5 abril, 2025

Los planes de Cristina para "el día después"

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Un período de apenas quince días no podrá cambiar las tendencias sociales. Podría modificar ciertos porcentajes o algunos órdenes, pero no el pronóstico básico de lo que sucederá en las elecciones presidenciales. Según la medición de Poliarquía, que hoy publica LA NACION, Cristina Kirchner se impondrá por un margen amplio e inédito el 23 de octubre . La Presidenta se sucederá a sí misma en diciembre; ésa es la información ya inmodificable. Sin embargo, le será políticamente valioso en la cima en la que está cualquier porcentaje adicional que pueda acumular. Necesitará batir precedentes electorales históricos no sólo para gobernar, sino para poner en marcha algunos de sus audaces planes políticos.
Cristina Kirchner se prepara (o se prepara su entorno más cercano) para empezar en diciembre a romper un cruel cerco marcado por la Constitución. Será el instante en el que ella alcanzará el vértice glorioso de su vida política, pero también el momento en el que se iniciará su declive. Impedida de aspirar a una nueva reelección consecutiva, sin herederos políticos relevantes y al frente de un peronismo en la búsqueda desesperada de otro líder, la próxima lucha épica del oficialismo será, según confirmaron importantes funcionarios kirchneristas, el debate por una reforma de la Constitución. Será una necesidad más que un proyecto, dijeron en el Gobierno, y agregaron: Deben descartar la presencia de Cristina en esa discusión. Nunca será ella la que defenderá la reforma.
El debate, la discusión, la polémica por la reforma. Esa será la primera fase, necesaria para frenar las aspiraciones de sucesión del peronismo. La ingeniosa fórmula de intercambiar marido y esposa para esquivar la Constitución se agotó cuando murió Néstor Kirchner . Sin Kirchner y sin reforma, el peronismo ya tiene más pretendientes al poder que los que existen entre los no peronistas. Daniel Scioli, José Manuel de la Sota y Juan Manuel Urtubey están esperando el 11 de diciembre para poner en marcha sus proyectos presidenciales.
Ahí se encuentra la explicación de los aprestos kirchneristas para debilitar de inmediato a Scioli, que está en mejores condiciones que los otros, por ahora, para aspirar a la presidencia. Su problema (y el de los otros) es que el kirchnerismo sólo quiere sucederse a sí mismo. ¿Qué otra explicación podría tener tanta saña contra un hombre que les ha sido desmesuradamente leal? Primero Scioli y después Macri. En ese orden, se oyó describir en el oficialismo el parte de batalla.
La segunda fase podría ser la reforma en sí misma. Cualquier intención de cambiar la Constitución sería una simple fantasía o una causa perdida de antemano si el oficialismo no contara con los dos tercios de los votos de ambas cámaras del Congreso. Ese es el requisito que impone la propia Constitución para su modificación. Es una valla muy empinada.
La reforma necesitaría, por lo tanto, de un acuerdo básico entre varios partidos para lograr esa mayoría especial. ¿Habrá negociación y acuerdo de los opositores con un gobierno que no negoció ni acordó durante ocho años? Si no existe el precedente deberá existir la prepotencia de los votos, traducida en una monumental concentración política. Ahí radica la importancia de cuántos votos más le agregará Cristina Kirchner a su ya abultada cartera de sufragios.
La posición de Hermes Binner será fundamental en ese eventual escenario , porque él será probablemente el segundo candidato más votado (aunque a una abismal distancia de la Presidenta) y porque su coalición tiene posiciones reformistas. Nos oponemos terminantemente a la reelección indefinida, señaló Binner ante una consulta de LA NACION, aunque señaló que su alianza suscribe la necesidad de una reforma constitucional que instaure un sistema parlamentario. No creo que este gobierno impulse un sistema parlamentario porque significaría el fin del populismo, agregó. Sin embargo, el proyecto que sedujo al kirchnerismo es un viejo boceto del juez Eugenio Zaffaroni, que promueve precisamente el sistema parlamentario en lugar del presidencialista.
El parlamentarismo también tiene algunos adeptos en el peronismo duhaldista; de hecho, el propio Duhalde está convencido de que el sistema presidencialista debe terminar en la Argentina. Muchos radicales son antiguos admiradores del sistema parlamentario, que Raúl Alfonsín impulsó, con escasa suerte, en la reforma que organizó con Menem en 1994. El propio Binner subraya ahora que todo es posible en teoría, pero que nadie sabe cómo podría hacerse el tránsito sereno entre presidencialismo y parlamentarismo. Nadie sabe, tampoco, cómo impactarán el tamaño del triunfo y la dimensión de la derrota, pero la oposición tendrá, en cualquier caso, la llave para habilitar la reforma.
El otro plan del kirchnerismo es la continuación de la confrontación con el periodismo independiente. De alguna manera, este proyecto está vinculado con la reforma, porque supone que el antirreformismo tendrá su mayor repercusión en la prensa independiente. Sea como sea, la denominada batalla cultural, que es en el fondo una guerra contra la prensa libre, es otro plan inmediato del kirchnerismo. También la oposición le ha hecho el necesario trabajo al oficialismo. El proyecto de una diputada aliada de Binner, para declarar de interés público la producción y comercialización del papel para diarios, podría justificar una rápida intervención oficial de Papel Prensa. Más tarde, cuando ya la empresa no valga nada, podrían resolverse las cuestiones de la propiedad y las compensaciones.
El centro del problema no será nunca el resarcimiento económico, sino la situación de extrema debilidad en la que quedarán los diarios argentinos. El Gobierno administrará el suministro de ese insumo indispensable de los diarios, ya sea a través de la producción nacional, controlando la principal empresa productora de papel, o a través de la importación del papel. El Gobierno resolverá, en síntesis, qué diario tendrá qué cantidad de papel y a qué precio. El poder del Estado sobre el periodismo independiente crecería, en tal caso, de manera exponencial.
La cruzada reformista y la batalla contra el periodismo podrían servirle al Gobierno además, según su propia estimación, para saltar por encima de una perspectiva segura: la repercusión local de la crisis económica internacional. Podría ser una estrategia excesivamente politizada. La mayoría de la gente común no está pendiente de batallas heroicas, sino de la marcha de sus asuntos económicos. Por eso la votará a Cristina y alrededor de eso hará circular sus reclamos.
China y Brasil se están estancando; no pueden exportar ahora más que lo que hacían en 2008, hace tres años. La recesión, virtual o real, se avecina en Europa. Esos son los tres principales destinos de las exportaciones argentinas. El precio de la soja bajó 100 dólares en el último mes. Significan 5000 millones de dólares menos en exportaciones. La desaceleración de Brasil ya provocó problemas en industrias argentinas, como la automotriz y la textil. Las fábricas de autos están reprogramando su producción local para un Brasil más austero.
La fuga de capitales de septiembre fue de unos 3700 millones de dólares. El Banco Central no podrá tolerar ese ritmo indefinidamente. El presupuesto del año próximo necesitará de fondos adicionales de entre 10.000 y 20.000 millones de dólares. Las distintas líneas internas del Gobierno no se han puesto de acuerdo todavía sobre la política que se aplicará. Ninguna traerá buenas noticias, porque cualquier decisión significará el cambio del relato cristinista o el sacrificio de la enorme generosidad estatal.
El debate será otro. La épica política y la leyenda cultural se terminan cuando la sociedad pone a funcionar una calculadora..
* Especial La Nación

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