5 marzo, 2021

Una muerte anunciada

El fallecimiento de Néstor Kirchner tuvo todos los elementos de la crónica de una muerte anunciada. Los dos severos episodios vasculares que sufrió a lo largo de este año –el primero carotídeo, en febrero, y el otro coronario, hace poco más de un mes– fueron dos alertas que el ex presidente desoyó. Vanos fueron los intentos de sus médicos de hacerle tomar conciencia del delicado estado de sus arterias y de la necesidad imperiosa de bajar los niveles de estrés a los que se exponía en su vida diaria. El último fin de semana había sido particularmente tenso. El inesperado vuelco que tuvo el caso de Mariano Ferreyra, el joven militante del PO asesinado en los confines de la Capital Federal por una patota que respondía a la Unión Ferroviaria, lo tenía “caminado por las paredes”, como lo describió un legislador de trato diario con el esposo de la Presidenta. Por eso, cuando a las 7 de la mañana del miércoles pasado la Dra. Fernández de Kichner advirtió la extrema gravedad del cuadro que padecía su marido, la situación médica era ya irreversible. En ese contexto quedará para la conjetura el saber por qué no había a mano un desfibrilador en la casa del matrimonio presidencial y por qué no lo acompañaba un equipo paramédico especializado en prácticas de resucitación.
La muerte de Néstor Kirchner marca un cambio copernicano en el panorama político de la Argentina. Dentro de la particular estructura que constituye el kirchnerismo, él era el constructor, así como su esposa la fuente de sustento doctrinario. El matrimonio presidencial contemplaba un proyecto de por lo menos ocho años más de permanencia en el poder a través del mecanismo de sucesión alternativa entre uno y otro. Eso ya no habrá de ser posible.
Néstor Kirchner era el ministro de Economía real del gobierno de su esposa. Pasó con Martín Lousteau, con Carlos Fernández y seguía ocurriendo con Amado Boudou.
El Dr. Kirchner era quien, desde la mañana temprano, fatigaba los teléfono de gobernadores e intendentes para hacerles saber que era él quien decidía a dónde, en qué cantidad y cómo se asignaban los dineros públicos destinados a gestión y a obras. El era, también, el que ordenaba los castigos y el maltrato a aquellos que se atrevían a disentir.
Como siempre pasa en estas ocasiones conmocionantes de la vida política de un país, cada gesto de sus protagonistas tiene un sentido y un significado. La decisión de velar el cuerpo del ex presidente en la Casa de Gobierno, junto con la de ni siquiera hacer pasar al cortejo fúnebre por las puertas del Congreso, fueron señales claras de no querer darle a la oposición ningún tipo de participación en sus exequias. La determinación de la Presidenta de no saludar a ninguno de sus adversarios –con la excepción del Dr. Ricardo Alfonsín– fue, como signo de convivencia política y como mensaje hacia delante, un mal gesto. Muchas veces, la condolencia generada por el inconmensurable misterio de la muerte afloja las pasiones y ayuda a levantar las barreras que nos separan .
Todas las fuentes del Gobierno señalan la frialdad de la Presidenta para con Hugo Moyano. Una de las últimas conversaciones que tuvo el ex presidente en la noche del martes fue con el líder sindical, a quien le había molestado la orden del Dr. Kirchner de bajar a varios intendentes del Justicialismo bonaerense para que le vaciaran la reunión del consejo provincial del partido. El ex presidente se había dado cuenta de que Moyano comenzaba a tomar un vuelo político excesivo.
En la noche misma del fatídico miércoles 27, el ministro del Interior, Florencio Randazzo, convocó a una docena de intendentes del Conurbano. Habló con ellos sin ambages y les hizo una advertencia: “si no nos unimos, vamos a tener problemas”.
Daniel Scioli también ha percibido lo mismo; por eso es que mañana tiene planeado reunirse con intendentes de la provincia de Buenos Aires. Bajará hacia ellos un mensaje similar.
“La Presidenta rápidamente producirá gestos para mostrar que la gestión sigue sin modificaciones; el mensaje de la calle fue la profundización del modelo”, explica una fuente del Gobierno. La presencia de la multitud –con gran participación de gente joven– que se acercó al velatorio y acompañó el trayecto del cortejo fúnebre fue un dato que impactó al Gobierno. Hubo allí muestras de afecto conmovedoras hacia la Presidenta y de dureza a los que no piensan como el Gobierno. En las redes sociales, se reprodujo ese encono tanto desde sectores kirchneristas hacia quienes no lo son como desde éstos hacia aquellos. Este constituye el aspecto más preocupante del presente político de la Argentina, en el que subyace la idea de un país de unos u otros y no de unos y otros. Terminar con este estado de cosas debería ser uno de los objetivos inmediatos del Gobierno y de la oposición.
La gobernabilidad del país no corre ningún riesgo. Cristina Fernández de Kirchner no es Isabelita y la Argentina de hoy en día no es aquella de 1974. Lo que sí hay es un escenario político diferente al existente hasta la noche del martes último. En el esquema funcional del matrimonio presidencial, Néstor se encargaba de todas las situaciones conflictivas que forman parte de la vida diaria de un gobierno. “A Cristina no hay que llevarle problemas”, se le escuchaba decir muchas veces al ex presidente. Ese vacío será abismal. “Néstor Kirchner hablaba hasta con concejales”, recuerda una voz del oficialismo. Habrá que ver cuánta de esa tarea la asume la Presidenta y cuánta delega en su círculo íntimo. En este contexto, cobrará importancia su hijo, Máximo, quien tiene atracción por la actividad política. Habrá que observar, también, cómo se desarrollan las relaciones entre los distinto sectores del gabinete en el que conviven los “Cristinistas” –el canciller Héctor Timerman y el ministro de Economía Amado Boudou– con otros, como el ministro de Planificación Julio De Vido –quien alguna vez manifestó que prefería a Néstor por sobre Cristina– y el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández.
“Este es el momento tuyo y de Sergio Massa”, le dijo el jueves por la noche al intendente de La Plata, Pablo Bruera, Felipe Solá, quien agregó: “Sin Kirchner, el Peronismo Federal no tiene mucho sentido”. Algunos se esperanzan con la posibilidad de la reunificación. Están a la espera de gestos de conciliación. Este es el desafío no sólo para el justicialismo, sino también para toda la sociedad. He aquí, pues, el interrogante fundamental de la Argentina que viene: ¿Unirá Cristina Fernández de Kirchner lo que su esposo dividió?
Producción periodística: Guido Baistrocchi.

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