Sólo una pausa en el reality de Cristina
Ya lo decía Marshall McLuhan hace 60 años: "el medio es el mensaje" y en el caso de la presidenta de la Nación esa consideración se le aplica por partida doble: ella es, a la vez, medio y mensaje.
Fue aviesamente malinterpretado Adrián Suar cuando, hace algún tiempo, se le ocurrió decir que la veía como una posible primera figura de sus telenovelas: en verdad fue un sincero halago a sus notables dotes histriónicas.
Guapa, decidida, de perfecta dicción y hablar fluido, con óptima presencia escénica y absoluto dominio de su entorno, la ductil mandataria ya se ha ganado un merecido lugar entre los grandes oradores argentinos.
No tendrá la exuberancia temática y la arrolladora simpatía de Juan Domingo Perón ni la emotividad declamatoria de Ricardo Balbín ni la notable intelectualidad de Arturo Frondizi, pero que se las arregla estupendamente ante el micrófono, es algo que está fuera de toda discusión.
Después de trajinar interminables batallas orales en el Congreso, el ejercicio de la primera magistratura ha sido para ella una suerte de máster en Oxford o en la Sorbona no exento de tensiones que, al principio, se trasuntaban en la postura tensa, la voz crispada y el tic permanente de acomodar los micrófonos.
A medida que la muerte de Néstor Kirchner se aleja en el almanaque, CFK se muestra crecientemente distendida en sus cada vez más frecuentes apariciones públicas.
El luto permanente no atravesó sus piezas oratorias de melancolía y lágrimas. La enérgica y repetitiva reivindicación de logros propios sigue ocupando el primer plano y las advocaciones a "El" son cada vez más esporádicas. Atrincherada tras su contundente 54% en las urnas, Cristina ya se autoabastece.
Más risueña y relajada, dejando a otros los temas conflictivos -obsérvese cómo levantó el acto previsto para el miércoles último por el Día de la Antártida para no tener que hablar de la tragedia de Once-, ya no toca los micrófonos ni se encrespa con los que hacen flamear sus banderas en los actos que preside.
Segura de sí misma, con admirable coordinación de tiempos verbales, número y género, está a años luz de la oralidad pedestre de Néstor.
Tanto avanza la fascinación de CFK con la cámara que, según el Anuario de televisión.com de próxima aparición, 2011 fue el año de mayor cantidad de cadenas nacionales desde 2003 (incluso más que en 2008, cuando hubo 10 por la crisis del campo). Totalizaron 25 y ocuparon 10 horas y 22 minutos de transmisión. Esta semana que pasó, en cambio, no consumió ni un minuto porque prefirió expresar su solidaridad con las víctimas del accidente ferroviario en un escueto comunicado por escrito.
A las cadenas nacionales, se agregan las generosas conexiones diarias (a veces más de una) que le prodigan C5N, CN23 y otras pantallas que la reverencian, tanto cuando inaugura un jardín maternal como algún aliviador pluvial o la ampliación de una bodega, apenas meras excusas para machacar sobre lo que más le importa: las bondades del "modelo".
Siempre dispuesta a sorprender a la audiencia, la estructura del acto tradicional que venía protagonizando CFK hasta ahora -su alocución seguida en vivo por una enfática claque de fervientes convencidos (por lo general, funcionarios y artistas afines)- experimenta últimamente interesantes mutaciones.
La teleconferencia -ella desde un lugar hablando con personas ubicadas en otras localidades- comienza a imponerse como el formato presidencial predilecto en sus comunicaciones directas al pueblo, sin la incómoda intermediación de periodista alguno.
Ocurrente y hasta, por momentos, sorprendentemente simpática, la jefa de Estado se siente cada vez más a gusto en su papel de conductora.
"No necesito locutor. Me presento sola: Soy Cristina, la presidenta de los argentinos", dijo hace unos días, al animar la fiesta por el 135° aniversario del bautismo del lago Argentino.
Eximia en el arte de dialogar a distancia, le apuntó con leve sorna ese día a su muy cuestionado vicepresidente, como lo hace habitualmente con otros funcionarios cuando viene al caso, con envidiable naturalidad.
CFK le brinda mucho de su propia cosecha a la TV, pero también parece impregnada por involuntarias influencias de Susana Giménez (en sus comentarios más frívolos), Mirtha Legrand (en sus cáusticas colaciones) y hasta de Tita Merello (cuando da consejos desde el lugar de "yo ya las viví todas").
El "Buenas tardes a todos y a todas" se ha ganado, por derecho propio, un lugar entre las frases célebres de la tele. Y, obviamente, ya tiene su furcio para el recuerdo (el obrero Antonio, que no era obrero ni Antonio).
Cristina enhebra un acto con el otro y también nos deja fisgonear cuestiones de su vida privada (la operación de tiroides, la escapada a Chapadmalal, el paseo con el perro de su hija por Río Gallegos). Arma en nuestra retina de telespectadores entrenados un reality ininterrumpido donde hay una sola participante, la más importante, la que siempre gana. Se la extrañó en estos días.
* Especial para La Nación