24 febrero, 2021

Para el que no sabe adónde va, no hay vientos favorables

De un lado, con las elecciones del 23 de octubre, la Presidenta ha obtenido un poder incontrastable, sólo comparable en la Argentina moderna al que tuvo Juan Domingo Perón. Del otro lado, Cristina no ha dado hasta ahora ninguna señal definida acerca de lo que piensa hacer con su inmenso capital político. Esta es la paradoja entre el poder y el saber que revolotea sobre todos los argentinos. ¿Podría ser que, abrumada por el impacto de su espectacular victoria, a Cristina aún le cueste asimilarla? Si el contraste entre el poder y el saber qué hacer con él se prolongara ad infinítum , a la Presidenta se le podría aplicar esta célebre frase del filósofo estoico Lucio Séneca (4 a.C. – 65 d.C.): "Para el navegante que no sabe adónde va, nunca hay vientos favorables". Pero esto no tiene por qué ser así, porque la Presidenta, al acumular más de la mitad de los votos, ha demostrado una gran habilidad política, mayor aún que la de Néstor Kirchner, cuyo caudal electoral nunca sobrepasó el 30 por ciento. A la vista de las medidas contradictorias que ella ha auspiciado hasta ahora, ¿no podría afirmarse entonces que sólo estamos asistiendo a las "dudas transitorias" de Cristina sobre el destino que le dará a su preeminencia, dudas que, con el tiempo, se irán aclarando?
Pero estas "dudas" que podrían adjudicarse a Cristina, ¿son "de ella" o sólo son "de nosotros", los que la estamos observando? Esta pregunta es válida porque, como acaba de observarlo Beatriz Sarlo en La Nacion de anteayer en un artículo titulado "El secreto del poder" , la Presidenta ha hecho del secreto un arma que vino a reforzar aún más el poder adquirido en las elecciones. Aun cuando Cristina ya sepa lo que va a hacer con su inmenso poder, ¿quiénes lo saben fuera de ella? ¿Quiénes son, si los hay, los receptores de sus confidencias?
Contradicciones
Desde hace un mes, cuando ganó las elecciones, la Presidenta ha amparado tres grandes decisiones. Una, el intento de controlar coactivamente el mercado de cambios. Otra, el sostén de la conducción actual de Aerolíneas Argentinas. La tercera, la revisión "hacia abajo" de los subsidios estatales. Lo que dificulta aún más las conjeturas que se tejen en torno de estas decisiones es que son contradictorias entre sí. Cada decisión del Estado puede ser, en este sentido, racional o irracional y, también, popular o impopular . La decisión de llevar el intervencionismo oficial hasta el extremo en el mercado de cambios es, a la vez, irracional e impopular. Si entendemos por "racional" aquella conducta que concilia los medios que se utilizan con el fin buscado, pretender "vencer" la inclinación por el dólar como moneda de reserva que sigue reinando sobre el comportamiento ancestral de los argentinos mediante una sucesión de medidas aparatosas que tarde o temprano probarán ser inviables, aquí nos hallaríamos ante una contundente demostración de irracionalidad. Si tenemos en cuenta además que esta política es capaz de perturbar los hábitos adquiridos de miles y miles de ahorristas, este despliegue casi ingenuo de voluntarismo terminaría por ser impopular.
La decisión de sostener a todo trance la desastrosa conducción actual de Aerolíneas Argentinas nada más que porque sobre ella se han posado Mariano Recalde y los jóvenes de La Cámpora también resultaría, de mantenerse, irracional e impopular. Sería irracional porque, como lo demostró la gestión impecable de Juan Carlos Pellegrini de 1973 a 1983, cuando Aerolíneas Argentinas andaba como un reloj, sólo un acendrado espíritu profesional puede estar a la altura de lo que hoy requiere una línea aérea internacional. Y sería asimismo impopular si prolongara los múltiples inconvenientes que ya está causando al sufrido público que se congrega en nuestros aeropuertos.
En cuanto a la decisión de rectificar la política de subsidios, que también está en camino, ella parece al contrario racional y, hasta ahora, popular. Es racional porque el Estado ya no está en condiciones de subsidiarlo todo sin discriminar severamente entre aquellos subsidios que necesitan sostenerse por razones sociales y aquellos otros que respondían a un voluntarismo insostenible. Y decimos que esta línea de acción es "hasta ahora" popular por cuanto, al concentrarse al principio sólo en los grandes contribuyentes, resulta aceptable para la sociedad pero, si se llegara a prolongar y profundizar mucho más hasta afectar a la clase media de la cual dependió la victoria del 23 de octubre, podría perturbar su apoyo al Gobierno. Si al contrario, por mantener la popularidad, la reducción de los subsidios se concentrara sólo en los grandes contribuyentes, esta concentración de los recortes ya no sería racional por cuanto es falsa la impresión de que éstos pueden sostener sólo sobre sus hombros el inmenso gasto público de la era kirchnerista, que es uno de nuestros problemas de fondo.
¿Boudou o Moreno?
Si la intención de Cristina era ganar las elecciones del 23 de octubre, esta intención demostró ser políticamente racional porque ella logró lo que buscaba, pero la decisión de prolongarla hacia el futuro se convertiría en económicamente irracional porque los recursos del Estado ya no podrían sostenerla. Dicho de otro modo: si tirar la casa por la ventana como se lo hizo hasta el 23 de octubre tuvo un sentido al menos en el corto plazo, de ahora en adelante el Estado necesitará ajustar su política económica para volverla sustentable en el largo plazo. Ni el "apriete" a los ahorristas en dólares ni la agonía de Aerolíneas Argentinas responden a esta nueva lógica "poselectoral". Sí podrían hacerlo, en cambio, el ajuste de los subsidios y otras medidas concordantes. Si la Presidenta apuntara en este sentido, lo que podría aconsejarle un asesor razonable sería que buscara una diagonal entre la racionalidad y la popularidad. En esta búsqueda tendría que aceptar algún costo electoral, pero éste sería tolerable si se piensa que Cristina tiene por delante nada menos que un mandato de cuatro años.
¿Hay entonces para ella una opción entre la irracionalidad militante de un Guillermo Moreno y la incipiente racionalidad que se atribuye a Amado Boudou? ¿Hay tensión entre un equipo "fanático" de gobierno, que encarnarían Moreno, Ricardo Echegaray y Mercedes Marcó del Pont, y otro equipo "razonable", que encarnarían Boudou y Julio De Vido?
La dificultad para responder a esta pregunta reside en esta otra: ¿alguien se anima hoy a aconsejar a Cristina, o a todo lo que aspiran quienes la rodean es a complacerla, ya que ella y solamente ella es quien tiene el poder? ¿En quién puede confiar, por otra parte, la Presidenta? ¿Sólo en sus hijos y, en particular, en Máximo? ¿O puede alguien, ya se llame Boudou, Moreno o un tercero, penetrar el círculo de su presunta desconfianza? Una presunta desconfianza que es explicable, además, porque ella, al haber ganado sola, también se ha quedado sola en la cima del poder, sin consejeros ni ministros que merezcan el nombre de tales.
Por sus frutos, en definitiva, la conoceremos. Su problema será pasar de la "racionalidad política" que ya demostró a la "racionalidad económica" que necesitará para recorrer la etapa que se avecina. Quizá la mejor decisión sería, para ella y para nosotros, que el 10 de diciembre designara a un verdadero ministro de Economía, como lo fue Roberto Lavagna en los primeros años de Néstor Kirchner, que podría ayudarla a atravesar con un mínimo costo político la fase de transición que ahora se inicia. ¿Lo encontrará la Presidenta? Es más: ¿querrá encontrarlo?.
* Especial para La Nación

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