24/03/1976 – 24/03/2011: Empantanados en el pasado
Por JAMES NEILSON
GENERAL ROCA (Río Negro). La 2da. Guerra Mundial fue un cataclismo de dimensiones apenas concebibles, uno en el que murieron decenas de millones de personas, se cometió un sinfín de atrocidades y muchas grandes ciudades se vieron reducidas a escombros, pero a 35 años del inicio de aquel conflicto terrible la mayoría de los europeos occidentales ya lo había consignado a la historia.
No se trataba de amnesia colectiva todos los días se publicaban nuevos libros repletos de detalles y se difundían más películas sobre distintos aspectos de lo que había ocurrido sino de la conciencia de lo peligroso que sería aferrarse a las pasiones de más de tres décadas antes.
Para posibilitar la reconciliación tan necesaria, británicos y franceses minimizaban el aporte de los alemanes comunes al horror y hacían de los italianos aliados honorarios, mientras que quienes habían apoyado al Eje procuraban convencerse de que en el fondo siempre habían sido demócratas pacíficos.
A diferencia de lo que sucedía en los países regidos por comunistas, donde los regímenes solían atribuir sus fracasos constantes a la hostilidad implacable de sus enemigos, en la parte occidental cada vez más próspera de Europa todo intento de resucitar viejos odios fue mal visto como propio de revanchistas de mentalidad primitiva.
Por desgracia, en este ámbito por lo menos, la Argentina se parece mucho más a las satrapías de Europa central y oriental que a la Alemania, Francia, Reino Unido e Italia de mediados de los años ’70.
Aunque la guerra sucia que se dio aquí fue un episodio menor en comparación con las matanzas en escala industrial perpetradas en tantos lugares de Europa y sólo una minoría pequeña colaboró activamente con los terroristas o los militares, sigue obsesionando a muchos "militantes" políticos que ven en ella un tema que les conviene aprovechar al máximo.
Además de servir para denostar a sus adversarios ideológicos actuales, acusándolos de ser en cierto modo afines a los militares aun cuando hayan nacido años después del desbande de la dictadura, "la memoria" les brinda un pretexto para afirmarse defensores heroicos de los derechos humanos, privilegio éste que en la Argentina se ha vuelto hereditario. Lo mismo que en Sicilia y Afganistán, abundan los hijos que se sienten obligados a vengar a sus padres. ¿Cómo sería Europa hoy en día si pensaran de tal modo los descendientes de quienes murieron en la 2da. Guerra Mundial ?
Los más decididos a impedir que el país se aleje de los años ’70 del siglo pasado son, desde luego, los kirchneristas, encabezados por la presidenta Cristina. Puesto que, con su marido, actuó como millones de otros que intentaron abrirse camino en la vida sin preocuparse demasiado por el destino de quienes caían en manos de los grupos de tareas militares o de sus auxiliares civiles, los hay que imputan su voluntad de reivindicar a los jóvenes supuestamente maravillosos de aquel entonces al deseo de desempeñar, un tanto tardíamente, un papel en lo que supone fue una epopeya, pero puede que haya pesado más la influencia de la cultura política en que se formó, una en que las fuerzas armadas, el campo, el grueso de los empresarios y " a embajada " estadounidense, se entiende , encarnan el mal contra el que tienen que luchar los integrantes de una minoría patriótica esclarecida.
A menudo, parece que para Cristina y su entorno la oposición auténtica no consiste en aquellos peronistas disidentes, radicales y otros que le molestan hablando mal de ella y trabando sus iniciativas en el Congreso, sino en el "poder fáctico" militar y sus socios.
Se niegan a darse por enterados de que dicha alianza nefasta se desintegró hace varias décadas, que están luchando denodadamente contra un ejército de fantasmas. Como aquellos generales que pasan el tiempo reeditando en su mente batallas ya perdidas e imaginando variantes que les permitirían ganarlas, se resisten a reconocer que los desafíos frente al país ya nada tienen que ver con lo que sucedió, o no sucedió, cuando eran mucho más jóvenes y que una estrategia que, en 1974 ó 1975, pudo haber tenido cierto atractivo no sería apropiada para la Argentina del 2011.
La obsesión de los Kirchner y sus seguidores con un pasado en buena medida imaginario ha viciado su gestión. Está detrás del enfrentamiento insensato y sumamente costoso del gobierno con el campo, el sector más avanzado y, claro está, más competitivo de la economía nacional. Ha envenenado su relación con el grueso del empresariado y con los medios de difusión más importantes. Ha llevado al virtual desmantelamiento de las Fuerzas Armadas, privando al país de un instrumento que, mal que les pese a muchos, podría necesitar en el futuro. También ha incidido de manera nada positiva en la política exterior.
Pero no sólo es cuestión de las actitudes anacrónicas de quienes rodean a la presidenta. Escasean los miembros de la clase política nacional que han logrado escapar de la trampa que les ha supuesto la presunta antinomia de militares irremediablemente golpistas por un lado y civiles progresistas por el otro.
Por haber sido tan decepcionante la evolución socioeconómica del país en la segunda mitad del siglo pasado, los dirigentes se han acostumbrado a hablar y, con toda seguridad, a pensar como si se supieran víctimas, al igual que el resto de sus compatriotas, de una gran conspiración planetaria en que participaron los militares como agentes de potencias extranjeras, cuando no del "capitalismo salvaje", que por motivos inexplicables quieren mantener paupérrimos a los argentinos.
A partir de fines de 1983, los debates en torno a la política económica se han visto distorsionados por la presencia espectral de regímenes militares calificados automáticamente de "liberales".
El primer gobierno de la democracia recuperada, el de Raúl Alfonsín, se creyó constreñido a efectuar el célebre "giro de 180 grados", haciendo todo lo que a su entender no hubieran hecho los militares, asegurando así que su gestión terminara en medio de una convulsión hiperinflacionaria.
Carlos Menem cometió un error al tratar de combinar una política económica en parte "liberal" con un esfuerzo por amnistiar a los jefes castrenses; a esta altura, es evidente que al país le hubiera sido mejor que se ensañara con ellos, como harían los Kirchner, con el propósito de desvirtuar la noción, tan difundida aquí, de que hay un vínculo estrecho entre el golpismo militar y los "modelos" económicos típicos de todos los países desarrollados y otros que están comenzando a pisarles los talones, de los cuales la Argentina, a pesar de un período de crecimiento macroeconómico rápido, sigue distanciándose.