20 enero, 2021

Basta de (ladri) progresismo: Inadmisible toma de colegios por estudiantes

CIUDAD DE BUENOS AIRES (EDGAR MAINHARD/ Urgente24). Por algún motivo tan inexplicable como injusto, el concepto de democracia se está asociando a la pérdida de valores, al afianzamiento del ‘yo hago lo que quiero’ y al desorden. No debería ser así. La democracia tendría que resultar un sistema de crecimiento en libertad, de voluntaria búsqueda de la excelencia y de creativa competitividad.
Pero algo ha ocurrido con la democracia argentina, que se está degradando peligrosamente. En este sistema ha ocurrido una pérdida de la calidad del sistema de salud, un incremento de la brecha entre educación pública y privada, un preocupante aumento del delito y de las carencias sociales.
No es culpa de la democracia. Pero sí es inocultable que ha ocurrido, progresivamente, durante los años recientes cuando la expectativa colectiva era que con la democracia sería posible superar todos, o la mayoría, de los problemas existentes al momento de recuperar esa democracia.
En el caso de la educación, es evidente que hay una enseñanza privada que funciona mejor que la enseñanza pública. No debería ser así pero todos los que participan de la enseñanza pública (docentes, estudiantes y padres) han decidido que es mejor para ellos un bajo nivel de exigencia, una renuncia a la movilidad social ascendente por las virtudes propias.
Luego, los docentes de los colegios privados trabajan con otras exigencias y los estudiantes de colegios privados tienen otro marco pedagógico y disciplinario. Y entre unos y otros, la diferencia crece, situación que es mala para la sociedad porque lo mejor sería que se estrecharan las distancias. Lo óptimo sería una enseñanza pública tan completa y competitiva que volviera ociosa la enseñanza privada, tal como alguna vez fue posible en una Argentina que se ha perdido.
Aqui se habla mucho del Bicentenario pero se entiende bien poco de qué trata el asunto.
Educar no consiste en obsequiar computadoras portátiles. Educar es preparar a los adolescentes para ingresar en condiciones aceptables para sus propias ambiciones individuales al mundo de los adultos, con sus obligaciones y sus derechos. Pero hoy día la educación está frustrando a miles de personas. Y suponer que obsequiando computadoras portátiles se está educando resulta una onerosa forma de eludir la responsabilidad del Estado.
Es difícil saber porqué en esta sociedad la palabra ‘disciplina’ es tan negativa. Los agitadores políticos de izquierda, a quienes les importa bien poco si esos estudiantes conseguirán insertarse exitosamente en el mundo laboral el día de mañana, han decidido que ‘disciplina’ es una mala palabra, y que los estudiantes no van a los colegios a aprender sino a realizar otras actividades que nadie sabe bien cuáles son.
Esta deformación ya había comenzado con el Carlos Pellegrini y el Nacional Buenos Aires, que han perdido sus atributos de centros de enseñanza de calidad que fueron en el pasado. Ambos colegios han sufrido un descrédito aún superior al de la Universidad de Buenos Aires, de la que dependen. Fuerzas políticas ‘progresistas’ (¿?) han logrado tener una ‘cabecera de playa’ en esos establecimientos y los docentes no han tenido o no han querido tener a mano las herramientas necesarias para imponer el orden, sancionar a los transgresores y brindar un ejemplo de lo que no se puede hacer.
En 2010, porque hay que destruir a Mauricio Macri y al PRO, los activistas han extendido su acción perjudicando a miles de hogares que no son del PRO o no les importa el PRO o no tienen ninguna preferencia política. ¿Dónde irán a parar esos estudiantes el día de mañana? No les importa.
La pérdida de parte del ciclo lectivo supone una menor capacidad de competitividad futura porque hay conocimientos que no se incorporan y porque todo lo que hoy día sucede tendrá profundas secuelas en el funcionamiento futuro de esos centros que, en el pasado, fueron de enseñanza.
En los colegios tomados, por el testimonio de padres y autoridades escolares, ha ingresado alcohol y otras sustancias tóxicas más graves (el problema del alcohol en los adolescentes merecería una atención de los mayores antes que sea tarde), se ha faltado el respeto y burlado a los docentes que pretendieron cumplir con su deber (no son todos, vale la pena recordar) y se ha destruido alguna infraestructura que es de todos los contribuyentes.
Porque los colegios no son de los estudiantes sino de los contribuyentes, que los pagan. Los estudiantes son invitados por los contribuyentes a intentar capacitarse para cumplir con el ciclo de proyección de una sociedad. Y los estudiantes concurren a formarse, con la idea de llegar a superar a quienes les precedieron y pagaron su enseñanza.
Pero aqui se está permitiendo que los estudiantes gocen de una autoridad para la que no están preparados y de la que, en verdad, carecen. En parte porque son ignorantes (por eso son estudiantes, porque tienen que aprender todavía), y en parte porque son menores de edad (dependen de padres o tutores).
Pero en 20 colegios secundarios porteños hay una situación inexplicable y peligrosa para el resto del sistema escolar. Y es insólito que las autoridades de la Ciudad hayan renunciado a informar, en sede policial, la identidad de los precoces delincuentes que han tomado por asalto los colegios.
Un símbolo de la época es la inactividad de la Justicia de la Ciudad, en especial de los genuflexos, fofos de espíritu, fiscales que deberían actuar antes que la situación llegue a niveles sin retorno.
Aún cuando dentro de 24 horas, y luego de una marcha desde el Ministerio de Educación de la Nación hasta el de la Ciudad, esos estudiantes levanten las tomas de colegios, lo que ha ocurrido no podrá olvidarse ni ignorarse.
Los contribuyentes tienen todo el derecho a preguntarse si tiene sentido seguir invirtiendo en el sistema tal como funciona o si no es necesario introducir correctivos antes de plantearse incrementar la inversión.
Al menos no son estos jóvenes inadaptados quienes pueden exigirle a los contribuyentes un incremento de la inversión. Ni tampoco lo son algunos dirigentes gremiales docentes que manchan la imagen de lo que es la docencia (y, por suerte, ellos se asumen con el proletario título de ‘trabajadores de la educación’).
La sociedad argentina tiene que comenzar a plantearse cuáles serán sus valores, cuáles son sus objetivos y sus ambiciones colectivas.
Se está provocando una grave degradación
> en la formación de recursos humanos,
> en los niveles de exigencia de la sociedad, y
> en la construcción de un marco social que contemple la inserción de la Argentina en la sociedad planetaria.
Los gobernantes son grandes responsables de la situación. Los Kirchner han instalado un discurso que es preocupante por su populismo demagógico explícito. Ellos alientan el descrédito de las instituciones y de los valores más estándares, que construyeron una sociedad argentina que tenía una mayor capacidad de competitividad en el mundo que la de hoy día.
Pero los Kirchner no son los únicos dirigentes de la sociedad. Hay un desatención extraordinaria en todos los responsables del ‘sistema’. Y eso se paga muy caro.

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