Permisividad
Hay un argumento plausible. Tal vez sea una ilusión, un mero producto de la humana voluntad de querer ver lo que en realidad no existe. Pero cuando se toma en cuenta que muchos de sus partidarios más enardecidos se molestaron con la Presidenta porque a la hora del triunfo descomunal de ese domingo les pidió a los militantes que no insultaran a los adversarios que la felicitaban, puede advertirse que quizás ése sea el problema profundo y esencial del peronismo. Dicho de frente: fecunda, procrea, incuba y nutre cachorros capaces de ser atroces. Cuando el líder del momento necesita replegarse en las dulzuras de la cordialidad institucional, gritan y actúan de manera desaforada y destructiva. Los líderes del movimiento han generado dialécticas furiosamente belicosas, es cierto, y no se los puede excusar. Fue Perón el que prometió “por cada uno de los nuestros caerán cinco de ellos” y fue Néstor Kirchner quien escarnecía a las entidades agropecuarias, equiparándolas con los Comandos Civiles Revolucionarios de 1955 y con las fuerzas de tareas de la dictadura de 1976 a 1983. El Perón furibundo y dictatorial de los años cincuenta se asumió como león herbívoro antes de morir y fue él que despreció sin ambages a los Montoneros, que mucho antes de ser echados, en mayo de 1974, habían asesinado a José Rucci a 48 horas de que el viejo caudillo fuera plebiscitado por el 62% de los argentinos.
Tras sus descompensaciones de aquel desmadrado 2008 y su severo traspié en las elecciones de 2009, Kirchner se expresó a través de sus omisiones, y aunque nunca se arrepintió de sus ataques de furia contra todo lo que no controlaba, al final parecía estar suavizando sus asperezas cuando la muerte lo vino a buscar, hace un año.
Cristina Fernández de Kirchner tiene toda la razón del mundo en disgustarse con sus “chicos” cuando de ellos parte una retórica de vendettas, acumulación insaciable de “territorio” y desprecio iracundo por todo lo que no se parezca a ese turbulento mundo militante al que se han atornillado, gracias a los recursos del Estado. Por una parte, la Presidenta no es ajena a nada de lo que se hace y dice en los ámbitos oficiales en que se practican las rutinas más prepotentes y amenazadoras del kirchnerismo realmente existente. El caso de la agencia Télam es paradigmático: una letal combinación de mediocridad, intolerancia y ordinariez ha convertido a ese medio en un órgano propagandístico de nulos valores periodísticos. Hasta un ex lector de Jurgen Habermas, como Juan Manuel Abal Medina (hijo), se debería sentir incómodo con los trogloditas que hoy manejan Télam. Pero la manejan. Como manejó la economía durante añares el ominoso Guillermo Moreno.
Un viejo dilema se le presenta a todo aquel que quiera entender dónde empiezan y hasta dónde llegan las fronteras del peronismo. Panegiristas explícitos como Artemio López proclaman que “esto es peronismo, el kirchnerismo es peronismo puro”, mientras que un veterano justicialista hoy fuera del poder, como Julio Bárbaro, decía horas antes del domingo pasado que “la Presidenta es la más peronista de todos los candidatos”. El problema es que el peronismo ha subsistido y proliferado durante seis décadas retozando sin problemas en las confusiones interpretativas más agudas. Como si fuera una cosmogonía eternamente sacudida por polémicas similares a las de la hermenéutica bíblica, siempre cruzadas por la portación de “la verdad” que algunos se adjudican, en el nombre del peronismo se acuestan en el mismo lecho las afirmaciones más encontradas.
Pide ahora cordialidad, generosidad, grandeza y concordia una Presidenta recubierta del terciopelo inefable del amor popular, pero ¿por qué habría que creerle? Seamos explícitamente positivos e imitemos a los siempre transigentes empresarios que ahora exhiben entusiasmo y fe por un gobierno que se cansó de “ordenarlos”. Digamos que sí, que tras el 54% imponente del 23-X, esta Presidenta, que se reconoció compañera militante de Hugo Chávez y Muamar Kadafi y ahora cuenta las horas para su primera bilateral a solas con Barack Obama, ha resuelto imitar a ese Perón abrazado en 1972 con Ricardo Balbín en su casa de la calle Gaspar Campos.
Los gobiernos peronistas que la Argentina sigue prefiriendo contra viento y marea se apoyan en unas tasas de permisividad sorprendentes. ¿Qué precio pagó Menem cuando, tras su llegada a la Casa Rosada, proclamó que su programa electoral de 1989 era sólo un chiste, porque “si hubiera anunciado lo que haría desde el Gobierno no me hubieran votado”? Tampoco pagan precios los panegiristas de hoy. Leamos las palabras del condecorado Horacio Verbitsky: “Algunos partidarios de Kirchner evocan que fue perejil de la Juventud Peronista, como si los alineamientos de treinta años atrás pudieran decir algo significativo sobre el presente. Prefieren no recordar el rol decisivo que tuvo en la década pasada para asegurar la privatización de YPF, cuando fletó el avión de la Gobernación santacruceña para asegurar que uno de sus diputados, que por un accidente tenía una pierna enyesada, llegara a tiempo a la sesión decisiva. Con las regalías atrasadas percibidas, efectuó colocaciones financieras en el exterior, lo cual prueba que no se quedó en el 70. Sus simpatizantes tampoco mencionan el lobby sobre el Gobierno nacional que Kirchner encabezó hace un año. (…) Fue el vocero de Repsol contra las retenciones a las exportaciones de hidrocarburos decididas en aplicación de la ley de emergencia económica. Ni siquiera los gobiernos liberales de México y Chile enajenaron la renta minera en forma tan irresponsable”. Lo escribió en el diario Página/12, el 12 de enero de 2003, o sea en la prehistoria. Ese diario de hoy no es el de hace ocho años.
Quien firmó esas líneas permanece hoy en la liza, ardoroso defensor de los gobiernos a cuyos mentores escarnecía sin medios tonos. De modo que si, como acaba de enseñar Luis Alberto Romero, “el peronismo se funda en el principio de la jefatura, que circula sin solución de continuidad entre el movimiento, el gobierno y el Estado”, el futuro es imprevisible.
* Especial para Perfil