Todos los votos, todos
La holgura del triunfo desafiará a la Presidenta a ejercer una administración plural de la Nación.
La campaña de la nada finalmente ha terminado. Sobre las últimas horas de hoy, Cristina Kirchner habrá de ser reelecta como presidenta de la República. Lo será a partir de una victoria contundente y arrasadora. La oposición será demolida. Si se confirman los datos de las encuestadoras serias, el oficialismo tendrá, además, el dominio en ambas cámaras del Congreso. La Argentina habrá de ser administrada por un gobierno con la posesión de la suma del poder público, hecho que, de por sí, constituye un verdadero desafío para el respeto al concepto de pluralidad que subyace en el ideal democrático.
Para el Gobierno y la oposición el desafío es enorme. La historia de la Argentina muestra que cuando una fuerza política se encuentra en posesión del poder casi absoluto, sus tensiones internas emergen por doquier. Este es uno de los desafíos que la Presidenta conoce a la perfección. Hoy, la doctora Fernández de Kirchner encarna una metodología cuasi monárquica del ejercicio del poder.
Uno de los principales objetivos del nuevo período presidencial será el de procurar mantener intacto ese volumen de poder ante las pretensiones de quienes aspiran a suceder a la Presidenta en 2015, fecha lejana en el tiempo pero de indiscutible presencia en la escena política de hoy. Allí es donde aparece, entonces, el tema de la reelección indefinida y de la reforma de la Constitución del que ya, sin ningún ocultamiento, se habla en el núcleo duro del kirchnerismo. Ahí está lo dicho por Ernesto Laclau, referente intelectual de la Presidenta. Su propuesta tuvo un detalle no menor: Laclau condenó el parlamentarismo y defendió el presidencialismo, justo al revés de lo que piensa el ministro de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni, uno de los que más viene trabajando en el plan “Cristina eterna”. En su conferencia, Laclau puso como ejemplo, para criticar al parlamentarismo, el hecho de que Margaret Thatcher fue primera ministra del Reino Unido por doce años. Este ejemplo, más allá de cualquier sistema político, demuestra en forma irrefutable lo negativo de las reelecciones indefinidas.
A uno de los que habrá que seguir con mucha atención es a Amado Boudou. Su caso es realmente notable: quien hoy será consagrado como vicepresidente era, en 2007, un simple funcionario de segunda línea de la Anses. Su meteórico ascenso político, sin antecedente de militancia en el justicialismo y sin otro aporte a la campaña que el de tocar mal la guitarra y cantar peor, ha provocado dentro del Gobierno la admiración de unos pocos y la envidia no sana de muchos que lo ven como un arribista con ambiciones ilimitadas. Precisamente por eso es que en sectores del oficialismo cayó mal una reunión que organizó el hasta hoy ministro de Economía para hablar de 2015.
“Si este muchacho sigue yendo tan rápido, va a chocar”, augura un kirchnerista de paladar negro. Boudou representa uno de los casos paradojales de este momento de la Argentina: un ministro de Economía que fracasó en el combate contra la inflación es premiado con la vicepresidencia.
Junto con lo que sucederá en el Gobierno, la otra expectativa es qué ocurrirá en la oposición. Allí hay devastación. La catastrófica derrota que habrá de sufrir hoy abre las puertas del adiós a la mayoría de sus dirigentes a los que ha unido un denominador común: la falta de rumbo. Con la muerte de Néstor Kirchner, los opositores se quedaron sin el único protagonista que les dio vida y dilapidaron el caudal de votos y el poder que lograron en las legislativas de junio de 2009. El desbande más fuerte habrá de ser en realidad, viene siendo en el Peronismo Federal. Los que vuelvan al kirchnerismo deberán hacer mucho mérito para recuperar el terreno perdido.
A los que no regresen les espera la desolación. Hoy concluirá la carrera política de Eduardo Duhalde. “Triste, solitario y final”, del inolvidable Osvaldo Soriano, es el título que mejor ilustra la “muerte” política del ex presidente interino.
Esta vuelta al kirchnerismo de muchos hombres y mujeres del justicialismo complica el futuro de Mauricio Macri, quien, junto con Hermes Binner, emerge como uno de los líderes de la futura oposición. El PRO es una fuerza personalista con poco arraigo en el interior. Sin el aporte de un sector importante del peronismo, sus posibilidades de crecimiento son muy escasas.
Francisco de Narváez también queda colgado de la nada . El aportó lo suyo para la destrucción de Unión-PRO. Se la creyó y así le fue.
Lo de Binner también implica un enorme desafío para construir una alternativa desde la nada.
El radicalismo es un Titanic en busca de su iceberg que hoy habrá de dar un paso más hacia su destrucción. Lo que ha pasado en esta campaña con los candidatos a gobernador e intendentes tratando de despegarse de la figura de Ricardo Alfonsín ha sido patético. Salvo el caso de Roberto Iglesias en Mendoza, si llegase a imponerse en su muy difícil elección contra el candidato del kirchnerismo Francisco Pérez, la UCR se ha quedado sin ningún gobernador.
El otro ocaso resonante es el de Elisa Carrió, una dirigente honesta y valiente que demostró una particular ineptitud para la construcción de una fuerza política que se erigiera en alternativa de poder. Su personalismo, sus caprichos y su creencia de que para construir había que destruir la llevaron, a ella y a la Coalición Cívica, a esta debacle. El Acuerdo Cívico y Social emergió como fuerza victoriosa en junio de 2009 y en vez de luchar desde sus filas por imponer sus ideales de una vida partidaria con mayor decencia creyó que la mejor solución era dar un portazo e irse al primer cruce con sus conmilitones. Se equivocó y la sociedad se lo facturó.
Queda así conformado un escenario político en el que el poder habrá de pasar, aún más que hoy, por una sola persona: Cristina Fernández de Kirchner. El voto de la mayoría de la sociedad habrá apoyado, pues, no sólo a un gobierno, sino también a un modo de gestión basado en el unipersonalismo con aires de infalibilidad, consagrando, así, lo más cercano al unicato que se ha vivido en la Argentina desde la recuperación de la democracia, en octubre de 1983.
* Especial para Perfil