5 abril, 2025

Había una vez un camaleón que dominaba a la perfección la técnica del transformismo. Era el campeón mundial, el cinturón negro de los camaleones, pero tratando de batir un récord de velocidad se pasó de revoluciones y quedó en estado intermitente. Puesto que sus destellos eran fosforescentes ya no servía para disimular, porque lo descubrían todo el tiempo. Terminó contratado para iluminar un arbolito de Navidad en las fiestas que vienen.
En la provincia de Buenos Aires, aún se recuerda el caso de otro camaleón excelente, pero con un estilo diametralmente opuesto al anterior. Era lentísimo para los cambios, pero cuando cambiaba, lo hacía tan bien que era imposible ubicar su silueta en el paisaje. Era un genio, una especie de ¿Dónde está Wally? Una vez pestañeó y lo encontraron. Se le tiraron todos encima. Es como dice la canción: "Si lo busca un sapo, de vista se pierde, anda por el pasto y se viste de verde". El problema es cuando el sapo se aviva. En general, la doble vida de los camaleones es fuente de torturas extraordinarias.
Otra subespecie del orden camaleónico es la de los que cambian porque realmente creen en la causa del cambio. Son tan raros que algunos creen que no existen. Sin embargo, sí existen. Yo conozco un camaleón así. Dice que cambió de colores porque más que el corazón se lo ordenaba la conciencia, pero no vive muy tranquilo, puesto que a cada rato el corazón pide que le dé revancha.
Ya sea que hagan lo suyo por vocación o por conveniencia, a todos los camaleones se los identifica por un factor común: una lengua muy larga. Curiosamente, ya sea antes o después de travestirse, los camaleones hablan como loros. Hay que tener en cuenta que la lengua supera con frecuencia la longitud del cuerpo del camaleón, y que tiene en la punta una sustancia pegajosa que usa para cazar libélulas, mosquitos, moscas y todo tipo de coleópteros.
Para los camaleones que se dedican a la política, esos coleópteros venimos a ser nosotros
* Especial para La Nación

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