2 marzo, 2021

Nunca antes de 2013

La decisión de la Corte Suprema de convalidar la medida cautelar por la que se dispuso la suspensión de la aplicación del artículo 161 de la Ley de Medios –es el que da un plazo de un año para que los propietarios de estaciones de radio y televisión se desprendan de todas aquellas que excedan los límites de la cantidad de licencias impuestas por la nueva norma– fue un duro cachetazo para el Gobierno.
Sobre la trama que precedió al fallo, cuenta una voz que habita en los Tribunales y que conoce al dedillo lo que allí pasa: “El acto que organizó el Gobierno el 28 de septiembre para apretar a la Corte operó como un búmeran. El discurso de Hebe de Bonafini produjo el mismo efecto que la quema del cajón protagonizada por Herminio Iglesias en el acto de cierre de campaña del peronismo, en 1983. Allí, el oficialismo demostró no conocer el temple de quienes integran el alto tribunal, en donde llamó la atención el poco sustento de las presentaciones oficiales. Si alguien allí se hubiera tomado cinco minutos para revisar la jurisprudencia, habría podido advertir que, salvo alguna excepción muy puntual, la Corte nunca se pronuncia sobre medidas cautelares”.
El dato constituye una demostración clara de lo que producen la obcecación y la obsesión. Sólo personas tan afectadas por estos sentimientos pudieron haber insistido con la obtención de un resultado que la razón indicaba que era de imposible logro. He aquí una radiografía del galimatías psicológico-político que representa el matrimonio presidencial.
Sigue hablando la fuente tribunalicia. “Lo del ‘plazo razonable’ del que habla la Corte en su fallo, y del cual el Gobierno se agarró desesperadamente para hacer creer que la sentencia complacía sus demandas, es una entelequia. En realidad, esa mención fue una manera de hacerle al oficialismo más digerible su derrota.”
La realidad es que ese pedido de tiempo razonable no es ni siquiera una orden de la Corte. Es una sugerencia hacia el juez civil y comercial federal Edmundo Carbone, de libre interpretación. Habrá que ver lo que hace el magistrado. “¿Qué se entiende por un periodo razonable en una causa tan compleja como ésta? La lectura y análisis de este expediente le llevará al juez, por lo menos, un año. Y después vendrán las apelaciones que llegarán, otra vez, a la Corte. Imposible que esto ocurra en menos de dos años y medio o tres”, explica la fuente.
Hubo llamados desde el Gobierno hacia varios de los ministros de la Corte. En algunos casos, la insistencia fue mucha. Uno de los que tuvo a su cargo esa tarea fue Carlos Zannini, el secretario Legal y Técnico de la Presidencia. Recuérdese que Zannini fue quien confesó que el Gobierno había puesto a esta Corte para otra cosa. Es obvio que esa otra cosa –cualquiera que hubiese sido– no era precisamente el nivel de independencia con el que el máximo tribunal viene actuando.
Sigue narrando la misma voz del Poder Judicial: “Uno de los ministros tuvo una conversación particularmente interesante con Zannini. ‘En primer lugar le digo que llega tarde; el muerto ya votó’, expresó el hombre de la Corte. Según este relato, a criterio del mencionado ministro, al haberse ratificado por parte del Senado y con fecha posterior al de la sanción de la Ley de Medios el Decreto de Necesidad y Urgencia 527/05, el artículo 161 de la Ley de Medios, que es la columna vertebral de esa norma con la que el Gobierno pretende demoler al Grupo Clarín, ha quedado herido de muerte, ya que el acto del Senado le da al DNU fuerza de ley. Hay que recordar que por el mencionado decreto, Néstor Kirchner prolongó por diez años más de los de su vencimiento original la concesión de las emisoras de radio y televisión a sus actuales tenedores. Al oír esto, el secretario Legal y Técnico de la Presidencia enmudeció y, tras sobreponerse, esgrimió argumentos contrarios a este punto de vista que, por su endeblez, fueron fácilmente refutados por el hombre de la Corte, un histórico.”
Ante la contundencia de los hechos, alguien parece haber tenido suerte en convencer a los Kirchner de que la continuidad de los ataques a la Corte era un camino que depararía cosas peores. De ahí, la modificación del discurso operado por Kirchner en sus últimas apariciones. Su anuncio de cambio de domicilio político –volverá a Río Gallegos– sorprendió a todos los gobernadores K que estaban en el acto del viernes. De esto y otras cosas seguramente van a hablar, el próximo martes, los intendentes bonaerenses críticos del ex presidente que conforman el Grupo de los Ocho.
Ya de vuelta de Alemania, Cristina Fernández de Kirchner tendría que tomarse unos minutos para rever lo acontecido durante su viaje. Con la canciller Angela Merkel, las cosas no anduvieron bien. El ministro de Relaciones Exteriores, Héctor Timerman, se regocijó en las horas previas al encuentro entre la Presidenta y la Canciller alemana descalificando a los periodistas que, bien informados, habían anticipado que se iría a tratar el tema de la deuda de la Argentina con el Club de París. No había que ser muy sagaz para darle al dato un buen grado de verosimilitud: Alemania es el segundo de los acreedores argentinos en ese organismo. Conclusión: a poco de andar, Merkel puso el asunto sobre la mesa y, para incomodidad de Fernández de Kirchner, le señaló que para la Argentina sería poco menos que imposible saldar esa deuda si pretendiese hacerlo sin el concurso del FMI. Una vez más, hubo exhibición de improvisación. La verdad es que la Argentina necesita destrabar el entuerto con el Club de París para que se reabran las puertas del financiamiento requerido para que las empresas alemanas inviertan en nuestro país.
En el contexto del viaje presidencial a Alemania, no puede ignorarse lo sucedido en la Feria del Libro de Frankfurt, dedicada este año a la Argentina. La ausencia en ese acontecimiento de destacadísimos hombres y mujeres del campo del pensamiento y de la creación literaria de nuestro país, cuyas posturas son críticas hacia el Gobierno, contradice las expresiones de defensa de la pluralidad de la que, cuando habla tras el atril, la Presidenta dice vanagloriarse. A su vez, las fotos de Fernández de Kirchner y de su marido, con las que se adornaron el pabellón argentino, traen reminiscencias directas de la frase erróneamente atribuida a Luis XIV (“El Estado soy yo”), contraria al concepto de República que la Argentina necesita imperiosamente construir.
Producción periodística: Guido Baistrocchi, con la contribución de Santiago Serra.

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