5 abril, 2025

Cristina, ¿tan dominante como Hugo Chávez?

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Cristina Kirchner venía cayendo en las encuestas por la acción conjunta de tres factores: el terrible accidente del Once del 22 de febrero, el escándalo por la relación entre Amado Boudou y Ciccone Calcográfica, que sepultó al vicepresidente ante la opinión pública y, finalmente, el enfriamiento de la economía. Sumados, estos tres factores estaban bajando los índices de popularidad de la Presidenta en unos cuatro puntos por mes, poniendo en peligro el formidable apoyo del 54 por ciento que había obtenido en las elecciones del 23 de octubre.
¿Qué hizo Cristina frente a este triple desafío? En materia de transportes urbanos, que es una de las áreas más expuestas de su administración, redobló el esfuerzo de pasarle el fardo a Mauricio Macri en pos de un doble objetivo: primero, que si sobreviene un nuevo accidente sea el propio Macri, su único rival a la vista, quien cargue con él y, segundo, que ya sin subsidios del Estado nacional el jefe de gobierno de la ciudad encuentre dificultades financieras comparables a las que pusieron de rodillas al resto de los gobernadores. Ante el derrumbe de la imagen de Boudou, cuyo único título para llegar a la vicepresidencia fue el favoritismo presidencial, Cristina decidió reemplazarlo con un nuevo favorito, el ascendente Axel Kicillof. Y en cuanto al recorte de los subsidios, la Presidenta detuvo bruscamente la "sintonía fina" que ella misma había anunciado.
Esta triple contraofensiva, ¿sería suficiente para detener el deterioro de su popularidad? Como la Presidenta temió que no lo fuera, abrió un audaz gambito: la expropiación de las acciones de Repsol en YPF anunciada en su discurso del lunes. Al hacerlo, redobló su apuesta dándole a esta nueva medida un marco espectacular, ya que sus funcionarios expulsaron sin miramientos de sus oficinas a los directivos de Repsol después de haberles bloqueado sus comunicaciones por Internet, con lo cual convirtieron a la supuesta "expropiación" en una potencial confiscación, porque el Gobierno puso en duda que la empresa española vaya a recibir un solo peso por sus activos, con lo que quedó a un paso de violar la Constitución Nacional, que sólo admite expropiar mediante el pago previo de una indemnización.
Si la nuestra fuera una verdadera república, con su consiguiente división de los poderes, la contraofensiva de la titular del Poder Ejecutivo no habría sido posible porque podrían haberla contenido el Poder Legislativo y el Poder Judicial. Pero el Congreso, después de la elección abrumadora del 23 de octubre, ha vuelto a convertirse, como antes de la derrota kirchnerista de 2009, en una "escribanía" que se limita a consignar la voluntad presidencial, mientras que, si bien todavía hay algunos fiscales y algunos jueces dignos de temer, los fallos de la Corte Suprema se hacen esperar ad infinitum y, cuando no se demoran de este modo, el Poder Ejecutivo, simplemente, los ignora.
El análisis de lo acontecido con las acciones de YPF plantea así una pregunta que se vuelve inquietante: ¿quiénes están hoy en condiciones de limitar a la Presidenta? Si no son nuestras instituciones, ¿quiénes podrían hacerlo en lugar de ellas?
¿Será, acaso, la comunidad internacional? De su seno ya han salido algunas decisiones que subrayan el aislamiento en que está cayendo la Argentina, como la declaración de cuarenta naciones contra la clausura comercial que impulsa el secretario Guillermo Moreno -el otro favorito, rival de Kicillof- además del anuncio de que el gobierno de Estados Unidos ya no le acordará a nuestro país el trato favorable que le reconocía. ¿Irrumpirá ahora la furia española por el maltrato a Repsol? Pero la comunidad internacional, que por lo pronto incluye la tradicional discreción diplomática del Brasil, no es compacta. Que lo diga si no la República Popular China, con cuya participación podría haber contado Cristina antes de su anuncio del lunes último como un probable reaseguro para obtener las ingentes sumas que requerirá relanzar la explotación del petróleo, quizás a partir del nuevo yacimiento de Vaca Muerta, de tentadoras posibilidades.
Por supuesto que la ruptura con España, que tiene por otra parte de "rehenes" a sus enormes inversiones en la Argentina, y el aislamiento internacional nos harían mucho daño a los argentinos en el largo plazo. ¿Pero no es el de Cristina un gobierno visceralmente cortoplacista, que piensa sobre todo en el "aquí y ahora"?
La propia Repsol, aparte de la justificada indignación por el modo como la están tratando, tendría que hacer un examen de conciencia por sus propias carencias de inversión. El tema que se plantea a partir del entredicho que hoy la involucra lo mismo que a España, va más allá porque se abre a esta pregunta fundamental: ¿es la Argentina, aún, una "república", o habiendo caído bajo una conducción unipersonal que relega a la Constitución se ha convertido en un unicato?
La expresión "unicato" se difundió para criticar al presidente Miguel Juárez Celman en la crisis de 1890 cuando, en realidad, por haber surgido debajo de su padrino político y cuñado Julio Argentino Roca, Juárez Celman debió ceder al fin su puesto al vicepresidente "roquista" Carlos Pellegrini, que salvó al país de la debacle económica.
Comparado con Cristina, Juárez Celman tenía un mínimo poder. El verdadero unicato, hoy, le corresponde a ella porque, si por esta expresión ya no designamos al infortunado presidente de hace ciento veinte años sino a la presidenta actual, tendremos que convenir que ella posee hoy un poder sin parangón en nuestra historia constitucional. En tren de comparaciones, tendríamos que medir el suyo con el poder, tampoco republicano, de Hugo Chávez. Este, a la inversa de Cristina, ha metido presos y ha exiliado a muchos venezolanos.
En dirección de los abusos del poder, Chávez es "más" que nuestra presidenta, pero hay dos dimensiones en que es "menos" que ella. Primero, por su enfermedad quizá terminal. Segundo, porque en Venezuela, pero no en la Argentina, la oposición se ha unificado detrás de un único candidato, Henrique Capriles, que desafiará a Chávez en las elecciones presidenciales del 7 de octubre. El poder que ha adquirido Cristina es perfectamente comparable, después de la confiscación de Repsol, al de su émulo venezolano, desde el momento en que ni en Caracas ni en Buenos Aires rigen plenamente los principios democráticos.
El unicato de Cristina depende sin embargo, como el de Chávez, de una condición, la voluntad popular, porque tanto en la Argentina como en Venezuela impera no ya una república democrática, sino un tipo alterado de democracia a la que podríamos llamar plebiscitaria ya que, una vez que el pueblo ha elegido un presidente, éste interpreta su victoria como un plebiscito que lo ha ungido para siempre.
Nuestro pueblo, que ha reaccionado ante la confiscación de Repsol con un entusiasmo nacionalista comparable al día en que el general Galtieri llenó la Plaza de Mayo después de haber invadido las Malvinas, ¿por cuánto tiempo sostendrá este entusiasmo que Cristina supo excitar? ¿Fue al ver que sus encuestas empezaban a flaquear que Cristina se animó a confrontar no ya al Reino Unido sino a España? ¿Le habrá valido su audaz gambito para sostenerla de aquí a 2015, cuando ya no tendrá otro recurso que aspirar a la re-reelección? ¿O tendrá que apelar antes de esta fecha a algún nuevo "plebiscito eventual", ya sea antes o después de las elecciones parlamentarias de 2013?
* Especial para La Nación

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