5 abril, 2025

La Presidenta y el gobernador bonaerense piensan en la sucesión. Paridad de votos y desconfianzas mutuas.
La semana que viene se termina el matrimonio por conveniencia entre Cristina Fernández y Daniel Scioli. Esto ocurrirá si no hay reforma de la Constitución y más allá de la voluntad de los protagonistas que, hasta ahora, han construido una relación de respeto y coexistencia pacífica. Al abrirse las urnas, se terminarán las necesidades mutuas de tirar del mismo carro y comenzará la competencia por la sucesión. La Presidenta celebrará (¿desde el balcón de Perón?) en la Plaza de Mayo repleta y por varios motivos que la depositarán en la historia. Su arrasador triunfo electoral impactará con estos hechos inéditos:
Un tercer período consecutivo de un presidente peronista. No pudieron lograrlo ni Perón ni Menem.
El apellido Kirchner en el gobierno durante 12 años como marca registrada de un proyecto.
El récord de votos: se esperan más de 11 millones.
En porcentaje, es muy probable que supere los 51,74% de Raúl Alfonsín y eso la dejará primera en el ranking desde la recuperación democrática.
El oficialismo se juega a merodear los 57,41% de Hipólito Yrigoyen (1928), pero le será imposible aspirar a las cifras de Juan Domingo Perón, que en 1951 consiguió 62,49% (techo jamás logrado por nadie) y en 1973, con Isabel como compañera de fórmula, llegó a 61,86%.
De todas maneras, Cristina puede aspirar a ser la presidenta consagrada con la mayor diferencia respecto de quien arribe en el segundo lugar. Los más optimistas dicen que hay 40 puntos de diferencia, entre 55 y 15. Eso está por verse. Es una de las pocas incógnitas que se van a despejar el próximo domingo.
Con este panorama, está todo resuelto y la única mala noticia para Cristina es que hay un solo dirigente que se acerca a esas cifras extraterrestres: Daniel Scioli. Y la Presidenta no se perdonaría jamás y viviría como un fracaso que el gobernador bonaerense se convirtiera en el heredero de lo que ella define como un cambio revolucionario. La formación ideológica y generacional de Cristina hace que, más allá de los valores de lealtad y buena administración que le reconocen a Scioli, lo subestimen en su capacidad de liderazgo para profundizar el modelo. Lo ven más dispuesto a pactar o recomponer la relación con las corporaciones que a seguir disputándole poder, como siente el kirchnerismo que ha hecho hasta ahora. Según la consultora Ipsos-Mora y Araujo, los dos únicos políticos que tienen mayor imagen positiva que negativa son Cristina y Daniel. O dicho con más rigurosidad: esa bendición también la posee Hermes Binner, pero padece todavía un alto nivel de desconocimiento y en 2015 tendrá 72 años, mientras que Scioli tendrá la edad que Cristina tiene ahora.
El director de Poliarquía, Sergio Berensztein, confesó que un inversor norteamericano le dijo: “Su país es Disneylandia”, cuando le comentó que el 55% de los argentinos encuestados decían que se sentían “bien” a la hora de evaluar su propio bolsillo. Equivocados o no, lo cierto es que pocos ciudadanos creen que la crisis global va a tener un impacto fuerte en la economía argentina. Ese optimismo extendido –decía Berensztein– coloca a Cristina en el lugar soñado por cualquier político. Es tan fuerte el huracán Cristina que hizo levantar la imagen hasta de Felipe Solá, después de su regreso al redil por la puerta de Scioli.
Esa actitud de recibir siempre a todos con afecto es otra de las diferencias importantes que Scioli tiene con Cristina. En muchos aspectos, tienen estilos antagónicos y, sin embargo, Scioli también va a susperar el 50% de los votos. ¿Se puede concebir un peronismo o un kirchnerismo para 2015 conducido por alguien como Scioli? No es agresivo; concurre siempre al coloquio de IDEA como muestra de su amistad con los empresarios; pauta publicidad provincial en los medios que Cristina se niega aunque así desobedezca las órdenes de la Corte Suprema. En fin, Scioli tiene un universo amistoso y cultural que incluye en el primer círculo a Ricardo Montaner, Pimpinella, Susana y Mirtha, entre otros verdaderos enemigos éticos y estéticos de las brigadas más dogmáticas y menos populares del kirchnerismo.
Hay otra gran incógnita, además de la sucesión. ¿La casi suma del poder público le dará a Cristina seguridad para avanzar en un camino más republicano o aprovechará para profundizar el autoritarismo? Por ahora, hay señales en ambos sentidos. Desde las intenciones de iniciar un nuevo romance con los chacareros hasta las agresiones obsesivas al periodismo de una patota mediática a sueldo del Estado, cuya jefatura sobreactúa el ambicioso Amado Boudou. En la columna de los gestos prepotentes, típicos de partido hegemónico, casi monopólico (para bromear con el lenguaje oficial), hay que anotar que a Mauricio Macri lo siguen ninguneando institucionalmente. Un mínimo de respeto exige que participe o interactúe, aunque sea formalmente, cuando las cosas ocurren en el territorio donde fue reelecto gobernante con casi el 70% de los votos. Por ejemplo, en la inauguración del excelente y bienvenido Polo Tecnológico en las viejas bodegas Giol y a la hora de meterle una nueva policía comarcal por la ventana.
La contracara es el almuerzo con las autoridades de Coninagro, que se realizará mañana. Se trata de otra mano tendida hacia los productores agropecuarios que todavía no olvidaron aquellas humillaciones resumidas como agrogarcas destituyentes y piqueteros de la abundancia. Y va en el mismo sentido de cicatrizar las viejas heridas y, de paso, neutralizar a los opositores y despejar el terreno de todo tipo de malezas. El mismo rumbo tomó Confederaciones Rurales Argentinas (CRA) al reemplazar a Mario Llambías por un dialoguista neto como el santafesino Rubén Ferrero o aquella foto en Alcorta, que a muchos hizo poner el grito en el cielo, de Eduardo Buzzi con el ministro Amado Boudou. De allí, Buzzi, ratificado como presidente de Federación Agraria, salió con una postura intermedia diciendo que no quería ni oponerse a todo ni hacer un seguidismo obsecuente. Hasta Hugo Biolcati, de la Sociedad Rural, apuntado como el hombre y la ideología que había que aislar para quebrar la Mesa de Enlace, estuvo en Tecnópolis en el acto de lanzamiento del Plan Estratégico Agroalimentario.
Cristina ya extirpó de su diccionario el término peyorativo “yuyo” y Julián Domínguez adoptó parte del libreto que utilizan los innovadores que convirtieron la agricultura argentina en la más competitiva del mundo y hablan de la revolución verde de la soja.
¿Ese evidente cambio de clima se transformará en mutua colaboración? ¿O en competencia feroz a plazo fijo como la de Cristina y Scioli?
* Especial para Perfil

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