Peleas con su mamá y un policía asesinado: la caliente carrera criminal de Cristian G., delincuente de 17 años

Fue todo hostil desde el comienzo: un perro cabrón le mordió la mano a un detective mientras llegaban a allanarlo. Cristian G. ya se había escapado una vez cuando una brigada de investigadores de la división Homicidios de la PFA lo fue a buscar a su domicilio en Ciudad Oculta tras una investigación de la DDI de La Matanza de la Policía Bonaerense.
Esta vez, los policías no desperdiciaron chances. Lo tomaron del hombro; se resistió, intentó correr. No duró mucho. Así, Cristian G. cayó, con 17 años, el hijo de una trabajadora civil de una fuerza de seguridad. Su propia madre lo había confrontado tiempo antes, harta de que Cristian anduviera “con malas juntas”, durmiendo a veces en una casa, a veces en otra. Cristian tenía una respuesta simple para las críticas de su madre: tomaba un bolso, metía ropa y se iba.
Así, Cristian responderá por el crimen del que es acusado: el asesinato del oficial bonaerense Mauricio Ezequiel Miño, efectivo de la Unidad de Prevención Local de La Matanza, que rogó por su vida antes de ser ejecutado frente a su novia en marzo del año pasado en la esquina de Paunero y Boulogne Sur Mer en Villa Madero.
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Así, Cristian deberá responder por el delito de robo a mano armada en concurso real con homicidio criminis causa, una causa en manos de la UFI N°1 de Responsabilidad Juvenil de La Matanza. Hay un cómplice de su banda que sigue suelto, Jonathan G., otro menor de su misma edad, prófugo y marcado por la Federal, buscado por el ataque a Miño, oriundo de Lugano, con tintura prolija en el pelo y un gusto por ropa de marca. Cristian alardeó al ser capturado de haber sido supuestamente el tirador de un hecho de alto vértigo, con una bala que le rozó en el brazo y le dejó una cicatriz, el mismo hecho que terminó con Jonathan esposado en el suelo y con el pelo revuelto, el gesto de disgusto.