5 abril, 2025

Fue gestado por inseminación artificial y un cura lo rechazó: "Tu hijo es un pecado"

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CIUDAD DE BUENOS AIRES (Compacto Político) Soledad Castillo se sentó frente al cura con su bebé en brazos. Había tardado 11 años en quedar embarazada, después de haber atravesado una operación en las trompas de Falopio y haber probado con varios tratamientos de fertilidad asistida. Antes de acordar una fecha de bautismo, el cura le hizo una serie de preguntas. El problema apareció cuando ella le contó que se había hecho una inseminación artificial: "Eso es un pecado. Estamos en problemas", objetó el cura.
Soledad (32) y Cristian Gariglio (43), su marido, se conocieron cuando ella acababa de cumplir 20 años. Dos semanas después, se fueron a vivir juntos a Ingeniero Huergo, un pueblo de 7.500 habitantes en Río Negro, a 500 kilómetros de Viedma. Estuvieron casi cinco años buscando un embarazo hasta que decidieron hacerse estudios médicos. Soledad tenía las trompas de Falopio adheridas; para operarse tuvo que viajar a Buenos Aires. Esperaron, siguieron buscando un embarazo, otra vez nada.
"Esperamos mucho hasta que decidimos probar con una inseminación asistida", cuenta ella a Infobae. La primera no funcionó. La segunda, el año pasado, sí. Soledad, por fin, estaba embarazada. Fue un embarazo difícil porque ella tiene un solo riñón y problemas de presión. Pedro –que ya tiene tres meses– nació prematuro.
Hace 10 días, Soledad fue con su hermana a la iglesia San Francisco Javier, la única iglesia católica del pueblo, para pedir fecha de bautismo. "Ahí el padre Adam Michal Rudnicki empezó el interrogatorio. Primero me preguntó si íbamos a misa y le dije que no. Ahí ya se molestó. Después me preguntó si habíamos tomado la comunión y la confirmación y nos mandó a hacer el curso para adultos. Después, me preguntó el nombre del bebé y un poco se calmó. Dijo que ‘Pedro’ estaba bien porque es un nombre bíblico".
Pero cuando le dijo que tenía 32 años, el padre Adam le preguntó si tenía hijos más grandes. "Le conté todo lo que había atravesado para ser madre. Cuando llegué a la palabra ‘inseminación’ me frenó: ‘Bueno, estamos en problemas. Eso es pecado’. Me quedé nublada. Y me preguntó: ‘¿Con embriones?’. Yo le dije que no, que había sido con una muestra de mi marido, no una fertilización in vitro. Y me contestó: ‘Bueno, es pecado pero no es tan grave como si hubiera sido con embriones. Porque para implantar un embrión se mata a los otros y esas también son personas".

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