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Tres fuentes coinciden en el mismo relato: desde el punto de vista emocional, la última semana no fue buena para Cristina Fernández de Kirchner. La impronta de la nostalgia y la soledad producida por el aniversario de su casamiento con Néstor Kirchner, como así también los vaivenes de las disputas internas por espacios de poder que viene fogoneando Hugo Moyano, la afectaron. La primera circunstancia la entristeció; la segunda, la enfureció. Esas mismas fuentes se encargan en señalar el eventual peso que en la decisión de la Presidenta sobre su candidatura están teniendo las opiniones y las determinaciones que adopten sus hijos: Máximo ya le hizo saber que su lugar en el mundo seguirá siendo Santa Cruz, y Florencia planea su vuelta a Nueva York hacia fin de año para retomar sus estudios de cine. Ninguno de los dos quiere que su madre busque la reelección.
A todo esto, ¿qué motivó el duro discurso contra “los sindicatos que explotan y extorsionan” que pronunció la jefa de Estado el jueves en José C. Paz? Hubo dos razones. Una fue el bloqueo de los petroleros a YPF y, en particular, las declaraciones de Pablo Moyano en las que expresó que si no había arreglo pararían el país. La otra, los conflictos gremiales frecuentes que complican las operaciones de Aerolíneas Argentinas.
En la conducción de la CGT la reacción ante las expresiones presidenciales fue de estupor. Es un estado del que aún no han logrado recuperarse. Los tibios dichos del ministro de Trabajo, Carlos Tomada, que trató de explicar que con Moyano está todo bien, no lo dejaron muy bien parado y le hicieron un flaco favor a su imagen en estas horas en que pugna por la candidatura a la Jefatura porteña.
Hay dos datos más que se agregan en esta lista de causalidades que por estas horas malquistan a Fernández de Kirchner con el poder del líder de los camioneros. Uno es la insistencia con el proyecto de ley de participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas. El jefe del bloque de Diputados del Frente para la Victoria, Agustín Rossi, ya fue anoticiado de que el Gobierno no va a impulsar ese proyecto. El otro caballito de batalla de Moyano es su insistencia en querer ganar mayores espacios de poder. “Le quiere designar el vice a Cristina y eso la disgusta profundamente”, cuenta una voz de su cercanía.
Dentro del sindicalismo hay desconcierto. A todos les cuesta mucho decodificar qué es lo que está pasando en el centro del poder. Allí suceden cosas que en muchos casos son contrapuestas. En sectores del kirchnerismo duro no es sólo la figura de Moyano la que recoge rechazos. El desamor comprende a otros varios dirigentes sindicales que comparten con él la CGT. Deshacerse de Moyano y sus adláteres es el sueño anhelado de más de uno dentro del Gobierno. “Nos meteríamos a buena parte de la clase media en el bolsillo y la reelección estaría asegurada”, expresa aquella misma voz de la cercanía presidencial antes citada.
Es bueno que la Presidenta haya alzado su voz para reclamar la necesidad de acabar con las metodologías de protesta que se basan en el avasallamiento de los derechos de los ciudadanos ajenos a los distintos conflictos, que quedan como rehenes indefensos en medio de situaciones sobre las que no tienen ni arte ni parte. Tal vez esta realidad la lleve a reflexionar sobre los efectos negativos de que tanto desde su administración como desde la de su fallecido esposo se hubiera consentido esta forma de protesta cuando convino a sus intereses políticos.
“La Presidenta está harta de que Moyano le doble la apuesta”, señala un dirigente sindical que supo estar junto al líder camionero al comienzo de su secretariado al frente de la CGT. En ese grupo de dirigentes se están esperando señales para poner en marcha un proceso que termine con el poder de Moyano y lleve a la designación de una conducción menos personalista y más colegiada de la central obrera. “Estamos a la espera de algunos movimientos y hechos que debe generar el Gobierno y que tal vez ocurran después de las elecciones”, concluye el citado gremialista.
En la cúpula de la Confederación General del Trabajo la preocupación es mucha. Ni Moyano ni nadie de su entorno tiene acceso directo a la Presidenta. Eso hace las cosas mucho más difíciles.
Tan difíciles como lo son para la mayoría de los funcionarios, que tampoco acceden a la jefa de Estado. ¿Se presentará o no a la reelección?, es la pregunta que recorre todos los despachos oficiales. “No tiene más remedio que hacerlo”, es la respuesta de varios empinados funcionarios gubernamentales que, carentes de información, apelan a un acto de razonamiento.
El jueves a la Presidenta se la vio mal. En los días previos, se la había observado igualmente mal. ¿Cuánto de sincero hubo en su discurso pronunciado con voz disfónica y tono dramático en el que reconoció el costo anímico y físico que este presente le infringe?
Para muchos, ha sido una simple puesta en escena de una campaña minuciosamente planeada tras el fallecimiento de Kirchner, en la que el luto y el duelo de la Presidenta juegan un papel clave. El diseño de la estrategia de uso y manipulación mediática del fallecimiento del ex presidente da sustento a esta postura. Para otros, en cambio, lo dicho por Fernández de Kirchner ha sido creíble. Es muy difícil saber a quien le asiste la razón; tal vez, la tengan ambos.
Lo cierto es que el estado anímico de la Presidenta no es bueno. Desde el punto de vista de la campaña presidencial, lo que hay que señalar es que la imagen de una mujer que ha perdido a su esposo hace poco tiempo y que, sobreponiéndose al dolor, sigue en su cargo dispuesta, encima, a dar batalla contra personas y estructuras desprestigiadas, es siempre conmovedora y conlleva efectos electorales positivos. Esto no es novedoso y seguramente será reflejado en las encuestas que se están haciendo en estas horas.
Al respecto, el dato relevante que están observando los analistas de la encuestadora que predijo con precisión la victoria de Francisco de Narváez en la elección del 28 de junio de 2009, es que la imagen positiva de la jefa de Estado es alta gira en torno al 60%, lo que se refleja en una intención de voto que está rondando el 45% y que, al día de hoy, no se modifica con ninguna de las diferentes combinaciones que está ensayando la oposición.
Estos guarismos son los que llevan a los funcionarios del Gobierno a descartar cualquier posibilidad de que Fernández de Kirchner rechace la candidatura presidencial. “Además, ella sabe que debe seguir un período más a fin de dar posibilidades temporales a la formación de nuevos cuadros políticos, sin los cuales el kirchnerismo no tendría futuro”.
Mientras tanto no es un dato menor el que Fernández de Kirchner haya reconocido el enorme costo físico que le está significando la Presidencia. Dicho reconocimiento debería obligarla tanto a ella como a su entorno a prestar adecuada atención a un elemento que tanto peso ha tenido en la historia política de la Argentina: la salud de un Presidente.
Producción periodística: Guido Baistrocchi.