Pataletas
Paraguayos, poca cosa. Sin acceso a océanos, encerrados, modestos, poco elocuentes. ¿Para qué molestarse? Por segunda vez en pocas semanas, Cristina se sintió mal a la hora de ir a Asunción esta semana, para participar de la 41ª Cumbre del Mercosur. Sí estuvieron, además del anfitrión Fernando Lugo, la brasileña Dilma Rousseff, el uruguayo José Mujica, el ecuatoriano Rafael Correa y el vicepresidente colombiano.
La vez pasada fue el peligro de una lipotimia y ahora el golpe en la cabeza. La tarde del sábado no se privó de pedir juicio y castigo a Crónica TV por haberla encandilado y hacerla derrumbarse desde sus stilettos. Pero no se la veía tan dañada. De hecho, hizo una de sus performances proverbiales cuando anunció que el viento frío que entró al quincho de Olivos cuando una azafata abrió una puerta corrediza, era señal de que “El” se hacía sentir desde el sur. Estuvo como siempre, canchera, ajustando los micrófonos, dirigiéndose a algunos de sus plateístas, contando cómo la enfermera “Sandra” del Otamendi le puso una inyección y en suma pletórica de su característico ímpetu para repartir sablazos, recomendaciones y lecciones.
¿Esa mujer estaba incapacitada de participar de la cumbre de Asunción? El presidente paraguayo, que se trató de un cáncer con quimioterapia, pero nunca arrugó en estas lides, ya no sabía qué decir ante el nuevo plantón argentino. En la comitiva descabezada, la temblorosa corte de varones genuflexos que pone sus ojos en blanco cuando habla la Señora, tampoco atinó a reaccionar ante un episodio de lo que, en términos de relaciones entre países y gobiernos, es un nuevo arranque de pura histeria institucional.
Lo notable es que la señora Cristina manifiesta alergia fehaciente a la hora de tener que pisar tierras percibidas por ella como marginales. No se priva, en cambio, de hacerse ver en escenarios lustrosos y bronceados de prestigio. Hizo hace poco una expedición de cuatro horas a Venecia sólo para pasar por la Bienal y anunciar la firma de un acuerdo por el cual la Argentina dispondrá de un pabellón permanente en la muestra. Es una decisión oficial correcta, pero ¿se necesitaba de la Presidenta para su “venta” mediática, acompañada además de una alegre patrulla de connotados artistas cuyo desplazamiento a Italia sufragó el Estado?
Impresiona la discrepancia entre la cháchara nacional y popular, ese sobreactuado y (por eso) repelente latinoamericanismo en el que no creen, y los datos concretos de los gestos internacionales argentinos. Con Bolivia no pasa nada diferente y encima el gobierno indigenista de Evo Morales no se priva de invitar a La Paz al ministro de Defensa del Irán fundamentalista, Ahmad Vahidi, buscado por la Justicia argentina por el atentado contra la AMIA, del que se cumplen dentro de dos semanas
17 años y en perfecta impunidad. No fue el del jerarca militar iraní un viaje de placer: inauguró una escuela de cuadros militares financiada por Teherán, en el corazón de América del Sur. La Argentina pataleó para la popular, pero Morales no detuvo a Vahidi, le pidió sólo que se fuera sin hacer más ruido. Esta semana, Morales fue agasajado por Cristina y la Universidad Nacional de Córdoba, mientras la patética conducción de una AMIA acéfala volvía a hacer el ridículo.
En esta saga de faltazos, plantones, tardanzas y otras impertinencias de similar talante, la presidenta Cristina sigue fielmente la impronta de su marido, cuya aversión a los compromisos internacionales era célebre y de la que no se retractó nunca.
Es curioso que estas “trasgresiones” cosméticas sean inversamente proporcionales al historial auténtico de los líderes. Aunque no usa corbata, el ex tupamaro Mujica pondera y procura toda ocasión para concretar vínculos y reiterar la típica cordialidad de su país, hecha de buenas maneras y respeto a los demás. Los de los argentinos son gestos de adolescente vanidad omnipotente: somos tan singulares y de avanzada, que los protocolos de otros países no nos merecen respeto. Patoterismo seudodiplomático, se diría, a menos que la jefa del Ejecutivo argentino padezca problemas de salud que no han sido suficientemente difundidos. ¿Podría ejercer un segundo mandato sin sustos o debemos ya prepararnos para una presidencia de Amado Boudou, el leal?
Lo de Paraguay y la Argentina tiene, además, resonancias patéticas, porque dos plantones presidenciales consecutivos y especialmente injustificados producen un daño difícil de cuantificar. Los paraguayos nada dirán en público. Asolados por desgracias históricas de larga data, no son gente altanera ni ruidosa. Tragan saliva ante la típica soberbia argentina, y anotan en su larga memoria otro destrato más. El Gobierno argentino, por su parte, engrosa su historial de impostaciones, sólo que ahora la hipocresía demostrada es “progresista”. Es que el modelo que hace flamear la Casa Rosada se integra con estos flagrantes derrapes.
Hace ocho años largos que la Argentina viene dando estos rústicos ejemplos de arbitraria informalidad y descuido por los vínculos permanentes de una nación que debe preservar calidez y continuidad con sus vecinos. Nada de esto tiene, claro está, consecuencias electorales. El Gobierno se ha encargado de reclutar muchísimos ciudadanos paraguayos a los que se nacionaliza para, método infalible, generar “clientes” y, obviamente, votos.
Ese derrotero de viajes cancelados y audiencias misteriosamente pospuestas habla de un ejercicio caprichoso y frívolo del poder. Al igual que en muchas otras instancias en la historia reciente del país, son episodios cuya toxicidad se revelará sólo en el medio y largo plazo. Ratifican la enésima hipocresía, perpetrada por los sacerdotes de un “relato” supuestamente apegado a las tradiciones aborígenes más enraizadas, pero que en la agenda cotidiana, que evidencia sus intereses, terminan prefiriendo la fastuosa Venecia a la húmeda y sencilla Asunción. ¿Alguien pedirá disculpas al pueblo paraguayo en nombre de la Argentina?
*Especial para Perfil