20 enero, 2021

Se fue del país por la crisis y en Israel encontró una familia y la popularidad gracias a Chiquititas: la vida de Boris Rubaja

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Compacto Político).  Se lo conoció como uno de los principales actores de las grandes telenovelas que coparon la pantalla argentina durante los 80 y 90, por innumerables papeles en los que hizo de galán pero también de villano. Sus primeros pasos en la televisión comenzaron en 1984 cuando formó parte del elenco de Amor y Señor, la novela protagonizada por Arnaldo André Luisa Kuliok. A partir de ahí, no paró más. Se trata de Boris Rubaja (64), un actor de larga trayectoria que supo conquistar, a través de sus personajes, todos los escenarios: los estudios televisivos, los sets de filmación, las tablas teatrales.

Durante su permanencia en nuestro país, trabajó en recordados programas televisivos como MaríaMaría y MaríaAmo y señor, El infiel, MicaelaSólo para parejasDulce AnaAlta comedia, 90-60-90 modelos y Señoras sin señores, entre muchos otros. A su vez, en cine participó en películas como Camila, Sucedió en el internado y Obsesión de venganza. Mientras que en teatro estuvo en obras como El diluvio que viene y Vamos a contar mentiras, entre otras.

Desde Israel, en diálogo con Teleshow, Rubaja cuenta cómo es su vida a 18 años y medio de haberse ido de la Argentina. Actualmente, reside en Givataim, ciudad aledaña a Tel Aviv, y comparte su felicidad de poder seguir dedicándose a lo que más le gusta: la actuación y la dirección teatral.

—No estaba feliz. Y a nivel profesional ocurrían algunas cosas que no me gustaban. Yo tenía un cachet determinado por cada jornada de trabajo y un día me llama un productor y me dice: “Hay tanto para vos. Y esto te lo doy porque sos vos; atrás tuyo hay 100 actores que lo hacen por la mitad de lo que te estoy pagando…”. Después, el tema de la seguridad era grave. Yo vivía en Francisco Álvarez, en la Provincia de Buenos Aires, un lugar soñado y muy lindo, que empezó siendo mi casa de fin de semana y terminó por convertirse en mi residencia definitiva. Era un lugar paradisíaco, lo llaman la Córdoba Chica porque tiene un microclima y está a 43 metros sobre el nivel del mar; además tiene mucho verde. Fui muy feliz ahí, pero en un momento comenzaron a robar mucho en la zona. Cuando llegaba a mi casa había siete segundos de tensión porque tenía que bajar del auto y abrir la puerta del garaje, y los cinco perros que tenía salían a modo de seguridad… Era un momento de terror donde podía aparecer alguien con un arma, apuntarme y entrar. Era una situación muy difícil… Entre que estaba intranquilo y muchos de mis amigos cerraban y quebraban sus negocios en la época del corralito, quería cambiar de ámbito.

—¿Cómo surgió la posibilidad de instalarte en Israel?

Boris Rubaja lleva 18 años y medio viviendo en IsraelBoris Rubaja lleva 18 años y medio viviendo en Israel

—¿Cómo surgió la posibilidad de dedicarte a lo que más te gusta en Israel?

—¿Y cómo te benefició ese reconocimiento popular en las calles de Israel?

—Conocí a los 10 meses de instalarme a una mujer y al año de estar juntos me dice: “Boris, ¿vamos a seguir pagando dos alquileres, si estamos todo el tiempo juntos?”. Este es uno de los países más caros del mundo porque hay mucho impuesto y gasto de seguridad, por las guerras continuas. Al tiempo de vivir juntos, me dice: “Seamos padres”, pero yo no quería saber nada. Primero, quería probar la convivencia. Y segundo, buscaba estar bien económicamente. Sin embargo fuimos padres de dos mellizos maravillosos: un varón y una nena, que hoy tienen 16 años.

¡Nada que ver con el padre! Mi hija es estudiante y trabaja todo el tiempo. Todavía no tiene claro lo que quiere ser, pero apunta hacia la Medicina, y hace mucho deporte porque la madre es profesora de educación física. Mi hijo, en cambio, quiere hacer plata. Estudia, porque es obligatorio hasta el secundario. Él dice: “Yo quiero hacer plata”. Hermanos nueves meses en el mismo vientre, pero con dos personalidades totalmente distintas.

Boris Rubaja junto a sus hijos mellizosBoris Rubaja junto a sus hijos mellizos

—¿Cómo te afectó la pandemia?

—En Israel hubo dos etapas, la primera cuando se conoció a la enfermedad y luego hubo un rebrote. Desde marzo, los teatros y todo lo que tiene que ver con la cultura está cerrado. Ahora, las escuelas están abriendo y los negocios a la calle pueden atender con control de temperatura, con máscaras, y se permite hasta cuatro clientes dentro del local. Los centro de compra no los dejan abrir y tampoco están abiertos los restaurantes y los bares. Todo está todo cerrado, y hay grandes manifestaciones frente a la casa del Primer Ministro pidiendo por favor, si abren algunos negocios, por qué otros no. Y también hay varios pedidos para que la cultura pueda abrir.

—¿Te quedaron muchos amigos del ambiente artístico en Argentina?

—Tengo algunos, pero no del medio: es muy difícil tenerlos. Recuerdo haber tenido un gran compinche: hicimos cuatro tiras, pero terminaron, y tras eso solo hubo un par de llamados y nada más. Mis amigos del alma son cinco, y no tienen nada que ver con el medio. Es más, acá no he hecho amigos como ellos.

—¿Qué diferencias notás entre el actor argentino y el israelí?

—No hay diferencias. Un actor es un actor y tiene la facultad de hacerle creer al espectador que lo que están viendo es verdad. La escuela es la misma, lo que puede variar es la manera de trabajo. En Argentina, el método que tenemos para hacer novelas es envidiado y admirado en el mundo. No pueden entender cómo se puede hacer un capitulo de 47 minutos en un solo día cuando acá tardan días para hacer un capítulo. Ni hablar del cine argentino, que es extraordinario. Creo que la técnica marca la diferencia.

—¿Volverías a vivir en la Argentina?

—Por ahora no, pero no lo descarto. En estos años he vuelto esporádicamente porque amo al país. Argentina cobijó a mis padres y me formó con la educación, el teatro y la actuación cuando a los ocho años decidí que quería hacer esto. Sin embargo, si me llaman para hacer una novela por algunos meses, una película o una temporada de teatro lo haría con mucho amor y mucho gusto. Ir a vivir de forma permanente no lo tengo previsto por ahora.