Argentina absurda: El piquete como forma de gobierno
Es tan común usar a la gente que parece una cuestión natural, algo usual, algo bueno. No es así. El uso de la gente en beneficio propio es malo, está castigado, es perjudicial para la salud del cuerpo social, que termina acostumbrándose. Acostumbrarse a la enfermedad y convivir con ella no indica estar sano.
Hay una frase que se traduce, se altera, pero se recuerda. Eva Perón decía que donde hay una necesidad aparece un derecho. Refería a la gente, la injusticia social, la reivindicación.
La frase mencionada encierra la denuncia, apunta a la reivindicación, acaso la revancha, pero sostiene, mediante una palabra: derecho, el curso de las denuncias, las discusiones, el camino para encontrar una sociedad más justa, mas equilibrada. Fue un error, un exceso, una desmesura, cuando no una desviación, resolver que Evita estaba planteando la lucha armada, la prepotencia, el abandono del estado de derecho. Robin Hood es un relato novelesco, no una plataforma partidaria.
Sostener que el piquete, el corte de calles, la toma de edificios es el lenguaje natural de la sociedad, el lenguaje permitido, es un delito. Un delito de quien lo acepta como lenguaje y, de hecho, un delito de quien lo hace. El que corta las calles es un delincuente. Después, si se quiere, se buscan las razones. No hay modo de aceptar que algunas razones personales, sectoriales, son superiores a las leyes generales.
La más ominosa exageración, con un alto grado de contaminación social, de gravísimo delito, es usar a estos piquetes, estos cortes, con intenciones tercerizadas. Se ha dado el caso de cortes hechos por una familia a quien, rápidamente, se le han solucionado sus problemas humanos más urgentes y que, por pedido de activistas sociales, se han quedado, han rechazado la ayuda para ser parte de una movilización en días posteriores. Esto merece una calificación más grave. A veces se niega la calificación, en otras ocasiones se soslaya el tema. La cobardía es un gradiente que crece exponencialmente en las sociedades violentas y violentadas.
Deberíamos preguntarnos que sentido tiene el acto eleccionario de oktubre si la persona con mayor intención de voto no castigará a quienes infrinjan las leyes existentes.
Los candidatos, algunos ya están en funciones, esquivan el tema. Tampoco se hicieron, se hacen o se harán responsables de las consecuencias sociales que estos delitos provocan.
Una de las más importantes alteraciones es el cambio de lenguaje de la sociedad. Hoy la sociedad dialoga por y con el piquete. Los dirigentes sociales saben que sólo con el piquete el poder burocrático los atiende. Eso si el piquete tiene trascendencia periodística. El círculo de complicidades se torna complicado.
Asumamos nuestras miserias y cobardías sociales. El vocero piquetero, en conversación alucinada, mediante los noticieros televisivos, charla con la sociedad total, anónima e innumerable. Se insiste: asumamos que el diálogo existe. A diario dialogamos con delincuentes.
El piquetero es el actor social que no aparece en las elecciones, en alguna boleta, en alguna mención, en algún plan de gobierno. En la memoria. En los discursos. El que toma un edificio, el que corta la calle es, en primera instancia y sin vueltas: un delincuente.
Las actuales organizaciones de activistas que, por una cuestión estadística, son las que más piquetes y cortes realizan, no aspiran a un representante. En muchos casos ni siquiera han dicho a que candidato adhieren a cual consideran cercano a sus ideales, a sus intenciones.
Si el pueblo, por medio de sus representantes, es quien delibera y gobierna, deberíamos insistir con la pregunta: ¿Quién, con qué fuerza electoral, programa, propuesta, representa a los piqueteros?
Es tan común usar a la gente que parece una cuestión natural, algo usual, algo bueno. No es así.
No hay modo de aceptar que algunas razones personales, sectoriales, son superiores a las leyes generales.
Se impone una reiteración. Deberíamos preguntarnos que sentido tiene el acto eleccionario del 23 de oktubre si la persona con mayor intención de voto no castigará a quienes infrinjan las leyes existentes. Tampoco es parte del discurso de los dos más cercanos.
Deberíamos preguntarnos y preguntar si no estamos ocultando (nos) que la sociedad donde vivimos no es la que decimos, es otra, que el voto es un simulacro, que la violencia existe, el miedo existe y una cobardía generalizada nos pone en el lejano oeste o, peor, en el estado nacional que describía José Hernández.
Esta sociedad, mi/tu/nuestra sociedad debe resolver algunos interrogantes que preferimos olvidar. Schoklender y Hebe de Bonafini. Jaime, el cordobés. De Vido. La coima de Skanska. La valija de 800 mil dólares. La cúpula del Teatro Colón. Los trenes bala (dos, Retiro- Rosario y Retiro- Mar del Plata). Existe la íntima convicción que todos los nombres mencionados son parte de una corrupción estructural.
Vengamos al pago. Conviene cortar calle Buenos Aires, volverla peatonal entre Córdoba y Santa Fe. La Catedral, la entrada al Monumento, la puerta de la Muni no merecen gomas quemadas y caca de perros ambulantes, quejas por cuestiones nacionales, provinciales y municipales quitando el derecho de circular, de mirar, de vivir en esa zona. Las líneas de colectivos se atoran sobre la punta original de Rosario. Aliviemos el ánimo. No hacen piquetes donde no molestan a la sociedad laburante.
Frente a la ex Jefatura Don José de San Martín, de apearse en la plaza con su nombre, lo haría entre linyeras y acampes que jamás serán castigados.
En la plazita Pringles, simbólica del Centro Comercial de la ciudad, frente a la Biblioteca Juan Alvarez y el edificio inteligente de la Bolsa de Comercio, por más de 40 días los baños químicos ayudaron a desagotar a los acampantes pidiendo cosas que la plaza no les daría jamás. El chantaje a los vecinos, al paisaje, a las fuerzas vivas si, diría que si, acaso aceptaría el apriete; esa fue la intención. De hecho se aceptó. Le pedían a una plaza municipal algo que una secretaría nacional debía darles.
Conviene repetirlo. Si el pueblo, por medio de sus representantes, es quien delibera y gobierna, deberíamos insistir con la pregunta: ¿Quién, con qué fuerza electoral, programa, propuesta, representa a los piqueteros?
Las estrategias publicitarias de los candidatos presidenciales concurrió a un sitio común: "el testimonio".
Rostros variados de hombres, mujeres y niños se pasean por las pantallas mediante el uso, muy elogiable, que la ley de medios les permitió.
Ya parece rutina que los piquetes, las gomas quemadas, los cortes de calles alteren una ciudad que no se sostiene sin orden. Solo por eso, porque nadie logra ordenar su día, los cortes y piquetes son desalmados. Para arreglar su vida, por un instante, desordenan la ciudad. Es desmesura, es exageración, es cobardía. Es olvido.
Volvamos a la realidad. No nos olvidemos, a la hora de votar, que aceptamos al piquete como nuestra verdadera forma de gobernar.
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(*) Testigo.