Que siga la música
Los opositores no reaccionan tras la paliza de las primarias. El kirchnerismo sólo enfrenta tensiones internas.
La campaña electoral parece detenida en un limbo. La mayoría de los protagonistas se saben partícipes de una especie de juego ya definido. El resultado del 14 de agosto fue de tal contundencia que lo que queda de ahora en más, hasta la elección del 23 de octubre, tiene un notable aire de fatalismo para los opositores, a los que la derrota ha dejado al garete.
Lo de la oposición merece un análisis profundo: debería exigir por parte de muchos de sus líderes una actitud de autocrítica de la que, hasta aquí, varios han demostrado carecer. En eso son exactamente iguales al Gobierno.
El desequilibrio político que se vive hoy en la Argentina es mayúsculo y creciente. En este punto, además, es muy importante apartarse por un momento de la escena nacional para adentrarse en la realidad político-institucional que se vive en varias provincias.
Allí las cosas siempre hablando del desequilibrio político son mucho peores, ya que se asiste a la construcción de verdaderos feudos en los que siempre gobiernan los mismos o el mismo. Ya no es sólo el caso de los Rodríguez Saá en San Luis, sino que a ello hay que agregar lo que se observa en Misiones, Tucumán y Formosa. Lo que se aprecia allí es una manipulación permanente de la institucionalidad, con gobernadores que ejercen su mandato con la suma del poder público. Mucho ayuda para la construcción de este tipo de sistema político la existencia de una extendida red de asistencialismo, consecuencia de la pobreza, sin la cual la vida de miles y miles no sería posible. Esta es una de las paradojas más frustrantes y perversas de la política, según la cual nada beneficia más a quien ejerce el poder que la existencia de una sociedad en la que abunda la pobreza, debido a que esa condición hace a las personas dependientes de quien gobierna, dandole a éste a su vez un poder cuasi omnímodo.
¿Cómo solucionar eso? ¿Cómo evitar la creación de feudos? Estas deberían ser algunas de las premisas a las que tendría que avocarse la oposición a fin de asegurar la posibilidad de vivir en un sistema en el cual la alternancia sea una opción real y no una fantasía. Sin alternancia, los vicios del poder se potencian al infinito. Ya lo supo decir con total acierto John Emerich Edward Dalberg, primer barón de Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.
Como hemos dicho, en la oposición se asiste a un clima de fin de ciclo. Nadie sabe concretamente qué hará cada uno de los protagonistas afectados por esta realidad. Pero lo cierto es que la instancia inexorable de los hechos ha marcado el final del ciclo de varios líderes que ocuparon el escenario político durante muchos de los últimos años. Ahí están los casos de Eduardo Duhalde, Mario Das Neves, Carlos Reutemann, Ricardo Alfonsín, Elisa Carrió, Julio Cobos y Fernando Solanas, por mencionar algunos. Como consecuencia de ello, además, se vive en las filas de algunos partidos de la oposición un ambiente de diáspora. En varias circunstancias es una diáspora con reproches porque la intemperie en la que ha quedado más de un dirigente que hoy no termina de arrepentirse de su “error” complica severamente su futuro político.
Emergen como nuevos liderazgos los de Mauricio Macri y Hermes Binner. Hoy el Gobierno se siente cómodo con ellos. La Presidenta parece haber aprendido que no es bueno para ella confrontar permanentemente. El cambio de actitud ya se vio con Macri. Habrá que ver cómo son las cosas de aquí en adelante con Binner.
La luna de miel que vive el Gobierno está generando reacciones que hubieran sonado poco creíbles un mes atrás. Así, por ejemplo, pasa con el campo. Uno de los objetivos perseguidos por el oficialismo desde el conflicto con los ruralistas a causa de la traumática resolución 125 ha sido la disolución de la Mesa de Enlace. En eso ha trabajado con ahínco el ministro de Agricultura, Julián Domínguez. Pues bien: la posibilidad de concretar ese logro nunca estuvo más cerca que ahora. Tal vez fue por ello que el presidente de la Sociedad Rural, Hugo Biolcati, haya debido salir a bajar los decibeles de sus desafortunadas declaraciones sobre el triunfo de la Presidenta en las primarias.
Las tensiones que vive el Gobierno tienen que ver más con lo que pasa en su frente interno que con lo que exhibe la oposición. Uno de esos frentes lo representan Hugo Moyano y la conducción de la CGT. Está claro que la Presidenta está decidida a que nada enturbie este período de buenas ondas que necesita para mantener, y si es posible ampliar, los márgenes de su aplastante victoria.
Los nuevos niveles salariales establecidos desde la Casa Rosada generaron expresiones de insatisfacción en Moyano y la CTA. De todas maneras, la sangre no habrá de llegar al río. En este marco político, el líder camionero no puede darse el lujo de prescindir del paraguas de protección que le brinda el Gobierno. Apartarse de allí sería fatídico para su presente y su futuro.
En este cielo claro sin turbulencias por el que navega el Gobierno repentinamente apareció Sergio Schocklender y prendió el ventilador. La entrevista publicada esta semana por Noticias es explosiva y complica tanto a Hebe de Bonafini y a la Fundación de las Madres de Plaza de Mayo como también al Gobierno. Directamente lo que Schocklender denuncia son actos de corrupción. Más allá de preguntarse por qué da a conocer ahora lo que antes ocultó, esa denuncia alcanza una dimensión aun mayor cuando se recuerdan las imágenes de Schocklender haciendo de maestro de ceremonias del acto conmemorativo del 24 de marzo organizado por el Gobierno en el Mercado Central, al que asistió, entre otros, el hoy candidato a vicepresidente de la Nación, el ascedente Amado Boudou. Subyace en lo denunciado por Schocklender un mecanismo de corrupción que, más allá de algunos movimientos con mucho de aspavientos hechos por parte del juez federal Norberto Oyarbide, tiene camino de impunidad.
Lo dicho: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Verdad que hoy parece no tener la más mínima consecuencia política en la Argentina.
* Especial para Perfil