La reindustrialización sólo aparece en el relato oficial
A pesar del fuerte crecimiento acumulado durante la era K, especialmente hasta 2007, la participación de la industria en el PBI es todavía inferior al promedio de los 90. Sigue tan concentrada como entonces. Aún ocupa menos mano de obra que en 1997 y presenta un déficit considerable en el comercio exterior.
Ese cuadro surge de estudios realizados, entre otros, por las consultoras LCG y Economía & Regiones. Y pone en entredicho el relato oficial que enarbola la bandera de una “reindustrialización con matriz diversificada”, o sea, extendida, y la sustitución de importaciones.
Para empezar, la participación en el PBI global. Hoy apenas pasa el 17%, contra un promedio del 18,9% en los 90 y otra del 23% en los 80. Por aquí no asoma, pues, el proceso reindustrializador.
En los primeros años del ciclo kirchnerista, hubo un repunte parejo en todos los sectores, claro que contrastado con los registros de la crisis. Pero desde 2007 en adelante reapareció, notoria, la concentración: ahora sólo tres ramas autos, metalurgia y minerales no metálicos representan alrededor del 75% del crecimiento, mientras el resto viene rezagado.
La automotriz, que tiene mucho de armaduría, y la metalurgia son dos actividades muy dependientes de Brasil. Lo cual equivale a decir que si la demanda de allí se comprime, ambos sectores sentirán el impacto.
No es una hipótesis para descartar. Por efecto de las políticas defensivas de la presidenta Dilma Rousseff ante la crisis internacional, el real ha comenzado a devaluarse y detrás de eso se puede entornar la puerta de entrada al mercado brasileño. Y ensancharse la del argentino a los bienes del socio del Mercosur.
El avance de los minerales no metálicos está asociado a las inversiones en construcción, alentadas por el pobre rendimiento de los plazos fijos y por la obra pública.
Es evidente que el empleo industrial recuperó posiciones, pero está un 4% por debajo del que había en 1997. Con un sesgo claro a partir de 2007: los sectores que crecen menos ocupan mucha mano de obra, como textiles, madera y materiales eléctricos, entre otros Al revés, los que son capital intensivo y no aportan tanto trabajo continúan a buen ritmo: automóviles, químicos, caucho o plásticos.
En este punto se tocan la escasa diversificación de la producción industrial y su capacidad de crear empleo. Así de simple: incluso por arriba de los 90, cinco sectores expresan cerca del 70% de la producción y, además, con ostensible presencia del capital extranjero.
Finalmente, el balance en el comercio exterior. Unos cuantos especialistas suelen excluir a las exportaciones de alimentos y bebidas, pues las consideran muy cercanas a las primarias del sector agropecuario y de limitado valor agregado.
Justamente, datos de la consultora abeceb.com revelan el fuerte peso de las ventas de residuos industriales; cereales; grasas y aceites animales o vegetales y semillas oleaginosas. Esas cuatro ramas reúnen el 64% de las exportaciones de alimentos y bebidas.
En la misma línea, LCG concluye en que, rigurosamente, el año pasado el intercambio de manufacturas arrojó un déficit de US$ 24.000 millones. Y hasta el automotriz ampliado, con autopartes y otros componentes, dejó un saldo negativo de 6.000 millones.
En este cuadro gravitan, decisivamente, las importaciones o, si se prefiere, la ausencia de inversiones en escala, de tecnologías y, al fin, la desarticulación de la estructura industrial. Hay compras de máquinas, algunas que podrían ser consideradas inversiones. Y también, en volúmenes cuantiosos, de bienes intermedios, piezas y accesorios que cubren eslabones sueltos de la cadena productiva.
Si en algún lugar existe, al menos por este lado tampoco aparece la mentada sustitución de importaciones.
Luce potente, entonces, que sin las exportaciones del complejo sojero no habría como sostener todo el andamiaje económico. Eso es, llanamente, hiperdependencia de un cultivo: igual a apostar a que una recesión en el centro del mundo no erosione los precios del grano y de sus derivados.
Puestas en este contexto, cuesta llamar políticas a las restricciones que la ministra de Industria, Débora Giorgi, y el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, aplican sobre las compras externas. Significan, en realidad, medidas proteccionistas para algunos sectores y también el cuidado de dólares que pueden dejar de ser abundantes.
La industria, se sabe, es una actividad que genera mucho empleo, de calidad y bien remunerado, y que guarda una correlación directa con la equidad en la distribución del ingreso. Encima, fortalece el tejido social.
Nada casual es que hasta economistas muy cercanos al kirchnerismo todavía batan el parche con la reindustrialización pendiente o la primarización creciente. Y que haya quienes, a la vez, juzguen insuficientes las inversiones en energía, caminos, ferrocarriles o puertos: al fin, en la infraestructura imprescindible para dar viabilidad a cualquier proyecto que se pretenda vigoroso.
Por más que el kirchnerismo desestime la importancia del llamado viento de cola, está claro que hasta ahora el mundo ha jugado decididamente a favor de la Argentina y de otras economías de la región. No en balde varios países vienen tomando recaudos, frente a contingencias externas ya no tan propicias.
Nunca es tarde. Pero abundan evidencias sobre que el Gobierno debió haber aprovechado la fase para articular una verdadera estrategia de desarrollo industrial.