6 marzo, 2021

Turros

El diagnóstico pinta un panorama más grande que el tamaño del propio Gobierno. Las arterias abiertas de la Argentina transportan torrentes de irritación desde todas partes, a todos lados, y en todo momento. Payasadas, dice el ministro de Relaciones Exteriores, para describir posiciones de altos dirigentes chilenos.Angel Cappa, la izquierda del fútbol, vuelca al lado de la cancha, con las venas hinchadas de furia. Maradona asegura que todos la tienen adentro.
Vociferaciones recurrentes. De la revolución permanente al estrépito sin fin. Los diarios llaman gritos a los goles. Denominan peleas a las elecciones. Desgañitados andamos. Es una excitación que no guarda relación con lo que sucede. Se parece a un estado de enojo esencial y a la vez difuso. Pero es un clima que, por ahora, se disuelve en el aire.
Fugaz, mercurial, provisorio, el estado de turbulencia aparece y se extingue. ¿Y los colegios ocupados? Ahora ya no, suspendieron, es que se están preparando para un año escolar extendido. ¿Las facultades? También allí reina la fugacidad, ahora están en receso de motín.
El país se consume en huracanes de rabia, especialmente breves y amenazantes. Son intempestivos, pero también depresivamente raudos. Vienen, llegan, se van, pero no se quedan. Faceta luminosa de la eterna querulancia argentina, esa ansia de pleitear, síntoma de la psicosis reivindicatoria. Todo pasa, nada es permanente. Fuegos altos, pero fatuos.
En el centro de las grandes iras nacionales, el aparato del Estado exhibe timoneles con nula vocación por las sutilezas. La revista alemana Der Spiegel entrevista a Cristina Kirchner y le admite que la Argentina está viviendo un boom económico “en gran medida por sus exportaciones agropecuarias”. Pero enseguida le pregunta: “¿Por qué Ud. se empezó a pelear con ese mismo campo que ayudó a sostener el crecimiento de la Argentina”? Respuesta presidencial: “Al campo nunca le fue mejor que ahora”. Listo. ¿Y las razones de la pelea?
Así venimos. La tupaquista Milagro Sala habla de un senador radical comprovinciano que la irrita. Dice que es un cararrota suelto. Hebe de Bonafini define a los jueces de la Corte Suprema. Asegura que son unos turros. ¿Es diferente de lo que antes sucedía? En muchos sentidos, la Argentina ha sido conmovedoramente igual a sí misma a través de los años.
Modelos de comportamiento, que no cambian. Estereotipos ejemplares que se reproducen. Abundan los improperios, a veces reprimidos, pero siempre denigrantes. Voces de la Casa Rosada reiteran sus caballitos de batalla: disparate, cachivache, ridiculez. Desaparecido en acción el juicio de valores. Pum para arriba. Lo que no gusta es execrable, nada más, palo y a la bolsa.
Aire nacional de época: seamos transgresores. Basta ver la realidad del transporte. La Argentina se muestra con fidelidad en calles y rutas. Rienda corta desde el Ejecutivo: la regulación y manejo del infinito mundo de los vehículos es prioridad política del oficialismo. Camiones, colectivos y taxis son monitoreados “al mango”. La idea es perpetuar lo excepcional. Dicho de otro modo: convertir a las transgresiones en ocurrencias perennes.
Se las presenta no sólo como hechos naturales, sino también positivos. Hablan de defender el derecho a expresarse. Quien se demore en las formas es un “manierista”. O sea, un enamorado de las maneras. Las maneras, dicen, nada tienen que ver con el fondo. Debate pedregoso y sobre todo antiguo, pero que en la Argentina siempre germina. Los “manieristas” son reaccionarios, gente atascada en un pasado vituperable.
El pabellón argentino en la Feria del Libro de Fráncfort parece copiado de lo que se vio en la 9 de Julio en los fastos del Bicentenario. Qué novedad: meta Gobierno, meta Kirchner, meta casamiento entre lo faccioso y lo general. Formas del desprecio. No siempre el insulto es el arma predilecta. También destituyo, si me mimetizo con el interés general. También agredo, cuando confisco lo de todos y lo convierto en mío, como aquella Ferrari Testarrosa del Menem joven de los tardíos ochenta. Misma fisiología política: me apodero, luego existo.
Pretensión totalizante. Las aspiraciones del programa populista son equiparables a esos sonidos belicosos. Revelan la prepotencia de una ira convertida en política de Estado.
Pero mis reparos (ya) no son estéticos. Tampoco se basan en la supremacía retórica de la ética de los buenos modales. Es otro el planteo. Sociedad expuesta a una respiración fatigosa, la Argentina, todo tiene para perder, con su patoterismo existencial. No hay “negocio” en vivir desde el enojo. El lenguaje y los temas que discurren por ese andarivel sólo producen atraso. La realidad lo patentiza.
Los ejemplos políticos cercanos no podrían ser más devastadores. Brasil, un ejemplo, votó el domingo pasado. ¿Votó? Una aplanadora de votos desfiló por la nación continente. No llenó “urnas”. Votaron electrónicamente más de 111 millones de ciudadanos. El resultado, se conoció dos horas después de terminada la jornada, sin una sola objeción. Nadie contó “boletas”. En la Argentina, las elecciones de la CTA del 23 de septiembre, todavía se seguían discerniendo dos semanas después. Sólo participaron unas 230 mil personas.
País de demasías, de exorbitancias ridículas. El miércoles 6, atareada en Alemania, para preparar su encuentro con la líder política más importante del mundo, la argentina Fernández de Kirchner recae en viejas tropelías. Contratada en 2007 por el 46% de los argentinos para conducir al país, se despeña en la peor twitterpatía. Ese día, a punto de ser recibida en Berlín por Angela Merkel, tiene tiempo. Ironiza en público sobre Joaquín Morales Solá y Eduardo Van der Kooy.
Frivolidad y mucho enojo. Dependencia patológica de lo que se dice y escribe de ella. Pocos avances. Mucha emotividad estéril. Escasas transformaciones. Es mal negocio la leche cortada.

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