Tiempo de revancha
La obediencia ciega en el Congreso, el embate contra Moyano y varias designaciones, claves de una era más que dura.
La lucha feroz por la supremacía política dentro del peronismo ha comenzado a tambor batiente. Eso es lo que se vio en esta primera semana de gestión de la flamante administración de Cristina Fernández de Kirchner. En ese marco, se asistió a la confirmación de un estilo de gestión absolutista. Si alguien albergaba la esperanza de algún cambio, se habrá dado cuenta de su error. Lo ocurrido en el Congreso es la muestra, además, de que el Gobierno ha decidido utilizar su mayoría para emplear la metodología de la imposición. El concepto de consensuar posiciones con la oposición no existe. Los proyectos de ley que se envían desde el Ejecutivo deben ser aprobados sin modificaciones, como si fuera a libro cerrado, generándose así un marco en el que abundan la sobreactuación y la exageración. Allí está, por ejemplo, el proyecto de lucha contra el lavado de dinero que otorga el carácter de terrorista a quien, en medio de una corrida cambiaria, compre dólares. ¿Se lo habrían aplicado a Néstor Kirchner cuando al comienzo de la crisis financiera de 2008 compró US$ 2 millones o cuando, en medio de la crisis de 2001, decidió sacar los fondos de Santa Cruz para depositarlos en el exterior? Para completar esto, está el proyecto de ley de declaración de interés público de la producción de papel de diarios, el cual es un episodio más en la guerra que lleva adelante el Gobierno contra Clarín y La Nación.
Los escenarios sobre los que ha comenzado a desplegarse la lucha por el poder dentro del peronismo son dos: uno dentro de las organizaciones sindicales y el otro en la provincia de Buenos Aires.
La relación de Hugo Moyano con CFK quedó averiada después de aquel acto en el estadio de River, el 15 de octubre de 2010, cuando la Presidenta salió a enmendarle la plana al líder camionero, que había expresado que soñaba con que un trabajador pudiera alcanzar la Presidencia y ella le recordó que trabajaba desde los 18 años. Aquel acto pretendió ser utilizado por Moyano como una plataforma de lanzamiento en la construcción de su propio espacio de poder dentro del peronismo, con la idea de transformarse en algo así como el Lula argentino, anhelo que el “cristinismo” no compartió ni compartirá. Durante la campaña electoral, el secretario general de la CGT vivió como un desaire lo fue la decisión de la jefa de Estado de reducir al mínimo la participación de dirigentes gremiales en las listas de candidatos a legisladores.
El estilo personalista de conducción de la CGT establecido por Moyano tampoco es compartido por Cristina. Ella quiere, en cambio, una conducción dócil y totalmente subordinada al poder político. Esa conducción le daría al Gobierno la posibilidad de llevar adelante lo que aparece como una necesidad imperiosa: la de establecer algún tipo de acuerdo social según el cual los sindicatos moderen las exigencias de aumentos salariales, no superando el 18%, a cambio de que los sectores empresariales se comprometan a realizar un nivel de inversiones imprescindibles para tapar los agujeros negros que comienza a mostrar el así llamado “modelo”. Hoy ese objetivo parece de imposible concreción si es que en la foto se lo debe incluir a Moyano, quien no está dispuesto a pagar los costos políticos de semejante concesión. “Ya lo hizo este año, se bancó palos por todos lados y el Gobierno encima lo castigó”, se queja alguien de la cúpula de la CGT.
Todas esas diferencias se mantuvieron más o menos ocultas durante la campaña. Pero una vez que todo pasó y que Fernández de Kirchner obtuvo un contundente triunfo electoral, ya no hubo necesidad de disimular. La Presidenta siente que esa victoria es suya y que, por ende, nada le debe a Moyano, quien piensa lo contrario. El sabe que la Presidenta lo quiere desplazar de la conducción de la CGT y ella está convencida de que el líder camionero la quiere condicionar.
Moyano ha decidido dar batalla y no piensa dar un paso atrás. Ello habrá de recalentar la interna sindical. Son muchos los dirigentes que no lo quieren a Moyano a quien, entre otras cosas, le echan en cara haber utilizado a la CGT para sus proyectos personales y familiares. A pesar de esto, el secretario general se siente fortalecido tras el acto del jueves. Su discurso no fue casual. “Su dureza fue para todo el Gobierno y cuando dijo que no tiene alma de bufón, se refirió a los ministros”, señala uno de los líderes sindicales que estaba en el palco a su lado. Habrá, pues, búsqueda de acercamientos con los sectores de la CTA que son críticos del Gobierno. Uno de los efectos colaterales de esta batalla puede llegar a manifestarse en el campo de la Justicia. Las causas judiciales son otra espada de Damocles que pesa sobre el líder camionero. Hasta aquí el Gobierno lo protegió. ¿Lo seguirá haciendo?
Estos hechos han abierto una dinámica de curso imprevisible. Moyano siente que las renuncias a sus cargos dentro del PJ de los dirigentes sindicales que lo acompañan lo han fortalecido. ¿Buscará quedarse con las bases del peronismo y aislar al cristinismo? En las horas previas al acto de Huracán, Moyano habló con alguien que supo ser parte de la gestión Kirchner. “Cristina me tiene repodrido”, dijo el líder de la CGT. Más que una conversación, eso fue una larga catarsis al término de la cual el hombre que le prestó la oreja le dio a Moyano tres consejos: que se llamara a silencio por unos días; que por él hablaran Omar Plaini, Juan Carlos Schmid o Julio Piumato; y que no quedara pegado a Luis Barrionuevo.
Una de las preocupaciones de la dirigencia sindical pasa por las obras sociales. Allí se verifica una deuda del Estado de un volumen que hoy las complica. Pero lo que más preocupa son las dudas que surgen acerca de la real posibilidad que tiene hoy de pagarlas. El Tesoro viene sacando plata de cuanto organismo oficial puede. La sospecha de que la próxima caja a tomar sea la de las obras sociales sobrevuela por las mentes de la mayoría de los líderes gremiales. Sin esos fondos el poder sindical se reduciría a la nada. Hay allí dentro focos de corrupción que muy pocas veces fueron investigados a fondo por la Justicia y que buena parte de la dirigencia política protegió y/o estimuló. Hay que recordar que muchos de quienes las denunciaron no la pasaron bien. He ahí, por ejemplo, el caso de Graciela Ocaña durante su gestión en el Ministerio de Salud en aquellos días en que Moyano era un aliado fundamental para el Gobierno. Por eso, a la que echaron fue a ella.
Así, pues, han transcurrido los primeros días de la nueva administración de Fernández de Kirchner. Una gestión llena de promesas de un futuro mejor que hasta ahora está cargada de aires de revancha y reminiscencias del pasado.
* Especial para Perfil