5 abril, 2025

Secretos de Olivos: los dólares de Néstor y los gritos de Cristina Kirchn

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CIUDAD BUENOS AIRES (Compacto Político). La empleada de la Residencia Presidencial de Olivos temblaba de miedo. La mujer acababa de hacer el cuarto del matrimonio Kirchner y no salía del shock: “Me pueden culpar a mí si les falta algo”, repetía sin consuelo. Varios de sus compañeros de todos los días en la quinta donde viven los presidentes argentinos, le pedían que se quedara tranquila. Pero ella no se podía quitar de la mente la imagen: montones de dólares, en fajos prolijamente parejos, estaban escondidos entre el sommier y el colchón donde cada día dormían Néstor y Cristina Kirchner.
Pero ese hecho no era el único que despertaba terror entre quienes trabajaban en la Residencia de Olivos. Cristina Fernández, siendo Presidenta, no quería ver a ningún soldado cuando ella salía a los jardines o cuando partía para la Casa Rosada. Todo era mezcla de temor a que espiaran sus movimientos hasta coquetería, cuando salía con sus rollers y su entrenador personal. En esas circunstancias, los soldados debían esconderse detrás de los árboles; y si no hacían a tiempo a esconderse, simplemente debían darse vuelta y darle la espalda a la jefa de Estado para no observarla.
Tras la difusión del audio donde Fernández de Kirchner trataba de mal modo a su Oscar Parrilli (“Soy yo, Cristina, pelotudo”), recobran valor los testimonios de quienes compartieron muchos días de los Kirchner en la Residencia.
Un día, la Presidenta salió sorpresivamente de su despacho en Olivos y se topó con un grupo de hombres que cortaban el pasto y se dedicaban a tareas de jardinería: “¡Se mandan a mudar todos de acá!”, fue el grito que alejó a los empleados de esa zona en segundos.
En la casona de estilo colonial construida en 1850 por Prilidiano Pueyrredón, Néstor Kirchner vivió 7 años y su esposa, 6 años más. Allí, impusieron su estilo pero fue con ella cuando los empleados de la histórica Quinta la pasaron mal: “Mandaban a comprar pan fresco. Pero a nosotros nos daban siempre, el pan del día anterior con la comida. ¿Tanto les costaba comprar un poco más para nosotros?”, asegura resignado uno de los que padeció los malos modales.
Los malos modos no eran solo de la ex Presidenta: su hija Florencia, cuando vivía allí, solía devolver la comida que le preparaban los cocineros de Olivos, un par de ellos, reconocidos como buenos chefs. Un día, la Presidenta llamó a los responsables y les espetó: “Les pido que le lleven comida decente a mi hija”, ordenó. Pero en la cocina, fueron precavidos y le hicieron llegar a Cristina la lista de todos los platos -diversos, saludables y variados- que Flor K les devolvió sin comer. A partir de entonces, la hija presidencial no rechazó más un plato de comida.
Pero los malos tonos -similares a la frase de la ex Presidenta “Soy yo, Cristina, pelotudo”- eran clonados por sus funcionarios. A la Quinta se puede ingresar por una entrada sobre la Avenida del Libertador, donde conviven dos puntos de control; uno de la Policía Federal y otro, de la Bonaerense. Desde allí, es obligatorio avisar al puesto de la Casa Militar -dentro del predio- el nombre de quién está ingresando. Un ministro de Economía solía ingresar por ese lado y se molestaba cuando lo frenaban para identificarse. Una vez, el ministro ordenó a su chofer frenar el auto y retroceder, cuando escuchó que desde un handy, un federal había dado aviso de su entrada al puesto dentro de la Quinta. El ministro de remera negra bajó el vidrio y rezó: “¿Qué avisás que estoy entrando, buchón?”, estalló ante el hombre de seguridad.
Todos esos gestos hicieron que, cuando llegara la nueva administración presidencial, el 11 de diciembre de 2015, el trato normal entre personas fuera toda una novedad. Como ese electricista que no le respondía a un flamante funcionario que le preguntaba sobre un problema de energía en la Casa de Huéspedes: “Es que no estoy acostumbrado a que me hablen”, se disculpó el trabajador, evidentemente acostumbrado a un clima de temor y verticalismo.

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