El desdoblamiento cambiario (oficial o no) existe y se queda
Mantener el desdoblamiento cambiario de facto o implementar un régimen similar en términos formales parecen ser la opción que se baraja por el momento, pero que no podrá evitar, de una u otra manera, llegar al final anunciado: inflación y crisis económica.
Por caso, en 2002, cuando el gobierno de Eduardo Duhalde devaluó, puso en marcha un dólar comercial a $1,40 y otro financiero, que rozó los $4 en marzo, provocando el temor a una hiperinflación y su posterior reunificación. Diana Mondino, de la Ucema, dijo que "el desdoblamiento siempre trajo efectos nefastos, salvo para los que hicieron negocios con los dólares baratos".
La consultora ‘Economía & Regiones’ plantea una posibilidad: que se ponga en marcha con altas reservas y buenos precios de las materias primas y entonces, el desdoblamiento, tendrá más chances de éxito de lo que ha demostrado en la historia.
Dicen los expertos que pese a que la Presidente negó esa posibilidad, se avanzará en esa dirección como un blanqueo de la situación actual y para mejorar la competitividad, que no es sólo el tipo de cambio.
Mientras, se duplicaron los arbolitos en la City, que venden el dólar green, todavía más caro que el blue.
Las cuevas sólo reciben hoy clientes por contacto o referencia. De ahí que las autoridades hayan optado por salir a la caza de estos arbolitos que hacen negocios en el mercado negro.
Sin ir más lejos, la AFIP realizó ayer un operativo sorpresa en el microcentro porteño, que culminó con la detención de un arbolito en Lavalle y Florida.
Pero el fenómeno de los arbolitos se ha extendido claramente en los últimos tiempos de cepo forzado. En las galerías de Florida y de Lavalle cada vez hay más locales que se dedican al cambio paralelo. Desde luego, todos tienen alguna fachada, ya sea relacionada con el turismo como con la ropa.
Ayer, los arbolitos compraban dólares a $ 5,30 y los vendían a $ 5,70. Cuando la operación está cerrada, llevan al cliente al local dentro de la galería y le dicen al jefe que el cliente cambiará US$1.000 por $5.300. Como al arbolito le pagan a $5,40, se ganó $100 de comisión. En caso de que hubiera podido venderlo a $ 5,20, se hubiese ganado $ 200.
Pero mientras el billete norteamericano gana adeptos, el peso argentino los pierde tan rápido como se consume hoy el billete de $100.
¿Cuánto vale hoy realmente el billete de mayor denominación? Sin dudas, apenas sirve para comprar un kilo de helado, pagar unas horas de estacionamiento o comprar dos combos Premium en un local de comida rápida. El billete "más grande" apenas alcanza para un viaje de ida y vuelta en taxi desde algún barrio porteño al microcentro.
La economista Marina Dal Poggetto, del estudio ‘Bein y Asociados’, señala que en los últimos años el billete de "100" perdió el 80% de su valor como consecuencia de la inflación, y hoy es equiparable a lo que significaban $20 en el 2001.
Frente a esta situación, "lo único que puede hacer el Banco Central es compensarlo con más billetes", completa la especialista.
Cuando se creó el actual billete de $100, con la ley de convertibilidad, allá por 1992, uno de estos billetes equivalía a unos US$100. Actualmente representa aproximadamente US$20. Es decir, menos de un cuarto de lo que valía en aquél entonces.
Según cifras oficiales del Banco Central, en la actualidad circulan en total unos 2.800 millones de billetes de distintos tipos y "colores". De esa cantidad, más de la mitad (54%) corresponden a la denominación más alta (1.500 millones de "papeles" con la carita de Roca).
Los billetes de $100 representan casi el 90% de todo el caudal que se moviliza en la economía argentina. De hecho, en los últimos años, 7 de cada 10 billetes puestos "a rodar" por el Banco Central correspondieron a los de mayor denominación.
En este contexto, y frente al cepo cambiario impuesto por el Gobierno en el mercado formal, se hablan de los planes de desdoblamiento, o bien, como se dijo, de blanquear la situación actual.
La consultora ‘Economía&Regiones’ hace un análisis sobre "desdoblamiento cambiario" en el actual contexto, y plantea una posibilidad. Esto expone:
"El tipo de cambio estuvo siempre en el centro de la escena del modelo económico de la administración actual. En un principio, la depreciación real de nuestra moneda generó una verdadera barrera de protección cambiaria que, sumada a los salarios deprimidos y a la capacidad ociosa existente, forjaron un espacio de rentabilidad que dinamizó algunos sectores productores domésticos; sobre todo aquellos capaces de sustituir importaciones. Los sectores industriales dirigidos al mercado interno prosperaron bajo
la protección del dólar “caro” y generaron empleo. El crecimiento del empleo impulsó los sueldos y la masa salarial, estimulando la expansión del consumo, la demanda agregada y el nivel de actividad.
En los primeros años, el dólar “caro” fue mantenido con superávit fiscal, emisión monetaria y endeudamiento interno. Parte del exceso de dólares fue adquirido con ahorro del sector público y parte con emisión monetaria, que a su vez era absorbida con
emisión de LEBACs y NOBACs. Este mecanismo permitió sostener el tipo de cambio devaluado en forma genuina y la inflación se mantuvo baja: 4% (2003); 6% (2004) y 12% (2005/2006). Igualmente, entre 2003 y 2006 la inflación minorista (27%) superó por 23
puntos porcentuales a la depreciación del tipo de cambio nominal (4%), de modo que el tipo de cambio real contra el dólar se apreció moderadamente en el período.
Sin embargo, si se considera la evolución del tipo de cambio respecto a la moneda Brasilera se observa una depreciación nominal y real (descontando la inflación) del 47% y 38%; respectivamente. Este comportamiento fue consecuencia de la política cambiaria
de Brasil. Concretamente, mitad por el buen desempeño económico y mitad por el excelente negocio financiero que imponía tasas de dos dígitos ante rigurosas metas de inflación, la entrada de capitales a Brasil forjó una apreciación nominal de la moneda
brasilera (contra el dólar) de casi un 30%; lo que permitió financiar el creciente déficit de cuenta corriente con ingresos de capitales, que motorizaba la apreciación.
Sin embargo, a partir de 2007 el crecimiento no estuvo solamente motorizado por el tipo de cambio depreciado, sino que apareció un nuevo ingrediente que actuó como promotor de la expansión económica: el estímulo fiscal. A partir de ese año la política
fiscal se tornó mucho más expansiva y el superávit fiscal genuino del SPN se redujo sostenidamente desde 3.5% (2006) a 2.1% (2007); 2.6% (2008); -0.4% (2009); – 0.3% (2010) y -0.8% (2011).
Dado el estímulo fiscal crecientemente expansivo y la desaparición del superávit primario, el dólar “caro” se dejó de mantener con ahorro público y sólo se sostuvo con emisión monetaria. La combinación de política monetaria y fiscal expansiva, salarios
crecientes (por fuerte poder de negociación sindical) e insuficiente inversión aceleraron el aumento del nivel general de precios; y el tipo de cambio real o dólar caro se fue erosionando. El tipo de cambio real se apreció casi un 40% entre 2007 y 2011. En pocas
palabras, la inflación abarató relativamente al dólar y se deglutió al tipo de cambio real depreciado. No obstante, el nivel de actividad se mantuvo firmemente motorizado por las políticas de incentivo a la demanda y por la recuperación del salario (real). Es
decir, a pesar de la apreciación cambiaria el nivel de actividad se incrementó un 23% entre el 2007 y 2011.
La desprotección implícita en el abaratamiento de dólar, acompañado por altas tasas de crecimiento pone en evidencia dos fenómenos: Primero, que no hay un sólo tipo de cambio real relevante y segundo, que las políticas fiscales y monetarias expansivas y salariales contrarrestaron los efectos negativos del abaratamiento del dólar en materia de nivel de actividad.
A pesar que el dólar se abarataba y que la protección para la industria doméstica disminuía, se siguió creciendo fuertemente porque Brasil (la fortaleza del real) ayudó; y porque el gobierno aceleró la velocidad con la cual imprimía billetes y hacía crecer el
gasto. Paralelamente, la política de convalidar aumentos salariales por arriba de la inflación también contribuyó al crecimiento a través del estímulo del consumo privado.
El tipo de cambio real contra Brasil también es relevante para el nivel de actividad económico doméstico, porque los bienes manufacturados provenientes del mayor socio del Mercosur compiten con el sector sustituidor de importaciones doméstico. En este sentido, un real caro protege a nuestra industria de una avalancha de bienes brasileros, estimulando su nivel de actividad, la generación de puestos de trabajo y el crecimiento de la demanda agregada.
El colchón cambiario contra Brasil permaneció mucho más elevado que contra la divisa norteamericana. Entre el 2007 y el 2011, el tipo de cambio real contra la moneda brasilera se apreció sólo un 8%. Es decir, la apreciación del Real compensaba la inflación
de nuestra economía reforzando la protección de los sectores productivos locales. En pocas palabras, el tipo de cambio real contra el Real se apreció menos que contra el dólar, por lo que se podría argumentar que el Real “caro” compensó los efectos negativos del dólar “barato” durante los últimos años.
El abaratamiento del dólar también tuvo otros “amortiguadores” además de la fortaleza del real. Las retenciones a las exportaciones, el congelamiento de tarifas, los subsidios y las compensaciones han creado un sistema discrecional de tipo de cambio múltiple no formal; tendiente a compensar la apreciación real cambiaria contra la divisa norteamericana.
Las retenciones a las exportaciones, al bajarle el precio al productor, operan como una apreciación del tipo de cambio efectivo para el exportador de soja; maíz; trigo y girasol, a la vez que reducen los precios internos con respecto a los precios internacionales, incentivando el consumo, la demanda agregada y el nivel de actividad.
El congelamiento de tarifas opera como una depreciación del tipo de cambio abaratando los costos de producción. De esta manera, el congelamiento de tarifas protege y estimula el nivel de actividad de la industria local. A su vez, dota de mayor competitividad a los sectores productores que exportan al mercado internacional.
Los subsidios y las compensaciones actúan como una depreciación del tipo de cambio nominal y bajan los costos de producción, protegiendo al productor mercado internista y dotando de competitividad al exportador.
Ahora bien, la aceleración de la inflación, la política de tipo de cambio nominal cuasi fijo contra el dólar y el actual abaratamiento del real (que ahora se deprecia en lugar de apreciarse nominalmente contra el dólar), deterioran el esquema de tipo de cambio
múltiple no formal.
Las retenciones, el congelamiento de tarifas, los subsidios y las compensaciones ya no alcanzarían para compensar la apreciación cambiaria contra el dólar y el real, por lo menos en lo que respecta a las expectativas de devaluación. Así lo sugeriría la
cotización del dólar “blue” y del dólar “contado con liqui”, cuyas brechas cambiarias se ensanchan con respecto al dólar oficial y muestran que los agentes económicos se encuentran dispuestos a pagar hasta un peso de más por dólar en relación al tipo de
cambio oficial.
Sin embargo, muy probablemente la actual administración no estaría predispuesta a volver a un esquema de tipo de cambio único y no estaría convencida de aplicar una devaluación uniforme porque, según su punto de vista, podría acelerar la velocidad
del incremento del nivel general de precios.
En pocas palabras, parecería poco probable que el gobierno oficializara una depreciación nominal de, por ejemplo, 25% y eleve el tipo de cambio nominal a 5.50 pesos por dólar en forma uniforme para toda la economía.
Aunque la Sra Presidenta aclaró que no tomarían medidas extraordinarias, sigue latente la probabilidad de que se establezca un tipo de cambio múltiple formal que podría tener dos o tres tipos de cambio diferenciados.
Los dos ejes serían un tipo de cambio “bajo” para los bienes de capital e insumos intermedios importados de algunos sectores y para bienes que componen la canasta de consumo de la clase trabajadora. Al mismo tiempo, otro tipo de cambio “alto” para
proteger la industria sustitutiva e incentivar las exportaciones no tradicionales (no para el campo).
Si los ejes fueran tres, también podría implementarse un tipo de cambio financiero aún más elevado para el pago de amortizaciones e intereses de deuda, así como para el pago de dividendos y royalties al exterior.
El tipo de cambio más bajo sería sólo para algunos bienes de capital e insumos intermedios; no para todos. Los que no fueran beneficiados, debería operar con el tipo de cambio más elevado. Al mismo tiempo, el tipo de cambio más bajo tampoco estaría
disponible para todos los sectores productivos, sino que sólo para los sectores que el actual gobierno quisiera estimular.
El tipo de cambio más elevado no favorecería al campo exportador de la pampa húmeda y sus alrededores, que debería exportar al tipo de cambio más bajo, sino que sería sólo para sectores industriales o agropecuarios marginales que venden al exterior.
Paralelamente, el tipo de cambio financiero sería el más elevado de todo ya que tendría como propósito evitar la toma de deuda en los mercados internacionales y desincentivar el pago de dividendos y/o giros de remesas al exterior.
Todo este sistema formal de tipos de cambios diferenciados sería reforzado por políticas activas capaces de brindar más especificidad al tipo de cambio de cada sector. Es decir, se podrían aplicar instrumentos de política industrial y de crédito que
contribuyan con el desarrollo de cada sector. Hasta se podría implementar una modificación del esquema de retenciones que no sólo desvincule los precios domésticos de los internacionales, sino que además contribuya a redefinir el patrón de producción primaria bajando los costos de producción en los campos periféricos.
Ahora bien, no sería la primera vez que se establecerían esquemas de tipo de cambio múltiples formales en Argentina. A modo de ejemplo se puede mencionar que en la década del ‘80 hubo dos casos emblemáticos de desdoblamiento cambiario: el plan
primavera del gobierno de Alfonsín y el desdoblamiento cambiario de Lorenzo Sigaut a comienzos de la década. En ambas ocasiones el desdoblamiento cambiario duró aproximadamente 6 meses y no sirvió ni para detener las presiones devaluatorias ni
para contener la inflación.
Sin embargo, no se puede dejar de mencionar que los desdoblamientos cambiarios de los años 80s fueron aplicados en contextos macroeconómicos diametralmente opuestos a los actuales, porque fueron aplicados en un contexto de escasez de dólares. En aquellos años no había reservas en el BCRA y no entraban dólares ni por cuenta corriente, ni por cuenta de capital. Paralelamente, la suma de déficit fiscal del Tesoro más el cuasi fiscal del Central superaba el 20% del PBI.
La coyuntura actual es diametralmente opuesta. El BCRA tiene reservas y entran dólares desde el exterior como resultado de los favorables términos de intercambio. Al mismo tiempo, el déficit fiscal del Tesoro ascendería tan sólo a 1% del PBI y el BCRA no tiene déficit cuasi fiscal.
En pocas palabras, en términos comparativos, esta oportunidad sería la primera vez que el desdoblamiento cambiario se aplicaría en un contexto “con” dólares y una situación fiscal manejable y que no está desbordada, lo cual le brindaría al sistema mayores chances de perdurabilidad en relación a las experiencias pasadas. Sin embargo, esta probabilidad de perdurabilidad se reduciría a medida que el desequilibrio fiscal creciera junto con la inflación.
Paralelamente, el potencial desdoblamiento cambiario también tendría similitudes con respecto a experiencias pasadas: permitiría hacer negocios al arbitrar entre los diferentes tipos de cambio, comprando a la cotización baja y vendiendo al tipo de cambio alto. Esta vez la novedad sería que el principal beneficiario de esta operatoria sería el Estado, que a diferencia de experiencias pasadas tiene un importante flujo de dólares para comprar al tipo de cambio bajo y vender al tipo de cambio elevado. Esta operatoria mejoraría el balance y la cuenta de resultado del BCRA. Lo primero mejoraría la cobertura de la base monetaria con reservas, lo segundo generaría utilidades por diferencia de cambio que podrían ser giradas al Tesoro “por arriba de la línea” para financiar gasto corriente.
Es importante destacar que si la totalidad de las utilidades se emiten y son giradas al Tesoro para financiar gasto público, el balance del BCRA y la cobertura de la base monetaria con reservas no mejoran.
Si el sinceramiento del tipo de cambio múltiple se formaliza en valores en línea con la cotización del dólar con la cual los agentes económicos formas sus precios, las expectativas de inflación muy probablemente no se acelerarían. Por el contrario, si el
sistema múltiple a establecer fija el tipo de cambio a un nivel más alto del que utilizan los agentes económicos para formar sus precios, las expectativas de inflación se acelerarían y el aumento del nivel general de precios ganaría velocidad.
Si la formalización del sistema de tipo de cambio múltiple se diera a un nivel próximo a la actual cotización “contado con liqui”, las expectativas de inflación se acelerarían porque los precios actuales, según nuestra opinión, estarían formados con un dólar más
bajo que “el contado con liqui” actual.
Las expectativas de devaluación y de depreciación dependerían de la tasa de crecimiento del gasto y por ende de la emisión monetaria, no de la formalización de un sistema de cambio múltiple ya existente de hecho en nuestra economía. Es decir, si
la política de gasto se modera y la emisión monetaria se desacelera, las expectativas de inflación y de depreciación se mitigarían. En este escenario de mayor prudencia fiscal y monetaria, la formalización del sistema de tipos de cambio múltiple, al mejorar el balance del BCRA, podría ser una oportunidad.
Por el contrario, si las políticas fiscales y monetarias expansivas se potenciaran, la formalización del sistema de tipo de cambio múltiple sería más nafta al fuego. En pocas palabras, lo importante sigue siendo lo mismo: la política fiscal y su dominancia sobre la monetaria.
Lo que si hay que destacar que la formalización del sistema de cambio múltiple podría ser un elemento positivo para contribuir al relajamiento de las trabas a las importaciones, ya que al dotar de dólares al BCRA (por diferencia de cambio) y encarecer el dólar para algunos sectores y actores económicos, permitiría flexibilizar el cepo cambiario, mitigando la desaceleración del nivel de actividad."