5 abril, 2025

Nueve de cada diez conjeturas sobre el porvenir de la Argentina suelen girar, de manera cada vez más obsesiva, en torno de la ostensible falta de opciones disponibles tras nueve años de gobierno del mismo signo y equipo de gestión. Es también evidente que si ese 46% que el 23 de octubre de 2012 no votó por Cristina Fernández se hubiera concentrado sólo en una opción, en vez de hacerlo en más de tres, muy distinta sería hoy la situación de virtual omnipotencia con la que se maneja el Gobierno.
Es hora ya de dejar de hablar del kirchnerismo como resumen concentrado y único de todas las responsabilidades del páramo actual. No es culpable de haber sacado esa cantidad de votos hace seis meses, como tampoco lo es de que, frente a él, el partido individualmente más grande de la “oposición” se haya ido mimetizando con el oficialismo. La votación de esta semana en la Cámara de Diputados, donde la Unión Cívica Radical apoyó al kirchnerismo para promulgar el traspaso administrativo del transporte público colectivo a la ciudad de Buenos Aires, demuestra cabalmente que en las definiciones estratégicas más sustanciales ese partido está hoy ideológicamente más cerca del Gobierno de lo que muchos de sus dirigentes y afiliados se atreven a admitir.
A la UCR, que en la Capital Federal descendió al piso de su representación histórica, la idea de desbancar al PRO y a Mauricio Macri se le aparece como muy apetitosa. Para el grupo dirigente del radicalismo, que hace seis meses les inyectó sin anestesia a sus abnegados militantes la extravagante y perjudicial alianza con un Francisco de Narváez convertido en “progresista”, Macri es –en cambio– “la derecha” a secas, entelequia de arcaica formulación y sospechosa verosimilitud.
En el caso del traspaso del subte y los colectivos, nuevamente la UCR se prosternó ante el supuesto progresismo oficial, sin siquiera atreverse a la abstención en el Congreso, literalmente confiscada su voluntad y autolimitada a protestar con discursos ante un Poder Ejecutivo que se deshace del subte y los colectivos y se libera de subsidiarlos, pero votando por Cristina Kirchner a la hora de juntar los porotos. Sufragaron a favor de la medida, “en disidencia”, 23 de los 27 diputados del bloque.
Una oscura y densa nube de confusión enturbia gravemente la capacidad de discernimiento de la UCR a tres años de la muerte de Raúl Alfonsín. Abrumados por las iniciativas de un oficialismo en el que parecieran percibir a los realizadores de muchos de sus proyectos programáticos, los radicales están ya en el inexorable rincón de las definiciones decisivas. En este voto en Diputados todo ha sido ganancia para un oficialismo que libra su guerra santa contra el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires después de haberlo definido heladamente como enemigo principal, debidamente bautizado como derecha troglodita y fascistoide. Pero nada logran y de nada les sirve a los radicales haber votado lo que necesitaba Cristina Fernández, sobre todo cuando, incomprensiblemente, muchas de sus espadas principales admitieron explícitamente que lo único que se proponía la Casa Rosada era sacarse de encima el transporte público para asestarle un golpe letal a Macri, cuyo impacto lo sentirá más que nadie el electorado porteño.
Es cierto que la UCR porteña no tiene mucho que perder: en las elecciones de julio de 2011 para diputados de la Ciudad, los radicales sacaron el 2,09% contra 44,95% del macrismo, o sea un voto radical por cada 21 votos para PRO. Comparativamente, en las elecciones locales de mayo de 2000, la Alianza obtuvo casi el 37%. En una ciudad en la que el radicalismo ha quedado desde entonces reducido a una patética pequeñez, no se le ocurre nada mejor que votar en solitario junto al kirchnerismo para tirarles el servicio de transporte por la cabeza a los porteños. Es la ciudad donde la UCR, sola y su alma, logró en las municipales de 1983 más del 54% y donde la Alianza obtuvo en 1999 el 52% para diputados nacionales.
En muchas y muy decisivas cuestiones, quienes conducen u orientan hoy al partido radical se sienten confortables en la galaxia de ese difuso progresismo nacional y popular que encarnan (ellos sí con éxito) los kirchneristas. Cuando apareció en escena una personalidad claramente diferenciada de ese magma ideológico con fuerte peso y un estatismo no demasiado diferenciado del actual gobierno, Ernesto Sanz fue velozmente ridiculizado como representante del “establishment” y hombre de “derecha”. Lo que le sucedió ahora en el Congreso a esta UCR a remolque del kirchnerismo ya se había ensayado en la Casa Rosada, cuando sus autoridades se sentaron en la primera fila de la platea de Cristina para enterarse ahí de cuál sería la política de Malvinas. Hace pocos días, en sesión especial convocada para recordar la invasión del 2 de abril de 1982, los discursos del radicalismo fueron copia fiel de las letanías oficiales. Las palabras del diputado Ricardo Alfonsín fueron asombrosas: “En su momento, condenamos lo que se estaba haciendo, y uno de los dirigentes (sic) de la Unión Cívica Radical fue uno de los pocos que en aquella ocasión, frente al cepo patriótico, se atrevió a decir que era una locura lo que estábamos haciendo los argentinos”. Ese “dirigente” a quien no nombró era su padre, Raúl Alfonsín, la enorme figura que en 1982 se diferenció claramente de lo que su hijo describe hoy como “locura”, aun cuando, en los hechos, el discurso y la retórica de la UCR sean ahora casi iguales a los que esgrime el oficialismo y hasta el propio macrista Federico Pinedo, otro malvinero de paladar negro.
¿Hace falta mucha imaginación para ver en esta UCR la manifestación de una especie de kirchnerismo prolijo, light y republicano, pero absolutamente funcional al bronco modelo oficial, que recurre a este socio ideal cada vez que necesita jugar a supuestas políticas “de Estado”? Tres años después de la partida de Raúl Alfonsín, cuesta imaginar que tamaña confusión hubiera alcanzado esta cota si él viviera. Pero a llorar se va a la iglesia, ¿no? O a la sinagoga.
* Especial para Perfil

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