El plan reeleccionista
Inevitablemente hay que volver la mirada a los comicios que tuvieron lugar en Catamarca el pasado domingo. Desde que se puso en marcha el sistema de elecciones escalonadas, justo en el año en que debemos elegir al presidente de la Nación, los comicios provinciales adquieren el perfil de una contienda de carácter nacional. A través de un áspero debate, los actores procuran acumular antecedentes para mostrar que una u otra de las fórmulas presidenciales en competencia lleva las de ganar.
Este cuadro se torna más confuso cuando, de acuerdo con la ley vigente de elecciones primaras abiertas y obligatorias, recién en agosto las candidaturas presidenciales deberían tener consagración definitiva. Estas leyes conspiran en contra de unas oposiciones que, con lentitud, van generando en su seno a los candidatos posibles, y favorecen rotundamente a la candidatura implícita de Cristina Fernández de Kirchner.
El campo de fuerzas resulta de la estrategia de poder conducida por el núcleo duro del oficialismo y de la circunstancia imprevisible que, luego del fallecimiento de Néstor Kirchner, reforzó el carisma de la Presidenta y la colocó, por ahora, en posición sobresaliente entre los aspirantes a la titularidad del Poder Ejecutivo. Aunque no lo diga, la Presidenta es candidata de hecho, y se reserva para sí el uso y el abuso de las reglas vigentes: puede, en efecto, aguardar hasta agosto sin que nada perturbe esta marcha triunfal (para sus seguidores, se entiende).
Estos son los efectos de una ley de partidos y de elecciones hecha a la medida del reeleccionismo. Mientras las condiciones para obtener financiamiento electoral son tan severas como las prohibiciones para hacer campaña y disponer de espacios públicos en los medios de comunicación, el dinero de la propaganda oficial fluye a manos llenas y los nuevos cuadros juveniles, actualmente incorporados a la burocracia del Estado, organizan actos masivos al servicio del propósito reeleccionista.
En el corto lapso, que se extiende desde la manifestación en el estadio de Huracán hasta la victoria oficialista en Catamarca, se puede advertir el despliegue de las líneas maestras del plan reeleccionista. A tal fin, la popularidad es un ingrediente indispensable y un insumo electoral que la Presidenta no escatima. El impacto de su presencia en Catamarca, cuando la campaña electoral entraba en esa provincia en el último y decisivo tramo, es, en este caso, aleccionador. La victoria que descontaba una hegemonía local severamente desgastada por tantos años de dominio se convirtió, a lo largo de pocas semanas, en el triunfo de la propia Presidenta. Jugó fuerte y apostó, en primer término en Catamarca y después en Chubut (donde habrá elecciones del mismo tenor el próximo domingo).
Sin embargo, aunque la estrategia de poder que se incuba en la Casa Rosada y en Olivos los unifique, no son idénticos los escenarios de Catamarca y Chubut. En Catamarca asistimos a un típico combate entre hegemonías de distinto origen. La primera, oscilante según el dictado de la oportunidad, al momento del comicio de franco corte opositor al oficialismo, y la segunda impulsada resueltamente desde el Poder Ejecutivo Nacional. En semejante lucha, son fundamentales los componentes del clientelismo y de la movilidad de las facciones peronistas que, como en el entramado del antiguo régimen del orden conservador en el siglo XIX y principios del XX, se mueven fluidamente de un lugar a otro para hacer y rehacer alianzas. Son tejedores incansables que miran a Buenos Aires, sede de la presidencia.
Siempre en esta trama hay operadores consagrados y redes familiares en trance de proveer combustible al clientelismo provincial y nacional (no en vano, la gobernadora electa reivindicó el nombre de la familia Saadi). Lo que ocurrió en Catamarca es, pues, un signo evidente del atraso de la política argentina, del anclaje en el suelo de esos pequeños cuerpos electorales de dos gobiernos -el de la provincia y el de la Nación- que pretenden al unísono inducir el voto de la ciudadanía. Para el justicialismo y la Presidenta, el bocado apetecible de Catamarca requería la unificación de las facciones peronistas, condición sin duda necesaria para derrotar a una de las pocas hegemonías provinciales que, en este año, no formaban parte del coto de caza de electores perteneciente al oficialismo.
Otra historia es la de Chubut, en contraste con la que acabamos de exponer. Allí, el enfrentamiento del domingo próximo no será entre el radicalismo actuando como eje de una coalición frente al peronismo unificado (salvo la irrelevante desviación de Luis Barrionuevo), sino entre dos facciones peronistas en uso, ambas, de sendos aparatos provinciales. Si el candidato que responde al gobernador en funciones, Mario Das Neves, logra prevalecer, entonces el llamado peronismo federal podrá recuperar aire para seguir su carrera. Si, en cambio, logra imponerse el candidato prohijado por la Presidenta, entonces podrían de entrada cortarse las alas de esa disidencia que encabezan el mismo Das Neves, junto con Eduardo Duhalde y los hermanos Rodríguez Saá.
Como se ve, los tableros son diferentes si nos atenemos a un análisis de superficie. Pero si calamos en profundidad en los conflictos de provincias, podríamos observar cómo se expande en ellos el núcleo íntimo de nuestro régimen político con la propensión al reeleccionismo -según atestiguan las intenciones de los gobernadores justicialistas de Tucumán y San Juan- o, en su defecto, al control de la sucesión. En esta batalla, lejos de la neutralidad, el Estado en sus versiones provinciales y nacionales es una pieza maestra.
Lógicamente, ya nos lo enseñó Maquiavelo, esta envoltura oligárquica se enmascara con toda clase de invocaciones ideológicas. Al fin de cuentas, "gobernar es hacer creer". Y en esta pugna por imponer ideologías y hacer de ellas por medio de la propaganda un conjunto de ideas que ya nadie piensa, la intolerancia sigue cosechando sus frutos.
El intento de censura, suscitado con motivo de la conferencia inaugural de la Feria del Libro que debe impartir Mario Vargas Llosa, no impresiona por su originalidad. Más bien se destaca por lo que añade en la Argentina a una rutinaria manifestación de visiones dicotómicas. De la expresión de esos puntos de vista estamos acostumbrados hasta el cansancio y, aunque la Presidenta haya desautorizado a los funcionarios que intentaron imponer ese temperamento excluyente, la ausencia de respeto hacia las opiniones ajenas parece que se hubiese convertido en deporte nacional: algo así como la vocinglería del estadio con sus barras bravas incluidas (recordemos que Vargas Llosa ya ha sido escrachado en Rosario). Olvidamos que la tolerancia es el principio que reconoce inmunidad política para quienes profesan ideas distintas. Inmunidad para hablar, para no ser agredido y, en caso de que ello ocurra, para ser protegido por la garantías constitucionales.
Estos vínculos entre, por un lado, un juego político que no se inhibe de montar antiguas tramoyas oligárquicas y, por otro, las expresiones ideológicas, con su aparentemente innovadora cohorte de propagandistas, blogueros y cuanto adminículo tecnológico sirva para tal empeño, están marcando en estos días el tono de la política oficialista. En el cuadrilátero peronista -político, sindical, de movimientos sociales y piqueteros, y setentista-, la Presidenta ha ocupado resueltamente el centro del ring. Nos resta por conocer si semejante esfuerzo se mantendrá sin fisuras en el largo camino que aún tiene por delante.
* ESPECIAL PARA LA NACION