6 abril, 2025

Evita, eternamente con Perón y el Pueblo ( La Solano Lima)

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Hubo y hay tantos intentos por hacer de Evita un mito como de contraponer su figura a la del general Perón que merecen una breve reflexión.
Por la cabeza de Evita jamás pasó siquiera la posibilidad de hacer algo por fuera de la estrategia política de Perón. Tampoco imaginó promover el evitismo.
Porque era peronista de Perón. A secas. Sin rótulos. Se consideraba “fanáticamente peronista” del General, su amor, su esposo, su compañero, su conductor.
Por eso cuando vemos y oímos a algunos peronistas que tratan de diferenciar a Evita del General, lo único que hacen es adherir a un relato falso y dañino que solo sirve para ensuciar y confundir la obra y la doctrina del peronismo.
La lucha de Evita por emancipar a la mujer y darle los derechos de participación pertinentes se encuadraba dentro de una concepción de igualdad de condiciones sin que primara la supremacía del hombre o de la misma mujer.
Para Evita, “la vedad, lo lógico, lo razonable es que el feminismo no se aparte de la naturaleza misma de la mujer.
Y lo natural en la mujer es darse, entregarse por amor, que en esa entrega está su gloria, su salvación, su eternidad”.
Pocas veces hemos visto en la historia política del mundo a una persona que rigiera su vida por el amor a su esposo y a su pueblo. Esa era “la razón de su vida”. El sentido que trasciende las fronteras y que a 60 años de su fallecimiento sigue incomodando a los que hacen de la política un negocio personal y no un proyecto colectivo de libertad y justicia.
Decía Evita: “Yo creo que Perón y su causa son suficientemente grandes y dignos como para recibir el ofrecimiento total del movimiento feminista de mi Patria. Y aun más, todas las mujeres del mundo pueden brindarse a su Justicialismo; que con ello, entregándose por amor a una causa que ya es de la humanidad, crecerán como mujeres”.
Sus propias palabras desmienten cualquier interpretación reñida con su actuación pública y privada. Ella hacía lo que pensaba y su coherencia fue contundente, hasta quemar su propia vida por el ideal supremo de la justicia social que no se limitaba a la ayuda directa, sino que se articulaba en un entramado legal que le daba sustento jurídico a los derechos sociales nunca antes respetados hasta el advenimiento de Perón.
La Patria por la que luchaba Evita -y el peronismo con Perón al frente- era la de los trabajadores. Lamentablemente el derrocamiento del 55 abrió una etapa de retrocesos inauditos. Comenzó la pelea por retrotraernos a 1943, como si la historia pudiera retroceder y entonces se perdieron oportunidades inmejorables. El antiperonismo terminó siendo un veneno letal que con el pretexto de corregir los abusos autoritarios del primer peronismo, hundió al país en nombre de la Constitución y la democracia. Aberrante.
La figura de Evita en los 60 y 70 pasó a ser el estandarte de las juventudes políticas que encontraban en su frescura revolucionaria un punto de partida, aunque desde una perspectiva, muchas veces, ajena al peronismo, asociándola a otras emblemas ideológicos clasistas tan inoportunos como incorrectos. Evita era anticomunista militante. Durísima, en ciertas ocasiones, porque no toleraba que una ideología foránea y sediciosa sustituyera a la doctrina peronista que generaba vínculos de cooperación y amistad social entre los argentinos.
Aconsejaba en mayo de 1947: “Debemos cuidarnos de los enemigos que están agazapados; debemos luchar para no caer e la lacra más grande de la sociedad, que es el comunismo, debemos luchar para que el mismo no exista entre nosotros”.
Su verbo era un latigazo. En su lecho de convaleciente escribió Mi mensaje. Fuego puro. Donde sintetiza el ideal peronista, con particularidad, pero sin desentonar con la esencia filosófica del peronismo, es decir, que renueva su opción preferencial por los pobres, los trabajadores y los intereses nacionales, y repudia a los oligarcas, a los imperialismos, a los tibios, a los ambiciosos, a los caudillos, a los círculos del poder eclesiástico y temporal que no sienten ni estiman al pueblo, que no captan el significado de la revolución social que realizaba en esa época el peronismo.
Evita deja en claro que el fanatismo que la impulsa, que mueve su poderosa personalidad, es sinónimo de heroísmo y santidad. Ella, una fervorosa creyente, de comunión y confesión, afirma: “Yo soy y me siento cristiana… porque soy católica…”. Por tanto, no proclama un fanatismo nihilista, despojado de trascendencia, su fanatismo es por el bien y el bien es el pueblo de la Patria, la causa de Perón. Entonces es fanática de Perón porque no entiende al peronismo sin Perón. Y Perón es, además, la Patria y el pueblo.
Esa lógica de Evita fue desfigurada por diversos exégetas que la encasillaron en un imaginario espacio progresista y de izquierda, mientras que a Perón, lo condenaron al espacio conservador y derechista. Absurdo, sin embargo sus efectos prevalecen, ya que de vez en vez suelen aparecer esas acusaciones que los mismos protagonistas -Evita y Perón- se encargan, más allá de la muerte, de refutar por el pensamiento y la acción que dejaron en innumerables testimonios documentales.
Consideramos que debemos analizar el papel que le cupo a Evita en la transformación del primer peronismo ciñéndonos a la documentación existente, que es abundante y que despeja todo tipo de dudas en la medida que se encare el trabajo investigativo con honestidad intelectual. Un papel, dicho sea de paso, que la Abanderada de los Humildes eligió y por el que sintió un inmenso orgullo ya que le permitió ocupar un puesto de lucha protagónico e irreemplazable, pero que siempre mantuvo la humildad de supeditarlo a la estrategia política de Perón. Lo que desmonta cualquier interpretación trasnochada y adversa a la esencia doctrinal peronista.
Finalmente, esta fue su voluntad suprema:
“Quiero vivir eternamente con Perón y con Pueblo.
Esta es mi voluntad absoluta y permanente y será también por lo tanto cuando llegue mi hora, la última voluntad de mi corazón.
Donde esté Perón y donde estén mis descamisados allí estará siempre mi corazón para quererlos con todas las fuerzas de mi vida y con todo el fanatismo de mi alma. (…)
Pero es más grande el amor de Perón por el pueblo que mi amor; porque él, desde su privilegio militar, supo encontrarse con el pueblo, supo subir hasta su pueblo, rompiendo las cadenas de su casta. Yo, en cambio, nací en el pueblo y sufrí en el pueblo. Tengo carne y alma y sangre del pueblo. Yo no podía hacer otra cosa que entregarme a mi pueblo. (…)
Quiero que sepan, en ese momento, que lo quise y que lo quiero a Perón con toda mi alma y que Perón es mi sol y mi cielo. Dios no me permitirá que mienta si yo repito en este momento una vez más, como León Bloy, que ´no concibo el cielo sin Perón´”.
LA SOLANO LIMA

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