El reloj de Mauricio
En política el tiempo nunca es uno solo. En política, del tiempo siempre se habla en plural. El manejo de "los tiempos" (esos que no aparecen encuadrados en hojas de calendario) es una habilidad esencial para cualquier político que se precie y, más aun, para el que aspira a ejercer el poder.
Desde que la muerte de Néstor Kirchner plantó la sombra de la incertidumbre sobre la sucesión presidencial (y zarandeó los relojes de la política como ningún otro episodio político reciente), el Gobierno viene demostrando que sabe, y mucho, de la materia. En los últimos cinco meses supo aprovechar el efecto positivo de la muerte inesperada, instaló la candidatura de Cristina Kirchner (sumada a la idea de que las elecciones son un trámite) y hasta testeó un plan rereeleccionista. Todo eso sin oficializar la postulación de la jefa del Estado y cuando todavía faltan siete largos meses para que octubre sea octubre.
También Mauricio Macri es un tiempista. Y lo dejó claro en las últimas semanas. Una mirada sobre su estrategia (¿o la ausencia de ella?) en ese campo sirve para entender una porción importante del escenario preelectoral.
En los últimos meses, Macri dio señales, alternativamente y con la misma convicción, de que iba a ser candidato a la reelección en la ciudad y a la Presidencia. Lo mismo hizo con la fecha de las elecciones porteñas. Primero, defendió la unificación, atento al efecto arrastre y a la cantidad de veces que los porteños tendrán que entrar al cuarto oscuro en medio año. Después abogó por el desdoblamiento, aunque sin abandonar el reclamo por la abultada agenda de citas electorales, pero la variable de ajuste pasaron a ser las elecciones de comunas (otro mar de preguntas) previstas para junio.
¿Qué hay detrás del ida y vuelta? ¿Por qué retrasa Macri las decisiones? ¿A quién le conviene que así sea? ¿Puede la demora volvérsele en contra? ¿Aprobaría el jefe de gobierno la asignatura "manejo de los tiempos" en una imaginaria academia "del político hábil"?
En la escena porteña, un primer dato emerge desde la obviedad. Sin fecha y sin candidatos, no hay campaña real. Bien lo sabe el kirchnerismo que en la ciudad tiene tres aspirantes y depende de la decisión de Macri para pasar del triunvirato a la carrera de uno solo. El tiempo que el jefe de Pro se tome para firmar el decreto de convocatoria (en su entorno afirman que serán dos semanas más a lo sumo) restará días de proselitismo y de instalación a quien finalmente represente a la Casa Rosada. Filmus, Boudou y Tomada aprovechan las cavilaciones de Macri para encargar las últimas encuestas. Saben sin embargo, que, más allá de la fecha, los números y la bendición de la Presidenta son las claves de su futuro.
También puertas adentro esa definición se espera con ansias. Macri baraja tres posibilidades: junio, agosto y septiembre. Tanto cerca de Gabriela Michetti como de Horacio Rodríguez Larreta saben que la marca en el calendario pondrá fin a la interna feroz en la que están envueltos (además de las encuestas, desde ya).
El ballottage es un escenario que todos dan por descontado en la ciudad. Frente a ello, Macri se ilusiona con repetir el resultado del 24 de junio de 2007, cuando le sacó 22 puntos de ventaja a Filmus. Cerca del senador, en cambio, aseguran que si el duelo se repite (sin Macri, sino con Michetti o Rodríguez Larreta), el ex ministro puede dar el batacazo. La apuesta es la misma que hace cuatro años: que en segunda vuelta el voto anti Macri alcance para derrotarlo. En la cuenta kirchnerista también suma el natural desgaste de cuatro años de gestión y la continuidad que representarían Michetti o Rodríguez Larreta. En ese balance, ambas circunstancias figuran del lado de los activos.
Aunque en las últimas semanas Macri repitió ante cuanto micrófono se le puso enfrente que será candidato a la presidencia y no a un nuevo período en la ciudad, la presión para que se baje de la pelea por la Rosada para retener el poder en Bolívar 1 existe. El cálculo atiende a la aritmética política más básica. En Macri, mientras tanto, conviven dos burreros: el que apuesta al favorito y se sienta a esperar confiado en la tribuna y ese al que le batieron la fija y sigue a su caballo al borde del infarto, pero mareado por la adrenalina de una promesa de una recompensa mayor.
Si, como dijo últimamente, Macri decide darle batalla a Cristina Kirchner, estará asumiendo un riesgo decididamente mayor. Y aun perdiendo, quedaría posicionado como el referente de la oposición en los próximos cuatro años y en condiciones de volver a competir con más chances en 2015.
Demasiadas preguntas tendrán que encontrar respuesta antes de eso. Por lo pronto, hay un calendario con más incógnitas que certezas al que las hojas se le van cayendo de a poco. La arena se escurre en los relojes de la política. También en el de Mauricio.