Cómo vive Schoklender después del escándalo
“Mirá atrás. Ese auto nos está siguiendo, ¿no?”, dice Sergio Schocklender con cierta alarma a su acompañante de todos estos días, el hombre conocido como “El Armenio”, mientras enciende uno de sus cigarrillos Parissienes, de tabaco negro. El hombre mira hacia atrás por el vidrio del taxi que tomaron al abandonar el programa de Luis Majul, en la primera de una larga seguidilla de intervenciones televisivas. Este cronista los acompaña. “No, no, no está siguiendo”, dice el Armenio con voz pausada y acento notorio. Schocklender asiente y mira la calle por la ventanilla que está baja y le permite tirar las cenizas de su cigarrillo. El taxista dirige el auto hacia el barrio de la Chacarita.
Desde que Schocklender decidió hablar a través de los medios, su vida dejó de tener la relativa tranquilidad que gozaba en su ostracismo en este barrio de casas bajas. La calle Guevara, a la altura en la que vive junto a su (¿ex?) mujer Viviana Sala y su hijo, es de una tranquilidad casi pueblerina. Pocos autos atraviesan sus adoquines. El hogar donde vive, una casa de dos pisos y amplios fondos, está rodeado de talleres y pocos vecinos. Según ellos, allí vive desde hace varios años, desde que alquilaba un departamento en el fondo a la dueña de la propiedad. “Después la señora vendió y ellos compraron todo. Después ampliaron, remodelaron y construyeron esta casa”, dice Ramón, un vecino que vive desde hace cincuenta años en la misma cuadra. A ese lugar llega todas las mañanas un auto conducido por una mujer que lleva al hijo de Schocklender a la escuela. Sala parte hacia su trabajo en un hospital. Shocklender, desde hace unos días, al juzgado de Norberto Oyarbide o a estudios televisivos donde eligió contar su punto de vista del escándalo. “Este es un barrio tranquilo continúa Ramón. Se valorizó con el subte que llegó hace un par de años y con el Jumbo, pero también está la villa acá a tres cuadras, que descompensa”, agrega.
La villa a la que se refiere es un conglomerado de viviendas precarias construidas durante la intendencia de Aníbal Ibarra al lado del ferrocarril. Es un paisaje que Schocklender atraviesa a diario para llegar a su casa después del raid de entrevistas televisivas o de la audiencia en el Congreso de la Nación. Este cronista lo acompañó la tarde del lunes desde los estudios de Canal 13, donde grabó una entrevista que luego transmitió Telenoche. “Cuando esto termine voy a dedicarme a construir, eso lo tengo decidido”, dice, y se queda en silencio. Durante uno de esos silencios, y mientras el semáforo está en rojo, un joven lo reconoce y comienza a aplaudir. Schocklender fuma constantemente y la ventanilla del auto siempre está baja para poder tirar las cenizas afuera. Los aplausos del joven, que tiene cara de pocos amigos, son rítmicos, sostenidos. El joven comienza a acercarse hacia la ventanilla de Schocklender con paso firme, amenazante. El semáforo cambia y el auto puede arrancar. Atrás queda el joven, que mira con enojo profundo. “No sé si eran irónicos los aplausos”, desliza, como si pronunciara una broma de un vasto humor negro. No sonríe. “Dejame en el Jumbo”, pide. Schocklender es un asiduo visitante del kiosco que se encuentra en su entrada.
“Viene siempre a comprar cigarrillos dice la joven que lo atiende. Yo no sabía quién era hasta que una clienta me avisó. Ya había terminado su compra, pero se quedó paradita.” Algunas cajeras también lo recuerdan haciendo compras, aunque dicen que pocas veces concurrió al súper con ese fin. “Siempre lleva un cartón de Parissienes. Alguna vez agrega uno o dos atados sueltos de Phillip Morris, para variar”, agrega la chica del kiosco. En la otra cuadra, sobre Triunvirato, hay un bar donde Schocklender solía concurrir. “Ahora no lo veo hace bastante dice el encargado. Antes, cuando había solcito y las mesas estaban afuera, venía con una mujer y desayunaban juntos. Nada del otro mundo, café con leche y medialunas o tostadas. Ahora, desde que empezó el quilombo, no viene.”
“Es un vecino amable”, dice Mario, que administra un taller ceramista en su cuadra. “Siempre saluda, como cualquier vecino. Alguna vez me vino a contar la historia de Zanón, la fábrica neuquina de cerámicos que administra una cooperativa. Me dijo que sus trabajadores la habían salvado armando una cooperativa.” “Yo lo vi salir de su cochera con la Ferrari asegura Jorge, de 24 años. No le hablé nunca, no me gusta ese personaje. Pero no pude dejar de ver esa Ferrari.” Otros vecinos cuentan la llegada en un flete de mesas de pool y otros artículos de lujo para un posible playroom.
“Por acá”, indica Schocklender. Está terminando una nota con el programa de Ernesto Tenembaum en Radio Mitre. “Así tienes que hablar le recomienda el Armenio. Muchos te van a escuchar y se van a dar cuenta de que le quieres hacer bien a tu país. Así tienes que hablar.” Schocklender enciende otro cigarrillo. “¿Estuve bien?”, pregunta.
Los diputados siguen invitando.
Después del paso de Sergio Schocklender por el Congreso, Hebe de Bonafini fue citada por los mismos diputados opositores para el próximo jueves. Sin embargo, voceros de Madres de Plaza de Mayo ya anticiparon que la titular de la asociación no concurrirá y los propios legisladores reconocen como lejana esa posibilidad.
El ex apoderado de Madres declaró esta semana ante las comisiones de Vivienda y Asuntos Constitucionales, donde reiteró las acusaciones que había lanzado antes en los medios y agregó la denuncia de que la Secretaría de Inteligencia (SI) lo habría presionado para que se callara.
Por ese motivo, la diputada Patricia Bullrich (CC) pidió que también se cite a funcionarios de ese organismo: el jefe de inteligencia Héctor Icazuriaga y el director de Reunión Interior Fernando Pocino, el espía señalado por Schoklender.
Sin embargo, resulta improbable que finalmente sean citados, porque debería hacerlo la Comisión Bicameral de Seguimiento de Organismos de Inteligencia y allí los integrantes del bloque oficialista casi nunca otorgan quórum.