Las razones del insulto a la prensa
Pareció dedicar su largo monólogo de 40 minutos, anunciado falsamente como "conferencia de prensa" (los micrófonos estaban dispuestos, pero los periodistas presentes no pudieron preguntar), al diminuto público de los medios oficialistas, casi como si se tratase de una reunión cerrada en una unidad básica, donde se impone el tono de barricada, y los militantes aceptan sin chistar las repetidas consignas como grandes verdades reveladas. Pero era el país que lo miraba y escuchaba, y que se quedó con las ganas de conocer la verdad.
Dejó a un lado su investidura y no asumió con más seriedad institucional el lugar desde donde hablaba (el Senado de la Nación, cuerpo que preside) y la complicada circunstancia que atraviesa (se esperaba que diese algún tipo de explicación creíble de cómo una persona que dice no conocer, Alejandro Vandenbroele, paga las expensas de un departamento de su propiedad , tema que soslayó olímpicamente durante toda su ininterrumpida alocución).
Nunca como hasta ahora ningún funcionario, de éste o cualquier otro gobierno anterior, se atrevió en democracia a difamar tanto a la prensa, de manera tan concentrada y persistente, como lo hizo ayer el vicepresidente Amado Boudou.
El peronismo original, a mediados del siglo pasado, inauguró la costumbre de agredir a ciertos medios, a los que fue sometiendo de a poco, con distinto tipo de cooptaciones, ventas obligadas y hasta la expropiación de un diario, como La Prensa.
El kirchnerismo, desde 2003 para acá -y, en especial, desde el conflicto con el campo en 2008-, no ha pasado día sin acrecentar esa escalada de hostilidades, que se ha fomentado desde la mismísima tribuna presidencial, tanto en tiempos de Néstor Kirchner como, desde fines de 2007, con Cristina Fernández a la cabeza. Vituperar no sólo a las más importantes empresas periodísticas del país, sino también a sus trabajadores terminó convirtiéndose en una rutina a la que, por lo repetida, se le presta la misma atención que al ruido de la lluvia.
Sin embargo, jamás la salva de insultos acumuló tanta virulencia como ayer, cierto que expresada de forma monotemática y casi infantil, como el niño al que se le niega algo y patalea, ya que, a falta de argumentos sólidos y bien fundamentados, se dedicó a repetir una y otra vez las palabras "mafia", "mafiosos" y la antiquísima "esbirros", que hasta el castrismo cubano dejó de usar hace añares.
Podría haber ensayado, al menos, un par de excusas similares a las endebles expuestas en su momento por el juez Eugenio Zaffaroni, en ocasión de otro escándalo inmobiliario, si afirmaba que permanece ajeno a la operatoria concreta del alquiler de su departamento.
Pero no; prefirió estigmatizar al periodismo tratando de borrar con la reiteración la inconsistencia de sus puñales desafilados. Habló de "vodevil mediático" y a los periodistas los descalificó como "cachafaces" y émulos de James Bond.
Denunció la existencia de una "Argentina de Magnetto, La Nacion y Perfil" y, en el colmo de la ignorancia, acusó al tribunal que investiga el caso Ciccone como la "agencia de noticias de Rafecas", ya que al vicepresidente le parece una irregularidad lo que es una práctica bastante habitual: que los periodistas especializados consigan anticipar, en lo posible, el rumbo de las noticias más resonantes, gracias a sus buenas fuentes.
"Es una vergüenza y es lamentable que en un día como hoy, después de un fenómeno climatológico, tengamos que estar ocupándonos de operaciones mediáticas", se quejó Boudou. Apuntaba a una carencia inexistente: los medios cubrieron con gran despliegue los efectos del temporal. Es que el alto funcionario sólo estaba interesado en resguardarse de su propia tormenta..
* Especial para La Nación