15 mayo, 2021

Calladismo oficial

En medio de las tensiones económicas, nadie del Gobierno habla. Y, menos, critica. El rol periodístico.
El comandante sandinista Tomás Borge solía decir que a los amigos hay que criticarlos de frente y elogiarlos de espaldas. El ex guerrillero es un experto en el arte de la conducción política y militar, que es la manera más filosa de mezclar debate horizontal con disciplina vertical. Borge estaba obsesionado en su lucha contra los obsecuentes y los traidores, a quienes consideraba dos caras de la misma moneda. Respecto de la relación tan flexible que los hombres nicaragüenses suelen establecer con las mujeres tenía una definición bien del realismo mágico latinoamericano: “Yo no soy fiel porque fieles son los perros. Soy leal, que es otra cosa”. Valoraba al que le decía una verdad aunque le doliera y despreciaba al que le mentía para chuparle las medias.
No es el caso de los Kirchner. Ni Néstor en vida ni Cristina reelecta fomentaron la crítica constructiva puertas adentro. Valoraron los gestos de rebeldía en sus espejos. Pero no en la actitud de los demás. Prefieren, públicamente, subordinados y valerosos militantes antes que cuadros capaces de cuestionar sus decisiones. La excepción a la regla apareció cuando la Presidenta pisó el legendario Teatro Maipo. Habló maravillas de las esculturales Nélidas (Roca y Lobato) y las caracterizó como “minones”. No faltó el que desde la hinchada le gritó: “Vos sos más linda”. Ella, que efectivamente es una mujer bella, contestó con una clase de política: “Che, déjense de embromar, que me quieran es una cosa, pero que me mientan es otra”.
El buen liderazgo, el que se prolonga en la historia, no se construye sobre la base del “si-cristinismo”. Y mucho menos generando temor en sus colaboradores. El respeto se gana con audacia, seguridad en sí misma, amplitud, serenidad y ecuanimidad a la hora de gobernar. Nunca con la amenaza de una Siberia adonde van a parar los disidentes como Alberto Fernández, Julio Bárbaro o Miguel Bonasso, entre otros, aunque hayan sido del grupo Calafate de la primera hora. De hecho, los Kirchner construyeron sus exitosas carreras políticas enfrentando al verticalismo. Hasta huyeron de Montoneros cuando olfatearon el militarismo suicida que se venía. Quedaron en los títulos de los diarios las declaraciones de la senadora Cristina cuando dijo: “Yo no soy la recluta Fernández para acatar órdenes”. Fue expulsada del bloque peronista por no subordinarse, aunque ella siempre sospechó que fue para sacarse testigos incómodos de encima. Eran tiempos de la megacorrupción conocida popularmente como “ley Banelco”, que en los próximos días se va a ventilar en tribunales y que inició el final del gobierno de Fernando de la Rúa.
La mayoría de los funcionarios están hoy callados. Acatando, otorgando. Hasta el mismísimo Aníbal Fernández apagó su locuacidad habitual. Cuesta conseguir ministros y funcionarios que hablen. Y eso que tienen casi 12 millones de votos y un triunfo histórico para sacar pecho. ¿Les agarró un ataque de pánico por un posible castigo de Cristina a la hora de armar el próximo gabinete y ordenar las autoridades de ambas cámaras legislativas y de los bloques? No dicen nada para no meter la pata. Quieren hacer buena letra por las dudas.
El secretario de Cultura de la Nación, Jorge Coscia, en un encuentro con intelectuales del palo como Ernesto Laclau, dijo que “el consenso absoluto no es más ni menos que una utopía reaccionaria y el conflicto es nuestra herramienta de combate contra eso”. Fomenta un debate hacia fuera. Pero, puertas adentro, el kirchnerismo no debate. Hasta algún ex funcionario perdió el encanto y dejó de ir a Carta Abierta porque la discusión es demasiado monitoreada y moderada. Entre los periodistas militantes aparecen dos grupos. Los lúcidos analistas políticos no fanatizados, como Mario Wainfeld o Hernán Brienza, que defienden rumbos estratégicos pero que son capaces de marcar respetuosas diferencias o aportar miradas desde otro lugar que siempre ayudan a equivocarse menos. Dicen que en esos textos es donde más abreva conceptualmente la Presidenta. Pero hay ministros sin cartera que se han convertido en vehículo de la información de los servicios o de otros organismos que manejan información sensible como la AFIP. Son operadores todo terreno. Abusan del periodismo y lo convierten en una trinchera de sus propias ambiciones. Peores son los escrachadores mediáticos que defienden las prebendas del triple empleo estatal. Son como barrabravas cuya única misión es insultar al rival y festejar hasta los córner del equipo de Cristina. Ultimamente operan contra periodistas a los que nadie podría caracterizar como destituyentes de derecha, como Pablo Marchetti, el director del semanario satírico Barcelona. Unos se meten con su vida personal y otros dicen que fue demasiado lejos con títulos como: “Revelan que a un año de la muerte de Néstor Kirchner lo único que no está a su nombre son las cuentas en Suiza”.
¿Le sirve a la Presidenta un amigopolio que es incapaz de plantear el mínimo matiz, la más razonable de las críticas? ¿O además de gobernar casi en soledad debe descubrir ella sola los posibles errores o fisuras del modelo? ¿Algún paraperiodista le advirtió a la jefa de Estado que el dólar se viene fugando masivamente hace mucho? ¿Alguien se atrevió desde los medios adictos a reconocer que el festival de subsidios discrecionales y opacos era una bola de nieve que podía perjudicar al Gobierno? ¿Tuvo alguno el coraje social o periodístico de reconocer que la mentira del Indec tiene patas cortas como todas las mentiras? Hasta el propio Eduardo Basualdo, de la CTA oficialista, marcó que la pobreza es del 21,2% y no del 8,3% como malversa el Indec desde el desembarco patotero de Guillermo Moreno. Es decir que se ocultan más de 6 millones de pobres. Ningún escriba marcó las diferencias entre la autonomía patriótica frente a las injerencias de los EE.UU. y el infantilismo papelonero de un canciller como Héctor Timerman operando con sus tenazas en el avión que había enviado Barack Obama.
Los periodistas a secas fueron planteando estas y otras dudas. Marcaron algunas de esas luces amarillas sobre el tablero del oficialismo. Tal vez Cristina pudo ver esas turbulencias económicas porque el periodismo que mantiene la mirada crítica lo planteó. Por lo pronto, siempre es bueno que en una democracia cada uno juegue su rol. Y el del periodismo es iluminar las sombras. Para gacetillas de autoelogio están las secretarías de prensa y la propaganda oficial. El periodismo crítico no conspira. El que palmea la espalda del Gobierno y salta por un bizcocho no ayuda. En un elogio a la rebeldía, Bárbaro dijo que “traidor es el que ve un error y lo calla por temor”. El periodismo que sirve no es servil. La peor opinión es el silencio, decía como consigna el gremio de prensa. No hay que confundir lealtad con fidelidad. Y alguna vez atreverse a criticar de frente, como pedía Borge a sus amigos.
* Especial para Perfil

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