6 abril, 2025

Escribió Jacques Rancière en El espectador emancipado: “Ser espectador es un mal y ello por dos razones. En primer lugar, mirar es lo contrario de conocer. El espectador permanece ante una apariencia, ignorando el proceso de producción de esa apariencia o la realidad que ella lo recubre. En segundo lugar, es lo contrario de actuar. El espectador permanece inmóvil en su sitio, pasivo. Ser espectador es estar separado al mismo tiempo de la capacidad de conocer y del poder de actuar”. “El espectáculo es el reino de la visión y la visión es exterioridad, esto es, desposeimiento de sí. La enfermedad del hombre espectador se puede resumir en la breve fórmula ‘Cuanto más se contempla, menos es’” [cita de La sociedad del espectáculo, de Guy Debord].
¿Quién puede creer que hizo falta hasta el viernes para que el Gobierno se dieran cuenta de que Capitanich era el único que garantizaba el triunfo en el Chaco y Amado Boudou era el ideal candidato a vicepresidente? ¿O que se decidió que Mariotto fuera vicegobernador recién el viernes porque Scioli estaría siendo compensado reduciendo la figura de otro gobernador como Capitanich como futuro competidor por la presidencia en 2015?
Boudou es el economista del Gabinete como Dilma lo era de Lula. Pero mientras en Estados Unidos ser vicepresidente coloca a un candidato más cerca de la presidencia, en la Argentina, no. En principio, porque en nuestra Constitución no podría ser reelecto y tener un segundo período como presidente desde 2019 porque sus cuatro años como vicepresidente cuentan como si hubiera estado al frente del Ejecutivo.
El gesto es la política. Por ejemplo, en el caso del candidato a vicegobernador, no sólo pesaron sus atributos sino ser el único que Scioli pidió que no le pusieran, y dejar así claramente instalado que la autonomía del gobernador es nula. Scioli habría llamado a Mariotto para explicarle por qué no lo prefería como compañero de fórmula antes del anuncio. Dejarlo hasta el viernes podría también haber cumplido ese fin ultrajante.
Acusan a De Narváez de hacer una declaración altisonante y al día siguiente pedir disculpas para lograr estar dos veces en los medios. Sería un aprendiz frente a las escenificaciones kirchneristas. Por ejemplo, ¿por qué Capitanich habrá salido a decir que la vicepresidencia “nunca estuvo en mi agenda personal” recién el viernes?
Disfrutar el secreto no es un goce en sí mismo sino que resulta primordial para la sorpresa que precisa el espectáculo. Tanta competencia se le asigna a Cristina en el manejo del suspenso que los antichavistas venezolanos llegaron a sospechar que la enfermedad de Chávez podría no ser real sino –difícil de creer– un plan exportado de la Argentina para luego hacerlo aparecer como una resurrección.
El relato es una de las formas del espectáculo. Y el espectáculo es una de las formas de la política. La espectacularización de la política es un fenómeno mundial, pero en las “democracias radicales” o los populismos es aún más evidente, quizás menos pudoroso.
Pocas veces la elección de un candidato a vicepresidente despertó tanta expectativa. El evento siguió un guión de final de Gran Hermano y la Presidenta se pareció a una presentadora del Oscar, con chistes sobre su caída el miércoles tras el anuncio de la reelección y la enfermera que le aplicó una inyección en la cola.
Cristina Kirchner ya lo demostró varias veces: es mejor productora de espectáculos que Néstor Kirchner. Ojalá pueda demostrar la misma capacidad del ex presidente en producir gobernabilidad si le toca seguir hasta 2015.
* ESPECIAL PARA PERFIL

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