5 marzo, 2021

¿León Arslanián ingresa por Julio Alak?

Roberto García en el bisemanario Diario Perfil, en una columna que se pregunta sobre Hebe de Bonafini, los Kirchner, Grupo Clarín y los que cambian de bando recién ahora:
"(…) Hasta la posible aparición de un León Arslanian entre los ministros, si se cumplen las escrituras de que hay futuros vientos de cambio con fuerte injerencia de jóvenes –sobre todo en el área de las responsabilidades electorales o en la Jefatura de Gabinete–, será difícil recuperar a los réprobos momentáneos que confían en ese nombramiento para “otra cosa”, el aceitamiento con la Corte sin duda que los salve de la perplejidad.
Y los devuelva a la estabilidad burguesa que siempre objetaron. Aunque, de acuerdo a las tradiciones, quizás persista el furioso derrotero de Néstor que multiplica y detalla el compendio crítico de Bonafini.
No repara el Gobierno ni en su propia historia, cuando borró parte de la Corte anterior atacando uno por uno a sus miembros, al revés de Eduardo Duhalde, que por intentar eliminarla en bloque terminó frustrado y sin nafta.
Después de la ofensiva general de esta semana, quizás comiencen las diferencias: ella, la Bonafini, podrá disponer de datos para imputarle al titular de la Corte, Ricardo Lorenzetti, reuniones y encuentros con directivos de Clarín –extraño y tenebroso país en el que se difunden comunicados para aclarar que cierta gente no se reunió con otra gente, como si fuera un oprobio cualquier relación social–, además de aceptar la tentación a diversos convites del grupo mediático, entre ellos seminarios judiciales que auspiciaba la Fundación Noble en tiempos más idílicos con el Gobierno.
A nadie molestaba ese tráfico: la Corte era una suerte de observatorio de la Argentina, pensaba como los alemanes o los suizos, en su burbuja se pronunciaba sobre la droga o la ecología, más bien evitaba otro tipo de conflictos. “No nos corresponde”, se justificaban, fuimos –parecían decir– elegidos para otra cosa.
Hasta que, claro, incurrieron primero en la obligación de reponer a un funcionario en Santa Cruz –medida que no podían evitar, apenas demorar– y, sin que todavía se conozca el pronunciamiento, mantener la cautelar que permite demorar la aplicación de la Ley de Medios, al menos en relación con el desapoderamiento vertiginoso y obligado de empresas. Sorprende que hace un mes, aproximadamente, el periodismo advirtió que la Corte ya había votado al respecto (seis a uno el resultado), pero todavía nadie pudo ver las actas.
Algo en el foro está frenado por más que los miembros del cuerpo aseguran que no reciben ni aceptan presiones.
Volviendo a las invitaciones a Lorenzetti, a los nombres y apellidos de interlocutores que revelaría la Bonafini, también a sus apariciones de columnista en el diario corresponde añadir que esos espacios codiciados se abrían a otros magistrados.
¿Quién podía negarse a esos eventos si Clarín, se supone, sólo pretendía contribuir en esos ciclos de intercambio cultural a mejorar la Justicia? No a abonar influencias, ya que esas ideas conspirativas no deben figurar supuestamente en su código de ética.
En todo caso, si alguien piensa así, le corresponde al kirchnerismo la denuncia. De ahí que para la suspicaz Bonafini ese vínculo pasado resulta espurio o sugestivo, del mismo modo que se pregunta por otros negocios, fallos demorados o rápidamente ejecutados en la Corte; en suma, las actividades paralelas –tal vez non sanctas– de abogados o estudios jurídicos que ingresan con más habitualidad que otros a la Corte, como en los tiempos de Menem, con la singularidad de que en general se trata de profesionales simpáticos para el Gobierno.
O simpáticos en otros momentos, cuando se designaba a los ministros del cuerpo con la arquitectura de Alberto Fernández, el visto bueno de los Kirchner y la atención expresa del procurador Righi. Parecían castillos inviolables, amados por los que hoy se intimidan con la Bonafini, aunque entonces distraídamente callaron la boca cuando un ministro de origen santafecino, Horacio Rosatti, debió partir por incongruencias entre lo que se decía y se hacía en el Gobierno.
Nadie, ni la Corte misma, quiso ver ese alerta. Parte de ese esquema hoy se ha derrumbado; Clarín, en lugar de apoyar, ataca y los mediadores son de una tibieza inaceptable para la pareja oficial: sólo resta el combate, la fricción, ese ruido de todas las semanas, siempre con un adversario o enemigo a renovar y otro eterno a conservar: para sostener la hegemonía más que para realizar la revolución permanente."

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