25 febrero, 2021

La próxima jugada

La Presidenta apuesta al misterio con el gabinete y planea apurar leyes económicas. Moyano y la caja.
Nadie sabe nada. Ella no cuenta o, si cuenta, el beneficiario informativo juró secreto de confesión. Por lo tanto, nadie sabe nada. ¿Habrá más ministerios, quién irá a Economía o a la jefatura de Gabinete? ¿Viene la hegemonía de Guillermo Moreno o la de Julio De Vido, acaso la de Carlos Zannini? ¿O son ellos simples fichas del Monopoly de Cristina? Conjeturas e indicios con los que el periodismo, uno mismo, abruma a lectores desde hace varios meses. El misterio viene de antaño (enseñanza del marido), de lejos (costumbre santacruceña) o, en verdad, se justifica porque constituye una medida –para Ella– del dominio del poder. Transitorio, como su mismo ejercicio. Pero ni los propios o más cercanos se arriesgan a un juicio, temen aventurarse o que les reprochen infidelidad. Mientras, alguno, hijo de esa ignorancia, ameniza el momento con esta observación humorística: “Antes, nos enterábamos de algún dato porque Ella se lo contaba a El y, El, de vez cuando, dejaba correr esa información entre nosotros. Ahora, en cambio, se supone que Ella –en más de un caso– decide según lo que El habría pensado, como si existiera un diálogo virtual entre ellos. Pero, claro, a nosotros ya no nos llega lo que El hubiera dejado trascender”.
Más allá de estos juegos de palabras, del secreto reinante, se sabe de voluntad expresa por apresurar en el Congreso –apenas reasuma Cristina– una lista de leyes económicas demoradas y ya convencionales: el impuesto al cheque, la emergencia económica o el Presupuesto (dicen que Carlos Reutemann votaría en contra).
Poco se conoce de nombres, medidas o instrumentos. Más bien se advierten, en cambio, tendencias. Por ejemplo, el avance sobre la estructura gremial o, si se lo desea interpretar de otra manera, el freno a determinadas pretensiones sindicales. El idilio del pasado ingresó al capítulo de ruptura, como lo señalaría cualquier revista del corazón. Inclusive, como es público, hasta se juega a las escondidas en esa irritable relación, sobre todo, con el jefe de la CGT, Hugo Moyano.
Nadie hubiera imaginado a Moyano fugándose de un acto de la UIA con otro presidente en la Casa Rosada. Huyó temeroso, tal vez, por no atravesar una crítica en público. Imposible responderle a una mujer, podría ser su excusa. Aunque no le cabe: se peleó con la Bullrich, con Carrió, con alguna añeja del sindicalismo; no lo asustan las damas. Por lo tanto, el vodevil escandaloso entre él y otro mandatario podría ser imaginable con Alfonsín, Binner, eventualmente con Duhalde. No con Cristina, hoy dispuesta a enterrarse en el barro para intervenir gremios, limitar la actividad de pilotos y navegantes, congelar aumentos de salarios (caso Uatre) o señalar un “no pasarán” sobre futuras exigencias sindicales. Le cuesta, por esta acción, recoger simpatías populares. Es que su ofensiva también implica defender ciudadelas poco queridas: la administración inexperta y costosa de Aerolíneas Argentinas en manos de los imberbes de La Cámpora o la amenaza de quita de ingresos en tiempos revulsivos y cuando los peones rurales cobran sueldos sideralmente inferiores a los camioneros. Balances aparte, lo cierto es que el terreno está minado, aunque a Moyano le dijeron –luego del episodio de la UIA– que si se hubiera quedado en la reunión empresarial, Ella lo habría tratado mejor que a Boudou. Ni esas promesas para el futuro tientan al gremialista: ha decidido escurrirse, supone que puede haber peligro hasta en un saludo público.
También se ha apartado de la política tradicional, renunció a predicar en el PJ bonaerense o nacional, sólo habla de gremialismo (cada vez mejor porque incorporó docentes que lo asisten en materia actoral). Recurre al peronismo sólo si hay un aniversario, no publicita su vínculo y acuerdo con Daniel Scioli y hasta, curiosamente, se ha olvidado de la reprimenda diaria o semanal que le propinaba al grupo Clarín. Es un cambio. Notorio. Al mismo tiempo, las viejas rencillas con otros dirigentes y agrupaciones también se han disipado: los Gordos ya no piden su remoción, se tranquilizaron con algún sedante, Luis Barrionuevo abandonó la burla constante, no lo ataca más –aunque cada tanto se cruzan con violencia sus respectivos adeptos– y parecen todos convencidos de una misma apreciación general: mejor estar juntos, convivir, agruparse, a ver si nos vienen a buscar de a uno, como en los setenta. Para colmo de novedades conciliatorias, Moyano hasta compartirá un acto esta semana con Hugo Yasky, de su eterna enemiga, la CTA. Dirán que es para defender a Cristina.
¿Renació el amor entre los interesados gremialistas? Para nada, sólo hablan de protección común, hasta de la defensa del negocio de las obras sociales. Algunos creen que el Gobierno piensa abalanzarse sobre esa caja, cuando en verdad ya dispone y se sirve de esos fondos; en rigor, sólo tendría que consagrar el traspaso del jugoso flujo y, simultáneamente, hacerse cargo de los adheridos al sistema: más de quince millones de almas. Un desafío para administraciones tan poco eficaces como las kirchneristas. No se vaya a creer que este acuerdismo significa una óptima relación del sindicalismo con Moyano. Por el contrario, esa pugna sigue, lo objetan los de afuera por haber repartido fondos sólo con los gremialistas de su entorno, y los de adentro no olvidan su egoísmo cuando en su mayor acto de arrojo entusiasmó a Piumato y a Schmitdh para que renunciaran a sus posibles cargos de diputados porque Cristina los despreció al ubicarlos en lugares perdidos de la lista. Esa sugerencia, instrucción u orden no se la aplicó a su hijo Facundo, quien jurará en la Cámara.
Hay conveniencia con Moyano y poca disposición a los otros dirigentes que la Casa Rosada elige para suplantarlo en la CGT. Ya desecharon a Gerardo Martínez, aunque la mandataria parecía cobijarlo a pesar de su pasado en la SIDE (sólo así habrá que entender que lo recibiera en Cannes, ya que nadie que ella no quiere se le acerca). La imputación sobre la actuación de Martínez en los servicios de Inteligencia no escandaliza a los sindicatos; ya todos conocían esa promiscuidad informativa desde décadas pasadas. Pero la publicidad del dato sirvió para desplazar al representante de la Construcción de cualquier candidatura. Queda, en su lugar, otro que suele seducir a Cristina. Por modales, vestimenta, contemporización perpetua, conocimientos de pintura y cuadros –cierta debilidad artística tiene la Presidenta–, conocido como El Centauro, Andrés Rodríguez, de UPCN. Este hombre puede ganar la confianza oficial, pero no registra la misma unanimidad entre sus colegas sindicales. Por lo tanto, no resultará sencillo ese reemplazo si lo intentan para mediados del año próximo.
Mientras, Moyano se hará lo más difuso posible en la superficie, peleará apenas por una reivindicación salarial o gremial y, eso sí, pondrá los ojos en los movimientos de aquellos jóvenes que responden al hijo de la Presidenta, Máximo, el sponsor de La Cámpora, a quienes les atribuyen el furor para desplazarlo. Para los graciosos moyanistas, Máximo en rigor es Mínimo, capitanea grupos que desprecian el sindicalismo y lo suponen con voluntad de ser entrenado para aspiraciones superiores en los próximos años. Demasiada espera, entienden, cuando en los meses venideros habrá que discutir la caída de la actividad económica, el freno salarial y eventuales despidos. Como se advertirá, no hay guerra. Pero todo el mundo sabe que, cuando hace calor, quiere decir que llegó el verano.
*Especial para Perfil

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