18 enero, 2021

Viejas prácticas, nuevas acechanzas

Según la enciclopedia libre Wikipedia, omertá es el código de honor siciliano que prohíbe informar sobre los delitos considerados asuntos que incumben a las personas implicadas. Y agrega el sitio visitado a diario por miles de personas en la red: "En la cultura de la mafia, romper el juramento de omertá es castigable con la muerte". Cualquier parecido con la reprimenda del canciller Héctor Timerman a Eduardo Sigal, por no haber guardado el secreto y poner por escrito sus advertencias sobre discriminación, en el más benévolo de los casos, a dos empresas que intentaban hacer negocios con Venezuela, es pura coincidencia.
Para Timerman, quien no podrá alegar en este caso que se trata de una operación mediática de los dos diarios que lo desvelan a él y al matrimonio de Olivos, Sigal no debió escribir nada sobre un dato tan grave como el que el funcionario de origen frepasista incluyó en su ya famoso cable (que es, además, una práctica de rigor y centenaria en el Palacio San Martín), sino contárselo al oído, para que quedase entre ellos dos. No son palabras textuales del canciller, pero es la idea que encerró la reprimenda pública.
Una lectura surge de inmediato aunque al exembajador en los Estados Unidos no le guste: la nueva onda desde que asumió en reemplazo de Jorge Taiana es que si hay algo grave que decir, o algo turbio que ocultar, como el presunto caso de corrupción que denunció Sigal, nada quedará por escrito. No habrá rastros ni textos que alguna mano enemiga interna pueda filtrar a los medios.
¿Echará el gobierno a Eduardo Sigal por haber violado aquel precepto al estilo de la definición de Wikipedia? ¿Lo condenará a "la muerte política"? ¿O debería dejarlo en su cargo por el simple hecho de haber cumplido con una formalidad tan vieja como la diplomacia argentina misma?
Julio De Vido pidió la cabeza de Sigal. Timerman navega a mitad de camino entre echarlo y mantenerlo en su puesto. El matrimonio presidencial no ha
tomado una decisión, por ahora, sobre el destino del funcionario. Kirchner lo echaría ya mismo por traidor, según su vieja práctica. A fin de cuentas, ordenó despedir a un hombre leal como Jorge Taiana porque osó atravesar la línea con la que el santacruceño divide a réprobos y adulones, al revelar, ante dos periodistas, algunos detalles de la estrategia para encarar el conflicto con Uruguay por la pastera UPM de Fray Bentos.
La idea que gana adeptos en el gobierno y en las alcobas de Olivos es dejar a Sigal en su puesto. Creen haber advertido en aquella actitud del funcionario segundas intenciones, como la de actuar como lo hizo para preparar su salida del gobierno y desmarcarse de la creciente ola de denuncias que envuelven los negocios entre los Kirchner y Hugo Chávez, de final impredecible. Esa misma impresión, la de un escándalo que se parece mucho a una bola de nieve imparable y destructiva, habría desgranado el propio Sigal en conversaciones reservadas mantenidas antes de haber emitido aquel cable.
La imagen de un Sigal despedido del cargo y liberado, por lo tanto, de cualquier traba que le impida contar incluso más de lo que ha dicho, con probable desembarco en las filas del peronismo disidente o de sus viejos compañeros de ruta de la Alianza que hoy conviven en el Acuerdo Cívico y Social, aterra a operadores del kirchnerismo y, de algún modo, al matrimonio gobernante. Por suerte para todos ellos, Sigal no es un improvisado en las arenas de la política, y si algo tiene decidido es que no se irá de su puesto en la Cancillería, a menos que Timerman decida echarlo. Improbable. "No le vamos a regalar esa bandera que anda buscando", dice, con rencor, uno de los operadores de la Casa Rosada que dudan de las buenas intenciones del subsecretario de Integración Económica.
El caso Sigal ha venido a mezclarse, para malgrado del gobierno, con nuevas revelaciones sobre el escandaloso crecimiento de la fortuna de los Kirchner, de más del 700 por ciento desde 2003 a la fecha, que los "leedores oficiales" de los diarios "Clarín" y "La Nación" , como Timerman y Aníbal Fernández, no podrán achacar a intentos destituyentes de sus enemigos. Los datos que permiten comprobar que sólo en el último año el matrimonio obtuvo ganancias por más de 10 millones de pesos, en operaciones en las que, para colmo, cualquier inversor común lograría dividendos sideralmente menores, figuran en la declaración jurada que Cristina Fernández presentó ante la Oficina Anticorrupción. No tienen más remedio: por ahora y por imperio de la ley, esa información es pública. A menos que prospere algún intento trasnochado, como el que se estaría gestando, para encuadrar también esos datos en aquel "código de honor" que violó Sigal.
En el mismo boletín de malas noticias, incluyeron algunos observadores la denuncia en la justicia contra la presidenta que hicieron los diputados Miguel Bonasso y Elisa Carrió, para que se esclarezca otro escándalo en ciernes, como es el de la política de explotación minera y la presunta comisión de delitos vinculados a aquel veto de la mandataria a la ley de Glaciares. La gota que rebalsó el vaso de los legisladores es la foto que presidencia distribuyó graciosamente en Canadá, durante la última cumbre del Grupo de los 20, donde Cristina Fernández aparece junto al dueño de la Barrik Gold, la empresa que explota minas a cielo abierto en Catamarca y que Bonasso ha denunciado en reiteradas oportunidades, flanqueados por las banderas argentina y de la propia multinacional. Una sensación de absoluta impunidad sobrevuela ese acto entre quien vetó una ley que preservaba los recursos naturales nacionales, como el agua, y el hombre que, según Bonasso y Carrió, aparece como el directo beneficiario de esa medida.
Estertores, pequeñas y últimas batallas ganadas, se han mezclado con esos sinsabores. El Consejo de la Magistratura, que todavía conserva una mayoría kirchnerista, pero que va camino de perderla, cuando el Congreso apruebe la reforma en marcha a la que el oficialismo no ha podido frenar, salvó una vez más, por orden de Néstor Kirchner, al inefable juez Oyarbide. El cuestionado magistrado zafó de un más que probable juicio político, al cerrarse definitivamente la causa que se le abrió por su pasmosa celeridad para sobreseer al matrimonio Kirchner y declarar que era legal la forma en que enriquecieron su patrimonio en los últimos años, mientras ambos eran funcionarios rentados del Estado, sin posibilidad de hacer negocios privados. Oyarbide conservará su cargo, porque la futura composición del Consejo, que terminará con la mayoría automática fiel a la Casa Rosada, no podrá reabrir el expediente bajo ninguna circunstancia.
El entusiasmo de los últimos días que ha mostrado Néstor Kirchner, durante sus tertulias en Olivos, por la marcha de la economía, sus posibilidades de avanzar con la candidatura presidencial en la que sigue creyendo ciegamente, y el desaguisado que muestran en la vereda de enfrente los principales candidatos del peronismo disidente y del panradicalismo, ha chocado, una y otra vez, con la realidad que le presenta el Congreso. En el recinto de las leyes, es donde parece que Kirchner ha encontrado la horma de su zapato, bien que un año largo después de aquella derrota electoral de junio de 2009, que fue cuando creyó, sin disimulos, que se le venía la noche y que la oposición triunfante y envalentonada le haría pagar una por una las trapisondas padecidas hasta entonces.
Un botón de muestra que desvela a funcionarios y operadores políticos del oficialismo es lo que podría ocurrir con la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo. Ese texto, tal como fue redactado a instancias de Kirchner, podría naufragar esta semana en el Senado, y ser reemplazado por otro proyecto en el que se encolumnan opositores y hasta algunos integrantes del bloque del Frente Para la Victoria, que sólo consagraría la unión civil, y no el matrimonio liso y llano, entre homosexuales, como reclamó el santacruceño y empeñó su palabra ante los referentes de esas minorías.
Un confidente del poder se animó a sostener que una derrota en ese plano, y un escenario de incertidumbre por lo que pudiese ocurrir después en Diputados, "sería una catástrofe" para Kirchner. No es sólo que se trate del único proyecto de ley por el que el santacruceño mostró algún interés. Considera directamente ese no descartado escenario adverso como un abierto desafío a su autoridad por parte de los senadores propios que se aprestan a votar en otra dirección.
Algunas viejas prácticas se pusieron en marcha por esas horas, aunque, por el resultado, no han hecho más que ahondar aquella impresión de que, efectivamente, hay ahora desafíos que eran impensados hasta hace un año. La decisión con pátina institucional de dar oportunamente a su tropa "libertad de conciencia" para votar sobre el proyecto se diluyó detrás de artimañas como las de reclamar bajo cuerda a algunos senadores para que dejaran sin quórum la comisión de Asuntos Generales que volteó el proyecto de la Casa Rosada. O el más fresco y también fracasado intento de Cristina Fernández de subir al Tango 01 en viaje hacia China a alguno de esos legisladores, con el indisimulado propósito de hacer fracasar la sesión del miércoles venidero en la Cámara Alta.
Los últimos conteos que acercó el senador Miguel Pichetto a Olivos, antes de que Cristina y Néstor se embarcasen para una gira de diez días por la República Popular China, no dan para entusiasmarse: el oficialismo tendría 32 votos asegurados, contra 30 de quienes impulsan la ley de Unión Civil. Hay diez indecisos, dice el rionegrino, quien confía en que sus pares no le harán pasar un nuevo sofocón de los tantos que viene sufriendo en los últimos tiempos. Por fin una buena: la posibilidad de un desempate en el Senado no ha sido descartada en aquellas cuentas. Pero no será Julio Cobos, en ese caso, el portador de otra pesadilla para el matrimonio, ya que el mismo miércoles dejará su sillón al fiel José Pampuro, dado que, desde el viernes por la tarde, ejerce como presidente interino del país.
Aquel entusiasmo que impulsa al santacruceño, del que dan cuenta los hombres que frecuentan los pasillos oficiales, no termina de convertirse en una fiesta completa. Los esfuerzos que ha desplegado por estos días el ex presidente para intentar traer de vuelta al redil a dirigentes que se fueron a las filas del peronismo disidente, tarea que ha encomendado a un cuadro de camiseta variada, como es Juan José Alvarez, suelen tropezar con realidades menos promisorias, como son las que le cantan las encuestas que aterrizan a diario en sus escritorios de Olivos.
La novedad no es que le traigan malas noticias, sino la persistencia de ese escenario a medida que pasa el tiempo y se acercan los meses claves de la campaña electoral propiamente dicha. En efecto, los sondeos parecen fortalecer una impresión generalizada: Kirchner gana en primera vuelta en las elecciones presidenciales, pero pierde de manera inexorable contra cualquiera que sea su rival en el segundo turno, de Duhalde a Reutemann, de Macri a De Narváez, pasando por Alfonsín o Cobos.
No hay artimañas ni alquimias políticas que, por ahora, puedan torcer ese destino.

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