5 abril, 2025

La Presidenta da señales de prudencia. Romance sin “relaciones carnales” con Obama y reproches a Boudou.
Con el fusil en la mano y Evita en el corazón. Eran tiempos de leer a Fanon, Cooke, Hernández Arregui y de discutir la revolución, ginebra de por medio y con un proletario “Particulares” verde entre los dedos. Eran tiempos de burlarse de los “reformistas” del PC (Partido Comunista y no Personal Computer) que rechazaban la lucha armada. “Mujeres son las nuestras/mujeres montoneras/ las demás están de muestra”, cantaban en las asambleas encendidas de La Plata. La JUP (Juventud Universitaria Peronista) en la que se forjó ideológicamente Cristina se destacaba, entre otras cosas, por su “creatividad” a la hora de inventar consignas: “Perón/ Evita/ la patria socialista”; “Vamos a hacer la patria peronista/ Vamos a hacerla montonera y socialista” o aquella célebre utopía anticapitalista de: “Qué lindo que va a ser/ el hospital de niños/ en el Sheraton hotel”. Probablemente, la presidenta reelecta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, se vio a sí misma, por un instante, en el espejo de aquella bellísima joven combativa. Fue en el corazón del poder mundial, en el G20, en una ciudad ultrasofisticada de impronta cinematográfica como Cannes, en plena Riviera francesa y delante de poderosos empresarios que, se supone, son el motor principal del sistema capitalista. Un relámpago nostálgico atravesó sus neuronas y dijo algo así como “quién lo hubiera imaginado en mis días de militancia universitaria”. Es que propuso sin eufemismos “volver al capitalismo en serio porque sin consumo no hay capitalismo”.
Los mandó a releer los textos de Adam Smith, David Ricardo, Keynes y se animó a recomendar a los más de izquierda que revisaran a Marx. Aquí no hubo lugar para Hernández Arregui.
Los dueños y presidentes de grandes empresas argentinas y extranjeras la miraban asombrados por la vehemencia estudiantil y descarnada con que atacaba al mundo de la especulación financiera y defendía los porotos (de soja) argentinos. No se privó de chicanear al ministro francés, que bajo el paraguas de la “Seguridad Alimentaria” propuso poner límites a los precios de las commodities. “El problema está en el sistema financiero y no en los granos”, dijo. Le saltó a la yugular y le sugirió que se podría hacer lo mismo con el tema de patentes medicinales porque los pueblos se podían morir de hambre, pero también por falta de remedios adecuados.
Todo el tiempo mantuvo firme su convicción de que hay que dejar de inyectar fondos para salvar a los que ganan fortunas en las timbas de las bolsas desde una computadora y, por el contrario, financiar a los que producen alimentos y servicios. Apostó todo a la economía real. Aquí, en el sur tercermundista, el modelo de dólar barato y festival de subsidios discrecionales empezaba a mostrar algunas grietas preocupantes. Amado Boudou escuchó por primera vez los gritos de reproche de la compañera Presidenta.
La recomposición del romance sin relaciones carnales con Barack Obama fue en el mismo sentido. Hubo un rosario de halagos y gestos del presidente norteamericano hacia Cristina. Con la promesa de teléfono abierto sin intermediarios. Fue la versión mejorada y en colores de aquella vieja película en la que Néstor Kirchner puso su mano sobre la rodilla de George Bush y le dijo que no se preocupara, que ellos “no eran de izquierda, que eran sólo peronistas”. Era como recordar el genio del gordo Osvaldo Soriano, que le hizo decir a un personaje de No habrá más penas ni olvido: “Yo nunca me metí en política, fui peronista toda mi vida”. La verdad es que Cristina nunca se hizo la “clasista”, como la imaginan sus seguidores con más dogmas y menos votos.
Ella misma lo planteó hace poco cuando recordó que “yo nunca fui revolucionaria” y lo reafirmó con su fe capitalista en Cannes y con el pulgar para abajo que le puso al debate parlamentario sobre la legalización del aborto. En 1997, pidió que no la caracterizaran como progresista ni disidente del PJ y se rió irónicamente al negar casi como “una antigüedad, una herejía” que se la considerara “parte del ala izquierda del peronismo”. “Somos una alternativa generacional y un espacio postmenemista”, dijo y , en ese entonces, hace 14 años ratificó que “se puede regular a las empresas monopólicas sin volver al ’45”.
Se está produciendo una suerte de viraje hacia el centro, un ataque de responsabilidad de Cristina que, por suerte, no niega los agujeros del modelo como los negaba antes, sino que puso manos a la obra para repararlos. Esta Cristina más “prudente” que busca volver al equilibrio de las cuentas públicas contagia a todo el gabinete. El virus conservador se le nota más al ministro de Trabajo, Carlos Tomada. Pese a que Cristina manifestó que “no es neutral” y está a favor de los trabajadores, Tomada fue casi vocero de las patronales respecto de la “ley para repartir las ganancias empresarias”. “Que sea en la discusión de las paritarias y no en el Congreso”, planteó reculando en chancletas. Ni siquiera se atrevió a homologar el aumento del 37% que Gerónimo Venegas consiguió para los peones rurales. ¿Qué está pasando?
Hace poco más de un año, el ex presidente Kirchner se mofaba de los opositores que pedían racionalidad en los aumentos y les decía “que no tuvieran miedo de poner un pesito más en el bolsillo de los trabajadores”. Y antes de las elecciones, el kirchnerismo orgánico se cansó de acusar a Venegas de fomentar el trabajo esclavo y de ser cómplice de la explotación de los trabajadores rurales. Y ahora no quieren autorizar un aumento que apenas corrige algunas injusticias, pero que no se acerca a la reforma agraria. ¿Qué pasa? ¿Cuál es la verdadera ideología de Cristina?
Los empresarios vienen celebrando todas sus últimas medidas y los trabajadores tragando algunos sapos. Salvo Gerardo Martínez, el jefe de los albañiles que vive como un millonario, que es el más propatronal de todos los gremialistas y que no supo, no quiso o no pudo explicar las acusaciones de algunos delegados sobre su rol como espía del Batallón de Inteligencia 601 durante los tiempos más crueles del terrorismo de Estado. Sin embargo, Gerardo paseó por las alfombras rojas del poder del G20 del brazo de Cristina y Tomada.
Soplan nuevos vientos en el mundo. En el final del siglo XX, los ladrillos del muro de Berlín aplastaron un sistema sin libertad y con el Estado como Gran Hermano. Y en el comienzo del siglo XXI, las paredes del banco Lehman Brothers hirieron de muerte lo financiero como verdad revelada y la codicia incapaz de ofrecer bienestar a los pueblos. ¿Hoy, Cristina está más cerca de Obama que de Chávez? ¿ O de Gildo Insfrán que de Hebe de Bonafini? Una sola palabra puede cambiar todo. ¿La idea era profundizar o moderar el modelo?
* Especial para Perfil

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