Alberto Fernández mostró las dificultades para construir poder propio y el vínculo con Cristina Kirchner volvió a ser el foco de tensiones internas

CIUDAD DE BUENO AIRES (Compacto Político). Alberto Fernández arrancó la primera actividad del aniversario de su Gobierno como perdido. La noche anterior había decidido posponer la visita al laboratorio MAbxience, en Garín, cuando Ginés González García le confirmó que finalmente se había firmado el acuerdo con el Fondo de Inversión de la Federación Rusa. Así, el mensaje del primer año gestión dedicado al tema “vacunas” era todavía mejor, con algo más que una promesa. Y decidió hacerlo en conferencia de prensa. Pero al enfrentarse con los periodistas se notó que le costaba concentrarse. Se lo veía en otro lugar, triste. “O pensando en otra cosa”, le dijo más tarde a Infobae un funcionario cercano.
Al mediodía del jueves no era posible saberlo, pero después se entendió. Es verdad que el Frente de Todos no estaba llegando al año de Gobierno como para tirar manteca al techo. No había lugar para bailes o espectáculos callejeros. Sin embargo, logró desplazar a Mauricio Macri y estaba de nuevo en el poder. ¿No era motivo suficiente para sentirse satisfechos?
Con renovado humor, Fernández aceptó la invitación para participar de la colación de grado de la Escuela Técnica Raggio, un instituto público que funciona dentro del predio de la ex ESMA, que justamente estaba entregando diplomas a los que se recibían de técnico de alimentos, maestro mayor de obras, técnico automotor, o industrialización de muebles. Tan bien estaba, que hasta llegó tarde a la Residencia de Olivos, donde el periodista Gustavo Sylvestre lo esperaba para salir en directo por su programa.
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Los unió que Macri no reelija y los sigue uniendo que Juntos por el Cambio no vuelva al Gobierno. ¿No estará criando un esperpento, una estructura entre ridícula y deformada, o simplemente grotesca? Aunque hay que reconocer que el dilema no es solo de Alberto.
La Cámpora, por el contrario, es una agrupación orgánica. Cuando alguno habla, lo hace en acuerdo con su mesa de conducción. Lo mismo cuando calla. Y si se le pregunta a alguno de sus voceros por una caracterización del Gobierno que integran, lo mejor que pudieron decir del primer año de gestión es poco menos que nada: “Un año caminando para la nueva reconstrucción”. Reconstrucción, hay que decirlo, es el paraguas de la comunicación presidencial.
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Azotados por la realidad, a cargo de las áreas más críticas del Gobierno, desde la provincia de Buenos Aires hasta ANSES, pasando por PAMI, YPF, Aerolíneas Argentinas y en general casi todas las empresas públicas (incluidos los lugares de empresas privadas que tienen directores del Estado) entre decenas de diversos estamentos del Estado, la principal agrupación del Frente de Todos tiene que prepararse ahora para el próximo paso, la avanzada estratégica sobre las intendencias de Buenos Aires, para la cual necesita las PASO, aunque no quieran confesarlo públicamente.
El viernes, el Presidente lució mejor parado. Firmó un importante acuerdo con empresas chinas de transporte ferroviario y organizó su agenda de la semana próxima, mientras disfrutaba los elogios por haber logrado la media sanción del proyecto de interrupción voluntaria del embarazo. Cuentan que confía en que el vínculo con su Vicepresidenta se mejore en las próximas semanas. Aunque, en rigor, nadie puede estar seguro: “Es Cristina”, se atajan, por las dudas.