El conurbano, tierra de nadie tras el tornado
La columna de humo que se eleva allá adelante parece un enorme algodón mugriento. Los autos avanzan por el Camino Negro hacia ese humo espeso y quieto. Son cerca de las cuatro de la tarde del viernes y los vecinos del barrio Gabriel Miró, en Villa Fiorito, otra vez volvieron al camino y empezaron a quemar gomas, maderas, las ramas de los árboles que derribó la tormenta, basura… lo que sea. La policía aún no apareció para organizar el tránsito, de modo que muchos vehículos llegan hasta donde están los piqueteros, a unas 15 cuadras del puente La Noria.
Cuatro mujeres están al frente de la protesta: Silvia, de 38 años; Ana, de 52; Nilda, de 38, y Lourdes, de 30. "¡Dejalos pasar!", grita Silvia a unos adolescentes nerviosos que saltan delante de los autos. Y luego se dirige a LA NACION: "Ya pasó más de una semana sin luz . La gente está con mucha bronca. Ayer, a las doce de la noche los de Edesur nos engancharon. Levantamos el corte, pero hoy otra vez no tenemos corriente", cuenta Silvia, que tiene seis hijos. Deben andar por ahí, avivando el fuego o jugando al fútbol sobre el pavimento caliente.
Dice Lourdes: "Nos están chamuyando. Nos enganchan al transformador, pero no hay tensión. Tengo tres chicos. Tuve que tirar carne, leche. Les estoy dando mate cocido. Ayer tuvimos una emergencia, fuimos al UPA -señala una de las unidades para atención sanitaria que montó el gobierno de Daniel Scioli- pero no atiende". Más tarde, el jefe de guardia de la UPA 24 horas, Franco Gómez, dirá: "No atendemos a nadie. Autorizaron a irse a todos los enfermeros, por seguridad. Te cobran 50, 60 pesos de peaje".
Ana dice que sí, que algunos chicos le pidieron plata a la gente. "Los sacamos cagando a los pendejos -aclara-. No queremos problemas. Solamente pedimos la luz y la queremos pagar. Pero vienen, nos enganchan a esos postes y nos dicen arreglensé." Los postes inclinados y secos apenas sostienen los cables que rayan en cielo, sobre las calles de tierra despareja. Algunos están colgando.
Lourdes le grita a un grupo de jóvenes: "¡Eh! ¿Qué hacen sentados? ¡Están pasando como quieren!" Parece que los piqueteros no terminaron de acomodar las hogueras. Cuando las barreras de fuego abarquen las dos manos del camino y las colectoras, los autos ya no podrán pasar, salvo que no les importe atravesar las llamas o atropellar a alguien.
Un tipo con la cabeza enorme y roja pisa el acelerador de su Trafic y atraviesa el piquete. Un muchacho flaco y fibroso salta a un costado y destroza un cajón de madera contra la puerta de la camioneta. El tipo de la Trafic dice: "Negros de m…". El muchacho agita los brazos y se ríe con voz estentórea. A pocos metros, un grupo de niños golpea palos de madera contra el guardrrail y ese ruido metálico reverbera en una línea ininterrumpida de sonido. El humo es cada vez más espeso y el olor arenoso del caucho quemado raspa ahí donde se unen las fosas nasales y la garganta.
Ana Montiel llora en brazos de un hijo. Foto: LA NACION / Santiago Hafford
Los que vienen en moto se bajan unos metros antes del piquete y pasan caminando. "Amigo, unos pesos para la Coca", le dice un adolescente esmirriado a un motoquero. Otro pasa rápido, sin bajarse de la moto, y el adolescente grita: "¡Caminando, bigote! Ese pasó rápido porque es policía". Nilda interrumpe: "Corten bien allá". Dos colectivos, el 188 y el 553, acaban de atravesar el fuego en la colectora, del lado de Ingeniero Budge.
Desde allí, en la puerta de un taller mecánico, tres hombres miran el piquete con cara de pocos amigos. El más grandote de los mecánicos, Guillermo, dice: "Hace ocho días que no laburo y ayer escupí hollín hasta las tres de la mañana. Estos hijos de p… exigen por un servicio que no pagan. A la noche se pone jodido".
La oscuridad que sucedió a la tormenta cambió las cosas en el barrio. Cuenta Andrés, que tiene 31 años, tres hijos y uno en camino: "Hay muchos que quieren sacar provecho de la situación. La leche te la venden carísima o no la conseguís".
La gaseosa Manaos ahora cuesta 12 pesos; el kilo de roast beef, 60; el azúcar, 12; la yerba, 14; medio kilo de hielo, 8. Algunos que tienen energía eléctrica venden agua congelada a 10 pesos.
"Esto ya es una guerra de todos contra todos", dice Eduardo, y niega con la cabeza; no es un gesto de desaprobación, sino de confusión. Continúa: "Uno no deja que saquen el poste de luz que se cayó sobre su casa para hacerle juicio a Edesur, aunque no le rompió nada. Acá hay una criatura que depende del respirador. Fui a buscar un tubo de oxígeno y por los mismos cortes no pude pasar".
Ya es de noche en Villa Fiorito, y la hoguera del piquete proyecta sombras trémulas. Hace rato que largas caravanas de personas que suelen viajar en ómnibus recorren el Camino Negro con pasos cansados, después de trabajar o estudiar. Otros resplandores anaranjados tiemblan en la atmósfera opresiva del barrio.