Esta conquista implica una transformación profunda de muchos aspectos de la seguridad social y de la actividad económica. La Presidenta tiene a mano el recurso del veto cuyo costo político, en un asunto tan sensible como lo es el de los jubilados, será muy alto.
Un hecho ocurrido en la semana que pasó con poco impacto en la opinión pública, pero de mucha trascendencia política: la reglamentación de la ley que instituye las internas abiertas y obligatorias de los partidos políticos. Es una buena medida enturbiada por las sospechas que siempre genera el proyecto del matrimonio presidencial de perpetuarse en el poder. Néstor Kirchner necesita que los líderes del justicialismo disidente participen de las internas dentro del PJ. Sin esa participación, la interna quedaría vaciada, hecho que conspiraría contra las chances de triunfo del ex presidente en funciones en los comicios de 2011.
En el justicialismo disidente la situación es compleja. “Esto se va a definir recién para febrero o marzo del año que viene”, se sincera una voz que conoce al detalle lo que está pasando allí. Entre las cosas por definir están los posicionamientos de cuatro nombres clave: Duhalde, Macri, De Narváez y Reutemann. “Duhalde es el pasado al que yo no me quiero subir”, cuenta uno de los dirigentes que encabeza ese armado con liderazgo fuerte. Macri genera otro problema. Hoy por hoy es una cuña que nadie sabe bien cómo manejar: “Si lo dejamos afuera, Mauricio se lleva votos de los que no podemos prescindir; si lo aceptamos, nos espanta a dirigentes que aportan muchos votos”, razona esa misma fuente.
De Narváez está dispuesto a seguir su lucha por la habilitación de su candidatura presidencial. Aspira a que la Cámara Electoral le otorgue esa autorización y que las cosas terminen allí. Sabe que en la Corte Suprema sus chances serían casi nulas. En lo concreto, su campo de acción es la Provincia de Buenos Aires.
La gran incógnita sigue siendo Reutemann. Lo será hasta el momento de las definiciones. Y eso ocurrirá sobre febrero-marzo del año próximo. En todas las encuestas, el ex piloto aparece bien posicionado.
Mientras tanto, hay otros frentes de batalla que se reactivarán en los próximos días. Con la Selección nacional eliminada, el Gobierno ha perdido un elemento que pensaba utilizar para explotar la consiguiente ola de triunfalismo que siempre sigue a la conquista de la Copa del Mundo.
En esa maraña de cosas está el caso del supuesto pago de coimas en la venta de maquinaria agrícola a Venezuela y la existencia de la embajada paralela. El Gobierno presionó mucho para que el testimonio del ex embajador Eduardo Sadous dejara de ser secreto. La Comisión de Relaciones Exteriores de Diputados insistió en mantenerlo. Lo hizo por que lo que estaba en juego aquí no era tanto la declaración de Sadous, que no agregó grandes datos a lo que consta en su exposición judicial, sino la posibilidad de que otros testigos se animen a hablar. Sin ir más lejos, el ex Defensor del Pueblo de la Nación, Eduardo Mondino, ha solicitado que su testimonio sea secreto.
En el final, una anécdota. El viernes pasado a las 15.00, el presidente de Siria, Bashir Al Assad, tenía planeada una vista de cortesía al vicepresidente Julio Cobos. Pero sucedió que, tras la disputa verbal por el tema de los jubilados, de Cancillería le comunicaron al equipo de Cobos que Al Assad debía cancelar esa actividad. Cobos, pues, viajó a Mendoza el jueves por la noche. Estando allí, se enteró, súbitamente, de que, al día siguiente, Assad visitaría el Congreso acompañado por la Presidenta. Por lo tanto, el vicepresidente tomó la determinación de regresar a Buenos Aires en la mañana del viernes. Lo que finalmente ocurrió fue que el presidente sirio visitó el Congreso y se entrevistó con el presidente de Diputados, Eduardo Fellner. Cobos se quedó esperándolo. En el Macondo de Gabriel García Márquez esto no habría llamado la atención. Aquí, tampoco.

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