3 marzo, 2021

Cristina oscila entre dar la mano y retener el puñal

El gobierno de Cristina Kirchner acaba de dar dos señales contradictorias. Sus navegantes en el pantano del dólar , Mercedes Marcó del Pont y Ricardo Echegaray, han venido insistiendo con medidas intervencionistas que, lejos de aplacar la sed del mercado por la divisa norteamericana, sólo han conseguido exacerbarla. Este empecinamiento vino acompañado por nuevos ataques del "periodismo militante" que, apoyado en el "núcleo duro" kirchnerista, acusó de "terrorismo económico" al periodismo profesional por seguir atento, como es su deber, al drenaje de divisas que estamos sufriendo. A esta tendencia que parece prolongar bajo Cristina Kirchner la agresividad que había caracterizado a Néstor Kirchner, parece moderarla, empero, un síntoma opuesto que se manifestó en el acuerdo entre la Presidenta y Mauricio Macri en el Consejo de la Magistratura, a resultas del cual se nombrarán cuatro nuevos jueces federales en la Capital ya no mediante el criterio "hegemónico" habitual del kirchnerismo sino mediante un criterio "equilibrado".
Cristina vacila, por lo visto, entre retener el clásico puñal de Néstor y ofrecer, al contrario, su propia mano. ¿Por cuál de estas dos opciones se inclinará finalmente? Ambas actitudes tienen sus raíces en la historia. Cuando en Roma nació la costumbre de dar la mano al antiguo rival, quien la inauguró asumió un serio riesgo porque la mano abierta traía consigo la señal de que su portador ya no blandía la espada creando, así, el peligro de que su rival le diera muerte de inmediato. Sólo en caso contrario, si a la mano abierta la acompañaba la otra mano, sobrevendría la amistad.
Sobre este gesto bilateral, tantas veces repetido en la historia, se fundó entre nosotros una tendencia orientada al acuerdismo a partir, sobre todo, del Acuerdo de San Nicolás de 1852 entre unitarios y federales, que nos dio ochenta años de concordia política, orden institucional e incomparable progreso económico hasta el fatídico golpe de 1930.
Los discípulos de Mani
La tendencia contraria a todo acuerdo también ha sido llamada maniqueísmo porque el pensador que la fundó fue el monje Mani, en el siglo III de nuestra era. Continuador del dualismo persa y de su fundador Zoroastro, Mani imaginó la historia como la lucha incesante entre el Bien y el Mal, cometiendo la herejía de sugerir que no hay uno sino dos dioses, uno al que llamamos Dios y otro al que llamamos Demonio. De aquél provenían todas las bondades de este mundo, en tanto que éste instigaba todas sus maldades. Mani fue quemado en la hoguera pero su escuela ha llegado hasta nosotros, anidando en la mente de todos aquellos que, frente al enemigo, sienten el deber moral de aniquilarlo.
Desde las luchas sangrientas entre unitarios y federales, nuestro país ha ofrecido un campo fértil al maniqueísmo. Una y otra vez, no sólo los unitarios y los federales quemaron incienso ante la imagen de Mani. También lo hicieron en sus tiempos de intolerancia los conservadores y los radicales así como los peronistas y los antiperonistas y, en la peor confrontación de todas, los Montoneros y los militares. Para los maniqueos de todas las confesiones, la lucha política es una guerra sin cuartel entre los buenos -"nosotros"- y los malos -"ellos"-. Hasta el sabio abrazo de los viejos Perón y Balbín resultó impotente para disuadirlos.
Hay que reconocerle a Néstor Kirchner que no apeló a la lucha sangrienta, pero aun así es imposible no ligarlo a la tradición de Mani. A ella sirven todavía aquellos que acusan hoy al periodismo profesional de "terrorismo económico". A ella pertenecía también la propia Cristina Kirchner cuando interpretaba la historia argentina como una lucha crucial entre el Bien, encarnado únicamente por su gobierno en nuestros doscientos años de vida, y el Mal, que recibió sucesivos nombres: el "neoliberalismo", los "grupos concentrados", los "piquetes de la abundancia" del campo y, en general, toda oposición a la patria justa y soberana que ella decía andar buscando.
Pero si Néstor Kirchner encarnó la versión más reciente de nuestros maniqueos, ¿ha empezado a encarnar su sucesora, a partir del entendimiento con Mauricio Macri, el espíritu del acuerdo? Si la respuesta a esta pregunta fuera positiva, de Néstor a Cristina estaríamos asistiendo nada menos que a la inauguración de un nuevo ciclo político destinado a superar el ciclo maniqueo de 2003 a 2011.
¿Vuelve la concordia?
A la inversa de Cristina, que proviene del maniqueísmo, Macri, el único rival de fuste que le queda, se vinculó de entrada con la tradición acuerdista, como lo prueban ahora no sólo su convergencia con Cristina sobre los nuevos jueces federales de la Capital, inspirada por Federico Pinedo, sino también su apuesta de que habrá, al fin, otra coincidencia con la Presidenta en el delicado asunto sobre cómo se repartirán los costos económicos y políticos de la supresión de los subsidios a los subterráneos. Si trasladáramos esta aproximación más allá de estos casos puntuales, ¿estaría prohibido pensar que Cristina y Mauricio podrían representar, de cara al futuro, la creación de un bipartidismo benevolente?
Macri ya ha aceptado esta nueva configuración política que podría alinear a la otrora confrontativa política argentina con los ejemplos egregios de los países que nos rodean. Quedan, sin embargo, dos obstáculos para esta manera esperanzada de pensar. Uno de ellos es la impresión que aún pueden ejercer sobre Cristina sus propias huestes radicalizadas, a comenzar por La Cámpora y a seguir por la influencia que quiere mantener en su entorno el ideólogo Ernesto Laclau.
El segundo obstáculo quizá resida entre las huestes del propio no kirchnerismo. Mientras Kirchner encabezaba la ofensiva más reciente del maniqueísmo, a la oposición le fue fácil, casi inevitable, moverse en dirección de un antikirchnerismo tan absoluto como él. La muerte del ex presidente la dejó, sin embargo, sin enemigo. De ahí su tentación de oponer al kirchnerismo, simplemente, un maniqueísmo de signo contrario. La posibilidad de que Cristina empiece a encarnar a partir de ahora no ya una lucha a muerte sino una contraposición moderada con los que no piensan como ella, que ya abrazó el macrismo, ¿podría extenderse también a las demás expresiones de la oposición como, por ejemplo, el radicalismo, o todavía subsistiría entre nosotros, pese a la "deserción" de Macri y de Pinedo, un maniqueísmo ya no sólo "antikirchnerista" sino además "anticristinista"?
La convergencia eventual entre cristinistas y no cristinistas en dirección de una Argentina tolerante depende de dos factores. Uno, que Cristina complete el cambio de espíritu que por ahora sólo ha insinuado, un cambio que sería lógico para el caso de una candidata que acaba de triunfar casi sin oposición. El otro, que el anterior antikirchnerismo ceda su lugar a un "no cristinismo". De un lado y del otro, se nos dirá, no será fácil esta doble conversión que, si bien prometería liberarnos de un pasado de enconos, tendría que superar, para lograrlo, a la poderosa inercia maniquea. El hecho de que Cristina haya ganado como ganó el 23 de octubre, ¿no podría computarse como un factor favorable a una Argentina acuerdista? ¿Les queda algún argumento a los menguantes voceros del maniqueísmo? Para un pensamiento racional, no. Esto, ya lo sabemos. Pero también sabemos que la intolerancia, que ya ha envenenado largas porciones de nuestra historia, tiene, como las malezas, la inquietante capacidad de sobrevivir contra viento y marea..
* Especial para La Nacion

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