El Gobierno ya padece el pánico inflacionario
La Presidenta entrega viviendas con el sindicalista Gerardo Martínez de la UOCRA. Está asustada por el malhumor social.
Los funcionarios técnicos del ministerio admiten que la economía es hoy, más que nunca, política. Si no hay grandes conmociones en la macroeconomía mundial, el país puede sobrevolar la inflación y beneficiarse incluso con el generoso ingreso de dólares de las exportaciones y la mayor recaudación. Y si efectivamente el dólar no afronta este año grandes movimientos pronostican, la inflación se disimulará, en mayor o menor medida, con los próximos aumentos de sueldos. Es la última visión optimista que le transmitió el secretario de Hacienda Juan Carlos Pezoa a Cristina Fernández.
“Se puede hacer campaña con las bondades de la economía. Nadie nos puede competir en ese terreno”, aconsejó Julio De Vido. De hecho, los actos presidenciales previstos hasta fines de marzo girarán alrededor de aumentos de subsidios, inauguración de obras y líneas de financiamiento.
Desde el lado empresario, en cambio, se hace caso a los analistas económicos. Ellos predicen que, en los próximos meses, estaremos como en la Convertibilidad. Incluso cerca del 1 a 1 en términos reales. La combinación de subas salariales con un tipo de cambio quieto que aprecia el peso, y una emisión de dinero del Banco Central que aumenta al ritmo del 40% contra un 25% de inflación, estaría poniéndole a corto plazo un techo a la burbuja del consumo (que se parece bastante a la de los noventa).
Como bien admitió Cristina Fernández, el PBI no crece por inversión y producción sino por lo que Guillermo Moreno le enseñó que repitiera: “La demanda agregada”. O sea, la cantidad de bienes y servicios que pueden consumir empresas y particulares a determinado precio. La Presidenta cree que con el boom del consumo gana las elecciones como Carlos Menem con el voto-cuota. Claro, no le gusta la comparación. Ahora, crece el consumo y aumentan los precios, antes del endeudamiento.
La mano del establishment. La Presidenta está más preocupada que sus funcionarios. Supone un próximo contraataque de los “empresarios concentrados” que estarían dispuestos a empujar a un “caos económico” con tal de que el kirchnerismo no sea reelecto. Dramatiza. En su visión, la tríada de los malos Clarín, Techint y Shell insistirán en su intento de apoderarse de la UIA y de fracturar el frente de los “empresarios amigos”. Aunque exagere, lo cierto es que el escenario empresario presenta por estos días el aspecto de un campo minado (ver recuadro).
Sin embargo, el mayor obstáculo político a superar por el Gobierno no es el cambiante lobbismo empresario sino medir el impacto social que están generando las asimetrías del “modelo”. Y cómo repercutirán en el voto. La política del “desahorro forzoso” porque la carrera del consumo se desata para cubrirse de la inflación futura, ha sido incentivada indirectamente por el propio Gobierno. “Porque un poco de inflación siempre viene bien”, como suele bromear el converso keynesiano Boudou.
En realidad, el boom es artificial, realimenta la inflación, principalmente la de los alimentos, y golpea el poder adquisitivo de los más pobres y de los trabajadores no registrados. Por la sencilla razón de que la oferta, que necesita de la inversión para reproducirse, no aumenta al mismo ritmo de la demanda. Hasta el cuestionadísimo INDEC admite una capacidad productiva de las industrias al límite: alcanzó el 83% promedio, porcentaje récord en la década, y en algunas ramas se está operando al 93 o 95% de la capacidad instalada. Quiere decir que no se está invirtiendo lo suficiente ni lo necesario. La tasa de inversión real en equipamiento no supera el 11%, un porcentaje demasiado lejano respecto de un crecimiento del consumo calculado en el 30%.
Descontrol de las variables. El desajuste sacudió los sondeos encargados por el Gobierno y despertó a algunos funcionarios. La inflación vuelve a crecer como preocupación y las familias aumentaron su nivel de endeudamiento. Aún así, los préstamos al consumo crecieron el año pasado un 40% y es previsible que se mantenga ese nivel este año. Al menos es lo que pretende el Gobierno para panfletear el modelo económico en los actos de campaña.
Ante el eventual costo electoral de una inflación disparada, la Presidenta convocó a los dos funcionarios que tiene a mano para intentar ponerle un freno al descontrol de las variables. Los resultados fueron decepcionantes, en principio.
Amado Boudou, por ejemplo, le pidió perdón a la presidenta del Banco Central por haberla chicaneado al decir que hacía sus compras en el Mercado Central. Su propuesta fue “caminar”, un remedo de la popular apelación de Lita de Lázzari en los odiados ’90. Para el ministro, inflación no hay, pero desendeudamiento con el Club de París sí, una mística difícil de seguir desde el conurbano bonaerense.
Guillermo Moreno, por su lado, le impartió una breve clase de economía política a la Presidenta antes de su didáctica exposición sobre el proyecto “milanesas para todos” explicándole que no hay inflación sino “distorsión” y “dispersión” de precios por la puja distributiva. ¿Y quiénes forman los precios? Los empresarios, claro. Por eso, se debería aprobar aconsejó el proyecto de Héctor Recalde de reparto de las ganancias empresarias con los sindicatos. Por eso también el secretario prohibió importaciones de autos y autopartes de lujo e hizo que Techint retrotrajera los aumentos del acero y el Grupo Clarín la suba del abono de Cablevisión. En una palabra, fuegos artificiales para la campaña, pero gestión económica cero.
Cristina Fernández, razonablemente, les había pedido a ambos alguna respuesta que se pudiera traducir en actos de gobierno: “¿Podemos hacer algo con los precios?”, los apuró. “Pinchar las expectativas”, le contestaron. Por eso, la Presidenta, salió a pedir “racionalidad” y “moderación” en los reclamos paritarios. La fragilidad de la gestión económica del Gobierno se verifica en la acción retardada. La mayoría de las consultoras privadas que miden la evolución de las canastas de consumo de una familia tipo casi coincidieron: según una de ellas, FIEL, la más moderada en el cálculo, en el último año la canasta básica total, que mide el nivel de pobreza, aumentó el 23% y la básica alimentaria el 33%. Las expectativas de inflación para los próximos doce meses oscilan entre el 25 y el 30%.
El Gobierno está a la defensiva y calcula los gastos que insumirán los próximos aumentos de las jubilaciones, las asignaciones familiares, los planes sociales, la asignación por hijo y de los empleados públicos. Los funcionarios se proponen no superar la barrera del 20 o 25% contra un piso de 25 a 30% que reclaman los gremios privados. Y la Presidenta aprobó un plan para dividir políticamente a los empresarios y hacerles pagar a los más grandes el costo de los ajustes salariales. Tal vez sea demasiado tarde para desembarcar en la UIA y contrarrestar el peso de las grandes como Techint y Clarín.
Los empresarios, casi unánimemente, despotrican por ciertos acuerdos de trastienda entre el ministro de Trabajo, Carlos Tomada, y la cúpula cegetista. Se trataría del desdoblamiento de las negociaciones paritarias: un ajuste inicial más bajo del 20%, como el que pretendería el Gobierno, y una reapertura en la segunda mitad de año. Dicen en la casa de Gobierno que este modo podría desactivar las peores expectativas inflacionarias que contaminan el mercado. Para los empresarios, sería una forma de indexar de hecho los salarios. Los cálculos sindicales son casi irrefutables: proyectan un 2% de inflación promedio mensual y un 3% de suba de la canasta alimentaria, casi los mismos números del 2010.
Dinero fresco. Moreno le sugirió a Cristina decir que cuando se habla de inflación no se mire hacia el Gobierno sino a los empresarios que forman los precios. “Nosotros no vendemos nada”, bromeó. Es verdad sólo aparentemente. El Banco Central, integrado ahora a una caja única del Estado, es proveedor de dinero fresco en generosas cantidades al Tesoro nacional. Como debe emitir cada vez más pesos para comprar más dólares y así pagar la deuda, la Presidenta podría rescatar a la fábrica de billetes de las expectativas inflacionarios. Y evitar las presiones para financiar a un Estado que entró en déficit fiscal hace dos años y que en vez de colocar divisas y aumentar reservas las saca. Encubierto por los dineros del propio Central y de la ANSES..
No resulta extraño entonces que, según el propio Banco, la cantidad de dinero en circulación podría llegar a crecer el 40% en el 2011, una estimación que va mucho más allá de la disparada inflacionaria, y la alimenta.